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José Luis Puerto: "El existir es un ‘continuum’ misterioso"

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Puerto con el autor de la entrevista, Bruno Marcos. | L.N.C. Ampliar imagen Puerto con el autor de la entrevista, Bruno Marcos. | L.N.C.
Bruno Marcos | 01/07/2017 A A
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José Luis Puerto: "El existir es un ‘continuum’ misterioso"
Poesía Su último poemario parece nacido directamente de lo que no se ve para penetrar en la realidad con una palabra cada vez más cercana a la oración, un poema que se presenta más propio de la voz que de la escritura y que crea reunión en torno a él
Dice la cita de Octavio Paz que va en el frontispicio de este nuevo libro de José Luis Puerto, ‘La protección de lo invisible’ (Calambur): "No dudaba, ni tachaba, ni corregía: sus poemas caían sobre la página como frutos maduros de un árbol invisible". Así este poemario último de Puerto parece nacido directamente de lo que no se ve para penetrar en la realidad con una palabra cada vez más cercana a la oración, un poema que se presenta más propio de la voz que de la escritura y que crea reunión en torno a él.

A esta cita de Paz le siguen otras de Arvo Pärt, Novalis, Ungaretti, Hesíodo o Celan, entre las cuales tejen, además de una genealogía de poetas, otro poema nuevo. El tema de ese poema resultante es el misterio de existir, el cual nos permite únicamente acercarnos a las afueras de su verdad, indescifrable, a través de la emoción.

El libro está dividido en tres partes, una primera más extensa, ‘Transcurso de las sílabas’, cerca de ochenta poemas, y las dos últimas, ‘Melodías del padre’ y ‘Días de Grecia’, que apenas sobrepasan la decena de poemas cada una, dedicados unos al duelo por la muerte del padre del poeta y los otros a un viaje reciente del autor a Grecia.

De él ha dicho hace poco el gran poeta Antonio Colinas: "En Puerto tiene la poesía española actual a uno de los poetas más puros y hondos. (…) Él perpetúa lo que, desde tiempos lejanos (Cancioneros, Manrique), se ha dado en llamar ‘escuela poética castellana’, no sólo la pureza del lenguaje sino un territorio".

- Planteas claramente en este último libro tuyo una poesía que emocione y que ha de ser como la experiencia que la genera. Tiene que haber en el poema sobre los vencejos lo que tenemos en la contemplación de su vuelo, por lo tanto esta poesía se vuelve canto u oración. ¿Supone esto un apartamiento de la intelectualización y, en consecuencia, una afirmación de que la auténtica vía de la poesía es la mística?
- La poesía es una palabra que nace de los adentros, es misteriosa, no sabemos cómo habita en nosotros ni por qué estamos obligados, ‘condenados’ al decir. Cuando abordamos la escritura, hay algo ya que está maduro en nosotros, que se ha tejido en nuestro telar más íntimo. El poema es un mero resultado, un tanteo, diría también, una verbalización de un proceso interior, relacionado con la vida del espíritu. Porque –y esto lo he sentido siempre así– sin vida del espíritu no hay poesía verdadera. Por ello, la poesía, lo poético, está, sí, alejado de la intelectualización y mucho más cerca de la mística o, mejor, de la experiencia espiritual.

- Hay un constante en estos poemas que es la melodía, ¿cómo la definirías?
- A mi creación poética, las palabras no acceden en vano; solo lo hacen cuando tienen un peso (semántico, simbólico), cuando están maduras en mí, de lo contrario no lo harían. Es lo que ocurre, en ‘La protección de lo invisible’, con «melodía». Surgió cuando falleció mi padre. Percibí que, en lo más íntimo de mi ser, estaba escuchando la melodía de mi padre, de mi ser generador. La «melodía» es todo aquello que configura nuestro existir como cosmos, como sentido, erigiéndose, en tal caso, como elemento protector, salvífico. Es –no sé si tendría que decirlo así– como una suerte de música metafísica que resuena en nosotros como un don.

- Y el concepto de fraternidad ha entrado también en tu poética, el poema debe reunir.
- Sí, como le ocurre a «melodía», le ha pasado también a «fraternidad». Una de las percepciones trágicas que tengo de este tiempo histórico que estamos viviendo es que está atravesado por lo que me atrevo a llamar «el fracaso de la fraternidad». Los ejemplos de tal fracaso son palpables a lo largo y ancho de la tierra. De los valores que puso sobre el tapete de la historia la revolución francesa, creo que es el de la fraternidad el que más necesita nuestro mundo, el que más podría humanizarlo y dignificarlo.

- Otro aspecto que llama la atención en tu obra es algo que resulta inusual en prácticamente toda la historia de la cultura, la tuya es una poesía de la felicidad ¿En qué pilares crees que se asienta?
- Más que de la felicidad, en mi decir hay siempre un rasgo –que se me impone, en muchas ocasiones muy a mi pesar– que es el que lleva a una de las vías esenciales en que se asienta lo poético: el canto, la celebración. Ya que tenemos el privilegio de existir, hemos de cantar, hemos de celebrar el mundo. Es ese «principio esperanza» de que hablaran algunos de los pensadores de la escuela de Frankfurt. En mi interior, hay un impulso constante a ver como dones que se nos dan y que nos pasan desapercibidos: el nacimiento de la luz, los ciclos de la naturaleza, el vuelo de los pájaros, los seres humildes con sus vidas tan ejemplares y desatendidas… Y de ahí surge el canto, como actitud humana de gratitud ante la existencia.

