La verdad del colectivo y la verdad del filósofo

Por Saturnino Alonso Requejo

Saturnino Alonso Requejo
14/05/2023
 Actualizado a 14/05/2023
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Cuenta el Evangelista SanJuan que cuando Jesús fue llevado al Pretorio para ser juzgado por Pilato, éeste le preguntó si era Rey, a lo que Jesús le contestó:
«Para esto he venido al mundo:
para dar testimonio de la VERDAD».
Ante esta respuesta, Pilato se ajustó la toga y se limitó a decir estoicamente:
– «¿Qué es la VERDAD?».
Porque Pilato era un gobernante al que no le importaba nada lo que fuera o no fuera la VERDAD. Tenía el poder de la fuerza, y no le importaba nada la bondad y belleza de la VERDAD.
Pero el asunto de la VERDAD ha ocupado y preocupado a los FILÓSOFOS de todos los tiempos y culturas: porque, en esta arena, se juega la certidumbre y la seguridad del ser humano para andar por la vida en derechura.
Muchos son los asuntos a pensar. Pero el más importante es el PENSAR EL PENSAMIENTO: esa especie de examen de conciencia que cada uno hace de sí mismo.
Después de un largo camino de tropiezos, hemos llegado en nuestros días al llamado «PENSAMIENTO DÉBIL»: ese pensamiento que se ha despojado de dogmas, que duda de la verdad intelectual, que ha saltado por encima de las murallas de la certeza.
Habitamos el PENSAMIENTO DÉBIL lo mismo que duerme el pastor al amparo de su choza de ramasco y escobas.
Para decirlo de una vez, el PENSAMIENTO DÉBIL ha cortado el pescuezo a la seguridad dogmática. ¡Se ha quedado a la intemperie de si mismo. Porque:
– No existe un fundamento único de la verdad.
– No hay una razón global y válida para todos.
– No hay una verdad universal y totalizante.
– No se dan en estado puro ni el percibir, ni el sentir, ni el pensar, ni el amar.
¡Todo está mediatizado por mil condicionamientos! La verdad redonda ya está colgada de una escarpia, lo mismo que la vieja chaqueta de pana de un labriego, o el pellejo de una res degollada.
Hoy habitamos la casa del PENSAMIENTO DÉBIL. Vivimos en la certeza de la incertidumbre, aunque para ORTEGA y GASSET la verdad del hombre sea «SABER A QUÉ ATENERSE».
Se requiere, pues, volver a analizar «EL PENSAR DEL PENSAMIENTO».
Sean como sean estas cosas, lo cierto es que son distintas la VERDAD DEL COLECTIVO y la VERDAD DEL FILÓSOFO, lo mismo que se diferencian el rebaño cencerrero y el Mayoral silencioso.
El COLECTIVO es como esa camada de cachorros que cada uno luce su pelaje, porque la perra se dejó ‘coger’ por diferentes machos.
Bueno, pues a pesar de que en el Colectivo cada uno es de su madre, se parecen entre sí por culpa del PENSAMIENTO ÚNICO, el que les ha impuesto el que manda. Y a obedecer tocan, como les ocurre a los criados y a las modelos de las pasarelas.
Los del PENSAMIENTO ÚNICO son un peligro, porque la cogen y nos dan la paliza con sus verdades redondas, sus dogmas, sus ideologías, sus totalitarismos... Tienen más fijación que los tábanos en las orejas de las vacas. Y el resultado, ¡zas!: ¡Carne de psiquiatra! ¡Son como las ovejas: siempre detrás de los cencerros de los mansos!
¿Te imaginas al Colectivo cavilando, una vez siquiera, bajo el flexo?
El pensamiento del FILÓSOFO, como el del monje, nace en la cuna del silencio, mama a los pechos de la soledad y analiza con lupa sus propios pensamientos. Y, después de quemarse las pestañas, saca una conclusión como un peñasco:
«¡SÓLO SÉ QUE NO SÉ NADA!».
Es un pensamiento humilde, abierto como una puerta pobre, libre como el viento, provisional, democrático, ecologista, no contaminado.
Pero le pasa como a Moisés cuando bajó del Sinai después de discutir con Dios el contenido de los Diez Mandamientos: que se encontró con el COLECTIVO adorando el Becerro de Oro.
Por mi parte, aquí lo dejo. Porque, al roturar este campo, me he descubierto a mi mismo y llegué a esta verdad:
«¡SÓLO SÉ QUE NO SÉ NADA!»
Y a esta conclusión:
¡OJO CON EL COLECTIVO!
¡Que así sea y AMEN!
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