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Generación Hacendado

18/02/2021
 Actualizado a 18/02/2021
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Hace unos días, el sociólogo Antonio Blanco, y amigo a tiempo completo del que escribe, tiraba de ironía en un tuit en el que se sorprendía porque tras varios siglos de lucha para liberarnos de diferentes formas de esclavitud, resultaba que terminamos con los móviles colgados del cuello, haciendo alusión a esa moda cada vez más extendida de llevar el smartphone como si fuera una medalla. Deberíamos preguntarnos si de verdad ese apéndice electrónico es un premio o un castigo.

Al hilo de este comentario en el mundo virtual del pajarraco de Twitter, mi compadre real me hizo llegar un artículo suyo sobre algunos de los escenarios que los estudiosos consideran disfrutaremos o sufriremos, según los casos, en el mundo pospandemia. Es curioso, pero la mayoría de ellos coinciden en que a mediados de esta década estrenaremos una versión actualizada de los felices años veinte vividos hace un siglo. Para esta afirmación se basan en el estudio del comportamiento humano tras otras epidemias históricas, lo que demuestra que al fin y al cabo, aunque el entorno varíe, los que pisamos sobre él no cambiamos tanto. Un ejemplo de que el reloj de la evolución humana va a su ritmo, por mucho que en ocasiones nos queramos convencer de que corre a una velocidad endiablada.

El problema de esa predicción es que al no haber vivido esos locos años veinte, sólo nos podemos conformar hasta su llegada con la información almacenada en bibliotecas y hemerotecas. En principio suena bien, aunque evidentemente, si tenemos en cuenta dónde estamos es comprensible que cualquier otra escena futura sea acogida con optimismo. Parece ser que los tiempos de contención obligados por la Covid-19 se mutarán en unos años de desenfreno y libertinaje en muchos sentidos. Y lógicamente, el aspecto sexual no será una excepción. Mientras leía el artículo de mi amigo asturiano, en el que tiene un papel protagonista el sociólogo y médico estadounidense Nicholas Christakis, me vino a la cabeza una noticia que reafirma la posición de los estudiosos que pronostican una explosión de las hormonas sexuales masculinas y femeninas cuando consigamos doblegar al coronavirus. Resulta que una cadena de supermercados de Alemania ha establecido un intervalo horario para que sus clientes acudan a algo más que a comprar un paquete de galletas, una botella de vino o una barra de pan. Imagínense el panorama, carritos empujados por hombres y mujeres ataviados con sus mejores galas, perfumados hasta las trancas mientras se pavonean entre botes de tomate frito y latas de sardinas al aceite de oliva mientras buscan su media naranja. La duda que me surge es si también habrán hecho una división por pasillos según tendencias y gustos sexuales. ¿No les intrigaría por ejemplo saber las situaciones que se vivirán en el pasillo del papel higiénico o en el de la repostería?

Medidas como ésta pueden suponer una vía de escape a la presión existente en la olla sexual de muchas personas, que ya están cansadas del amor y del sexo proveniente de un algoritmo que ha jubilado a la Celestina de Fernando de Rojas. Eso sí, sólo espero que no haya muchos despistados que acudan a ese supermercado en el horario de ‘¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?’ sin ser conscientes de dónde se meten, obviemos juegos de palabras con este verbo, y lo más importante, que Juan Roig pase por alto esta idea alemana, porque no me quiero imaginar lo que ocurriría si Mercadona importa esta iniciativa y la implanta en sus supermercados. Las orgías romanas y griegas iban a quedar como meros dibujos animados en comparación con lo que podría pasar en los supermercados de dicha cadena. Si esto sucediera, no tengo ninguna duda de que dentro de nueve meses estaríamos dando la bienvenida en España a la generación Hacendado.
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