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Nano 'El Cubano', el que daba marisco a los pobres

VERANOIR

A nada que te descuides Nano Fernández se pone a los fogones, \ Ampliar imagen A nada que te descuides Nano Fernández se pone a los fogones, \"de aquí no marcha nadie sin tomar una cerveza y pinchar algo\". | MAURICIO PEÑA
Fulgencio Fernández | 18/06/2017 A A
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Nano 'El Cubano', el que daba marisco a los pobres
LNC Domingo Es una institución en la montaña y media provincia. Todo el mundo tiene anécdotas con él y todas se refieren a su buen humor y, sobre todo, a su generosidad
Un coche se detiene ante una de las primeras casas de Coladilla, la que tiene el portalón abierto, y sale un paisano con el puro en la boca.
- Oiga, sabe dónde vive...
- Claro que lo sé, pero no se lo digo si no toma una cerveza conmigo, aquí en el portal, que está fresco.
- No, hombre, déjelo.
- Pues si no la tomas... lloro.
Y entra por la cerveza, sale con ella. «Anda baja, que de ir a esa casa tienes tiempo».

El paisano de Coladilla es Nano. Un tipo que tenía que estar subvencionado. Luciano Fernández o Nano el del Cubano, nombre que le quedó después de 50 años regentando una marisquería con ese nombre en la localidad asturiana de Candás. «¿Qué si entendía yo de marisco? Cuando fui para Asturias, con 15 años, creía que los mariscos los sembraba el Cubano original en un huerto que había detrás del bar». Y lo remata con otra anécdota: «Cuando era un rapaz, aquí en Coladilla, encontramos un caparazón de centollo tirado y le teníamos miedo, sólo lo tocábamos con un palo por si mordía. Pasó don José, el cura, y nos dijo: ‘Cuidao, es una tarántula’. Mira lo enterado que estaba y eso que era el cura».

Hablar con él es una sucesión de anécdotas que esconden a un tipo de una bondad a carta cabal. A nada que te descuides aparece con un queso, un chorizo casero, natillas que hizo para la fiesta... «Come coño, que hablar desgasta mucho». Regresó al pueblo al jubilarse, después de 50 años en la hostelería y con una despedida a la que fueron cientos de personas, muchos de ellos pobres que bien sabían de la generosidad del leonés. «Yo siempre medía con generosidad y al acabar de servir si sobraba, que sobraba, ¿qué mal había en que aquella gente comiera?». Aunque sí reconoce que podía haber «hecho más perras porque con lo que regalé, tengo para dar vueltas en helicóptero por Europa, Rusia y Siberia».

Todo lo disfraza con una anécdota, como que fuera la normalidad de la vida de este paisano que trabajó desde ‘guaje’. «Vas del pueblo y andas un poco tarde a todo. No hice una fiesta, ni un baile, ni nada, sólo descansaba una tarde a la semana, el jueves, menos en verano. A las cuatro de la tarde iba a Gijón, veía dos películas y volvía. Y en verano, ni eso, nada».

Y cuando dice el «nada» se suelta al «nada de nada» y cuenta su biografía como hace él. «Empecé a hacer el amor a los 40 y a fumar a los 50, pero lo cogí con ganas. Me acuerdo que me ‘violaron’ —porque yo no hacía nada— el día que cumplía 40 años, una amiga mía de León, en el hotel la Jirafa de Oviedo. No se me olvida, cada vez que paso por delante todavía le tiro besos. Al volver para Candás pasaba los pueblos de tres en tres».

Lo cuenta así pero reconoce que antes de ese día de su cuarenta cumpleaños había pasado un mal trago. «Menos mal que un amigo me llevó a una clínica y un médico, don Pedro Mata, me vio mal. Le dije que tenía 40 años y él comentó que parecía que tenía 80, que no podía seguir con esa vida pues bebía mucho y, como decía mi padre, «beber sin comer, caer sin querer». No quería ver a nadie».

- ¿Depresión?
- Eso decían.
- ¿Y se la curó el médico?
- A medias, me hizo más aquella novia de La Jirafa.
- ¿Y cómo te dio por trabajar tanto?
- Por el ejemplo de mi madre, que era la mejor cocinera. Vino con nosotros con 62 años y no paraba un momento, yo le preguntaba ‘¿madre, estás cansada?’ y ella siempre decía: ‘Para mí esto es un deporte’. Claro, venía de toda una vida arando y trillando en Coladilla, que rompía el hielo del lavadero con una maza para lavar la ropa... aquello de cocinar le parecía una tontada. Le enseñó la mujer del Cubano cuatro platos que no conocía y los cogió al vuelo».

Y en Candás siempre mirando de reojo para Coladilla, hasta el punto de que hizo una gran colecta y vendió lotería para arreglar la iglesia del pueblo. «Se estaba cayendo, y recaudé cuatro millones de pesetas. Un analfabeto sabía que aquella iglesia valía. Era del siglo XII. Después cuando vine al pueblo tocaron las campanas para recibirme».

Y ahora ya tiene otros tres mil euros, que son para el molino. «Que un pueblo siempre tiene que tener molino, para comer».

En Candás le gustaba mucho ir por los asilos, a contarle historias a los ancianos. «Les cantaba canciones marineras y disfrutaban conmigo. Me aplaudían y todo».
Y regresó a Coladilla nada más que pudo. Primero vino a pasar unos días «a ver si me pintaba, me pintó y ya me quedé. Me dedico a limpiar las calles, que buena falta les hace, y cuando veo una casa caída pues lloro de la pena. Y tengo mis gallinas, conejos, crío tres cerdos y compré un burro para hacer obras por el pueblo y si no que coma hierba, que es lo que sobra».

- En definitiva, ¿como te trató la vida?
- Muy bien, con los palos que me dieron y todo. Sólo con lo que tengo regalado tendría para dar vueltas en helicóptero por toda Europa y hasta la Siberia esa. Aunque no te lo agradezcan, que a uno lo saqué de la cárcel y casi me pega encima.
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