La memoria y Victoriano Crémer

Por José Javier Carrasco

24/02/2021
 Actualizado a 24/02/2021
Victoriano Crémer. | RICARDO GARCÍA (ICAL)
Victoriano Crémer. | RICARDO GARCÍA (ICAL)
'La casona’, novela de Victoriano Crémer, publicada en 2001, cuando el autor contaba noventa y cinco años, es una obra innovadora que escapa de la norma, donde se incluyen poemas, diálogos como ráfagas sacadas de una obra de teatro, pero es, sobre todo, un alegato antibelicista. Un niño, Andrés, a punto de alcanzar la adolescencia, es contratado para servir de amanuense a un anciano ciego, que habita en una casa solariega, la misma que da título a la novela. La historia transcurre en Maceda, una ciudad provinciana que recuerda a León, con su catedral, sus monasterios y casonas en el comienzo de la guerra civil. El muchacho cuenta en primera persona sus peripecias, su vida familiar, los personajes que salen a su paso. Lo hace con un tono en el que cabe la sorpresa, la curiosidad, la condena, un cierto escepticismo. Sorpresa ante los personajes que habitan o acuden a la casona: el anciano, las criadas –dos hermanas llegadas de un pueblo–, el sobrino que visita a su tío esperando heredar, un amigo, el párroco, dos monjas de ordenes distintas,  singulares e interesados todos en lo que ocurrirá después de la muerte de su dueño, don Fidelio. Curiosidad ante lo que le deparará a él y su familia el destino, en aquel tiempo convulso que se ha adueñado de la ciudad. Condena por la arbitrariedad de quienes controlan Maceda, que detienen a su padre y le hacen desaparecer después de un corto arresto. Escepticismo propio de los desheredados, impotentes ante una rueda de la fortuna que gira favoreciendo siempre a los mismos. Entre su vivienda familiar y la casona transcurre la mayor parte del tiempo de Andrés, que descubre la sexualidad, de una manera precoz, seducido por  una de las criadas, al tiempo que siente apuntar en él  la conciencia social oyendo a un compañero de fatigas, un muchacho un poco mayor que él, con unas circunstancias muy parecidas a las suyas, los dos huérfanos de padre, los dos obligados a formar parte de una milicia de derechas para evitarse problemas. La vida de Andrés, que este nos cuenta, coincide con la de Victoriano Crémer, que se trasmuta en la piel de un niño para recordar lo que quizá no se puede ni debe olvidar: un tiempo aciago, una guerra cruenta, un padre ferroviario, una madre entregada a su familia, el lugar de nacimiento, Burgos, el traslado  a Bilbao y, por fin, el destino de Maceda-León; la penuria siempre presente como una losa. Al final de la novela, el sobrino hará arder el edificio para impedir que alguien distinto a él lo herede. ‘La casona’, testimonio de un país destruido por la guerra, por la sinrazón de quienes se consideran sus únicos y legítimos herederos, o también, puede ser, metáfora de un tiempo pasado, que se desdibuja ante la indiferencia general, al dar  por olvidada una etapa, la experiencia amarga de un niño recreada por un anciano escritor que vivió y sufrió en silencio  lo mismo que él.
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