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Traperos, el sueño del silencio

CULTURASIR

Hasta entrados los años 60, se les veía por las calles de las grandes ciudades. Ampliar imagen Hasta entrados los años 60, se les veía por las calles de las grandes ciudades.
Toño Morala | 13/02/2017 A A
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Traperos, el sueño del silencio
Cultura Un oficio tan viejo como duro, gentes entre las sombras de la noche reciclando la basura en años muy duros para la sobrevivencia, trabajando a la intemperie de una tierra que le azota fuerte en muchas madrugadas de frío y lluvia
Había poco grano en las ciudades; las múltiples guerras dejaron a mucha gente en la calle… en los pueblos todo era necesario y todo se guardaba para un buen montón de usos. Las buenas gentes comían poco y mal, y muchas enfermedades se enroscaban en sus endebles cuerpos… muchos fallecían sin apenas haber vivido. Eran los tiempos del hambre, la miseria, eran tiempos duros de lágrimas casi secas y olvidadas. La humanidad se perdió entre el poder económico y las religiones; aquellas hambrunas, aquellas depresiones económicas… se tardaron largas décadas en volver a sobrevivir sin tener a la pena como testigo, y las calamidades comían más que la inmensa mayoría de mortales. Sí, eran los tiempos grises de una esperanza que casi nunca llegaba, y cuando llegaba, la vida te pasaba la factura del mal vivir. Tiempos donde el poco trabajo se lo llevaban los de siempre, eran tiempos de buscarse la vida para solamente poder llevar algo a la boca; algo que mermara aquellas hambres casi crónicas… y de aquellos tiempos, y otros anteriores, salieron ciertos oficios marginales; con nombres dignos, pero usados peyorativamente por la inmensa mayoría de ciudadanos.

Eran tiempos de buscarse la vida para solamente poder llevar algo a la bocaOficios, que salvo excepciones, casi nunca se salían de ellos hasta la muerte. Uno de aquellos olvidados oficios fue el de trapero… no vamos a escribir sobre el oficio en ningún tono, ni siquiera la tristeza puede con la dignidad de la sobrevivencia de muchas personas, pero sí vamos a pasear por la vida de estas buenas gentes; los días y los años recogiendo lo que el resto tiraba y tira es para dar medallas y otorgar diplomas y méritos al trabajo. Muchas ciudades en aquellos tiempos, si no fuera por los traperos que recogían de todo lo que pudiera servir, bien para fundir, bien para reciclar y hacer que lo recogido tuviera otras utilidades en montones de fabricados; y si no servían para otros fines… con los trapos se hacían cotones para los talleres y se deshilaban muchas prendas usadas y viejas para otros cometidos. Hay que recordar que hasta bien entrado la segunda parte del siglo pasado, la recogida de las basuras de las ciudades no era llevada a cabo por la municipalidad, sino por particulares que posteriormente vendían aquello que podía tener algún valor, eran los traperos, aquellos que trabajaban con lo que la sociedad desechaba.

El trapero con carro y caballería salía pronto de sus arrabales; recorría la ciudad de un lado para otro, y casi siempre encontraba algo que cargar al viejo carro. Con el paso del tiempo y los años, los traperos se repartían los barrios y el centro de las ciudades para que no hubiera conflictos, y casi siempre se respetaban, se respetaba la palabra y un apretón de manos; eso era suficiente para que todo el que se dedicaba a ese humilde trabajo, pudiera comer de lo que los demás desechaban. Imaginarse un día de estas mujeres y hombres tiene algo de incomprensión; casi nadie, nunca nos ponemos en la piel de los demás; pero hay que intentarlo. Desayunar el hálito y mojarse la cara para espabilar la mañana… preparar el carro y el tiro flaco; salir a la aventura de que algo importante se cruce en su camino, bajarse del carro, hurgar entre la basura… cargar, ir a la trapería más cercana – ahora sería la chatarrería- descargar, pesar muy bien , que hay mucho listo por ahí, cobrar las cuatro perras… parar en la panadería, parar en el mercado de abastos, comprar poco, y de vuelta al arrabal, casi siempre una chabola de madera, un fuego lento, y la cacerola casi vacía… ese día comerá la familia. Y así día tras día durante años.