- Los dioses se han ido, como anunciaran Nietzsche o Hölderlin, con ello se ha desacralizado la vida. Toda tu obra está llena de un anhelo y de una energía por volver a sacralizarla. ¿Esto sería posible sin resucitar a los dioses?
- Hölderlin decía que hemos llegado tarde al mundo, ya que los dioses, al marcharse, dejaron el mundo en una permanente oscuridad. Pero –también lo decía el romántico alemán– los dioses nos han dejado determinadas señales de que una resacralización del mundo es posible: Baco dejó la señal del vino y Cristo, añadió a ella la del pan. Son símbolos mediterráneos que hemos de entender, como afirmaciones de la necesidad de una vida plena para todos. Y uno de los deberes morales que tenemos todos en este tiempo es el de contribuir a impulsar la resacralización del mundo y de la vida, que no tiene nada que ver con una vuelta al pasado, ni mucho menos.

- Es este el libro tuyo en el que más abiertamente hablas de Dios, pero el Dios del que tú hablas no está en el relato clásico de la revelación, no es el que aparece en una zarza y legisla, ni siquiera el que se hace hombre y muere en la cruz, sino uno que está en todo lo pequeño, en lo esencial, como cuidando de llegar a cada rincón de la existencia. Un Dios que, paradójicamente, habla con su silencio, como si su forma de manifestarse fuera el misterio que deja ver en las cosas que existen.
- Sí, ese Dios que aparece en mi escritura es el de lo pequeño, el de lo desatendido, es el Dios de los humildes, de las víctimas de la historia. Es ese impulso de sacralidad que percibo en determinados espacios, en determinados seres que irradian un aura desde su pequeñez y su anonimia, también desde su aparente insignificancia. Porque en todo eso hay una huella de lo sagrado que despreciamos y desatendemos; ahí está también lo divino, ese concepto de que hablara María Zambrano, y que tendría que llevarnos a ese concepto, también zambraniano, de la piedad (el trato adecuado con lo otro), en un tiempo en que tenemos actitudes tan inadecuadas hacia los demás y lo demás.

- Lo invisible nos protege pero también está en peligro. ¿Cómo nos protege y cómo podemos protegerlo?
- Lo invisible es todo aquello que va más allá de lo mezquino y de lo pragmático, en un tiempo en que mezquindad y pragmatismo lo invaden todo. Lo invisible es todo aquello que trasciende el existir de cada uno y el existir de todos y que, por ello, nos da sentido. Pero escapamos a ese sentido, y nos estamos de continuo revolcando –y hasta con delectación– en todos los sinsentidos y, además, haciendo impúdico alarde de ello. Por ello, lo invisible está desprotegido. Y el único modo de protegerlo es esa experiencia del espíritu a la que aludía más arriba.

- En la Acrópolis de Atenas te presentas como un viajero en busca del pasado. Las piedras han sido importantes en tu poesía, estas que son ruina callan y a la vez albergan lo que permanece.
- Sí, el mundo de la arqueología, de lo arqueológico me interesa, se me impone, ya desde muchacho. Porque son las huellas a través de las que podemos acceder a lo primordial. Y, como tales huellas, son semillas que –en cada tiempo, a su modo– serán siempre fértiles, pues aportan mensajes de permanencia al ser humano. Lo que permanece –decía Hölderlin– lo fundan los poetas, pero también está en esas ruinas, en esas huellas arqueológicas, que nos dicen muchas cosas desde su silencio.

- En la Acrópolis ves los dioses ausentes pero también es la polis donde nace la filosofía y la razón y donde el mito es puesto en cuestión
- La Acrópolis, ya en su mera estructura arquitectónica, nos está hablando del canon áureo, de la posibilidad de la edad de oro. Es su mensaje esencial y, por ello, el de la posibilidad humana, en todo tiempo y en todos los tiempos, de aspiración a la armonía, al equilibrio, al sentido y a configurarnos como cosmos, frente a todos los caos. Sí, nacen, a partir de ella, la ciudad, la razón, la filosofía, como realizaciones de esa aspiración humana a ser cosmos. Si en el mito están formuladas –a través de relatos primordiales– las preguntas esenciales de la humanidad, lo que han tratado de hacer, a lo largo de la historia, la razón y la filosofía es dar respuestas, para ir configurando esa posibilidad de crear territorios de sentido para todos.

- ¿En qué periodo del duelo fueron escritos los poemas dedicados a la muerte de tu padre?
- Fueron escritos alguno de ellos –no recuerdo si uno o dos– en el último mes de su vida. Los demás en las primeras semanas tras su fallecimiento. Mi padre fue un ser humildísimo, campesino y emigrante en Francia y en Alemania. Siempre estuvo investido de un aura de silencio, que, luego me he dado cuenta, estaba lleno de resonancias. Como decía Tolstoi respecto al suyo, tras su fallecimiento, he caído en la cuenta de que la figura de mi padre tiene en mí mucha mayor importancia de lo que creía.

- En ellos hay una superación del dolor en una suerte transferencia de la materia no al recuerdo sino a otra forma de materia, como si fuera imposible que desapareciera lo que ha existido. Dices: "Volverás a la vida verdadera / Ahora que ya tu cuerpo / Vive con las semillas. / Y ganarás la luz con las espigas / Para ser en el aire / Otra vez lo que fuiste".
- Es que todos los seres humanos viven resucitados, de un modo misterioso, en quienes les siguen. Mi padre está resucitado en mí. Así lo siento. Y pese a que, en muchos momentos no tenga conciencia de ello, soy portador de su resurrección. Y esto no es un hecho particular, es general en toda nuestra especie. Somos portadores de resurrección. Y, cuando nos vayamos de la vida, permaneceremos resucitados en otros seres. Porque la vida, el existir es un ‘continuum’ misterioso, del que somos una secuencia meramente, ya que nos sobrepasa.
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