El trapero salía pronto de sus arrabales; recorría la ciudad de un lado para otroAl cabo de la entrada de los buenos tiempos de bonanza, los traperos también tenían sus buenos días; mucha gente cambiaba muebles, lámparas… miles de cosas que el bueno del trapero recogía para vender. Muchos de ellos, arreglaban las cosas y las ponían en el suelo de los rastrillos, mercados y ferias, de esa manera sacaban algún cuarto más. Se da la paradoja, que muchos libros eran desechados por ser malas influencias para los conciudadanos… y volvían de nuevo a la calle para que los compraran los curiosos, los que les gustaban los libros viejos… los que hacían parte de su biblioteca con libros de rastrillo comprados al trapero. Y también tenemos que escribir sobre el trapero de saco a la espalda, sin más, aquel que iba por las calles mirando para el cielo, para que alguien le llamara desde la ventana y así poder recoger lo del vecindario; daba la impresión de que miraran para el cielo para ver si caía algo de maná… y algo siempre caía. También y, sobre todo, muchas mujeres iban en burra por esas calles de las ciudades para llenar las angarillas o alforjas de materiales varios.

Otros tiraban de carro de mano de madera y ruedas de goma. En realidad, parece ser, que dentro del ramo de traperos existía diferentes clases; seguramente el más pobre era el del saco a la espalda, y de los mejores económicamente, eran los de tienda (los más adinerados, negociantes al por mayor). «Los vecinos de Cuatro Caminos comparten bien de cerca las tareas de limpiar Madrid de sus inmundicias. Desde primeras horas de la madrugada, cuando aún queda bastante noche, comienza a desfilar por la calle Bravo Murillo una romería de carros. El ruido que produce su paso es eterno. Poco a poco van desapareciendo las últimas estrellas y apareciendo más carros. La lombarda podrida espera. La caravana marcha sobre Madrid. Madrid, ciudad de un millón de habitantes, suelta cuatrocientas mil toneladas de basura al año»… del año 1934… ¿Cuántas soltará ahora?

En aquella época no había bolsas como ahora y la basura iba de cada casa a unos cubos negros que los traperos recogían y arrojaban también, a saco, sin clasificar, a la caja del camión. Ya se encargaría alguien posteriormente de elegir de entre la basura. Todavía eran tiempos de mucha miseria. El trapero pasaba a final de mes un ‘recibillo’ por el servicio y todos tan contentos. Era la época de los ‘aguinaldos’, cuando en vísperas de Navidad desfilaban puerta por puerta, serenos, porteros, barrenderos y, por supuesto, los traperos. Se trataba además de una fuente de ingresos para muchas familias, que se lo distribuían de acuerdo al grado de acceso al desecho, pues sacaban mayor provecho quienes primero hacían la busca, eligiendo lo mejor de la basura, dejando lo peor para la rebusca, cosa de chiquillería, niñas y niños de la posguerra.

En este contexto, el dramaturgo anti-sistema Alfonso Sastre escribía acerca de los traperos este curioso e interesante texto testimonial: «La Busca sigue siendo un mundo misteriosamente ‘adyacente’. Es como si se hallara en una dimensión que lo hiciera inaccesible a la vivencia burguesa. Pues, en general, lo que se hace es apartar la mirada o dejar que resbale, pasiva, al paso próximo y, sin embargo, lejanísimo del carro de la basura… ¡Oh el mundo de los chamarileros…, de las escogedoras…, de los barrenderos…, de los basureros municipales apalancados en las traseras de sus metálicos mastodontes…, de los buscones que completan, con este trabajo madrugador, casi vergonzantemente, sus menguados jornales de peones de la construcción o mozos de mercado…, de los chatarreros…, de los negociantes de la casa de los establos y otros escondidos corrales urbanos!».

Pío Baroja tuvo a bien describirlo en su libro Mala Hierba: «El barrio de las Injurias se despoblaba, iban saliendo sus habitantes hacia Madrid… Era gente astrosa: algunos, traperos; otros, mendigos; otros, muertos de hambre; casi todos de facha repulsiva. Era una basura humana, envuelta en guiñapos, entumecida por el frío y la humedad, la que vomitaba aquel barrio infecto. Era el herpes, la lacra, el color amarillo de la terciana, el párpado retraído, todos los estigmas de la enfermedad y la miseria». La aparición del oficio de trapero se sitúa a finales del siglo XVIII cuando los comerciantes pasaron a dominar el mercado del papel en las colonias españolas en el continente americano. Fue entonces cuando esta industria se intensificó notablemente, motivo por el cual se animaba a la gente a que recogiera y guardara los trapos aunque estuvieran usados, especialmente los de algodón, ya que éstos se podían reutilizar para la fabricación de papel. El patrón de los traperos era San Simón, trapero de oficio. Cuenta la vox populi que este personaje, de complexión gruesa, caminaba con lentitud e iba siempre detrás del grupo de apóstoles, motivo por el cual éstos tenían que esperarlo para no dejarlo atrás, traperos del alba, adelante que la basura espera.
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