"A 36 pesetas el kilómetro por traer un cadáver"

Historias humanas del mundo ferroviario protagonizaron el filandón celebrado en el día del Centenario de la línea Matallana de Torío- León

Fulgencio Fernández
04/06/2023
 Actualizado a 04/06/2023
Maxi guardaba en su casa de Palacios de Valdellorma un verdadero museo de la historia de Feve. | LAURA PASTORIZA
Maxi guardaba en su casa de Palacios de Valdellorma un verdadero museo de la historia de Feve. | LAURA PASTORIZA
Cien años de la inauguración de la línea Matallana de Torío-León, con destino en el edificio de la calle Padre Isla que para siempre pasó a llamarse Estación de Matallana. Esta ha sido, al margen de la contienda política en la que vivimos inmersos, la noticia de la semana. Se han sucedido por ello reportajes, recuerdos, fotos, fechas, historias y hasta anécdotas de aquellos primeros pasos, el cierre posterior, la reapertura.

Por ahí circuló, como no podía ser de otra manera, en más literario canto a esta línea, el poema de Antonio Gamoneda ‘Ferrocarril de Matallana’, que encierra los que deben ser los versos más conocidos del galardonado poeta leonés, nacido en Oviedo, y que creció muy cerca de la estación, viendo pasar bajo su ventana cuerdas de presos que iban a ser fusilados en algún lugar de Puente Castro: "Este es un tren de campesinos viejos y de mineros jóvenes". En definitiva, habla de las personas que iban en el tren, los viajeros, los trabajadores, las gentes...

Pero de ellos se ha hablado muy poco estos días, tal vez se olvidó el largo anecdotario humano de este ramal del que llaman el Tren de La Robla. Con una excepción, seguramente el acto que pasó más desapercibido en el intenso programa y el que lo cerró: ‘Un filandón ferroviario, más bien hullero’ en el sentido de centrado en el tren que así se llamaba, el Hullero, el de Matallana, el de Feve.

Dirigía este filandón el primero de los personajes que por allí desfiló: Manuel Suárez, antiguo maquinista, director y uno de los ‘padres’ del Museo ferroviario de Cistierna, también de su Asociación de Amigos, mantenedor de encuentros con la olla ferroviaria calentando a fuego lento el guiso. Se ha convertido Manuel en una especie de caballero andante del hullero y él aportó una treintena de fotografías que sirvieron para ‘soltar’ la lengua a alguno de los asistentes,como el alcalde, hijo y hermano de ferroviarios; uno de los fundadores de Hergadi, Marcelino García Díez, que llevó a la sala el recuerdo de su hermano Carlos, uno de los personajes más enamorados del ferrocarril, que lo plasmó en el mítico tren que puede verse a la entrada de la empresa en Matallana. "Desde finales de los 80 hasta 1998 estuvo trabajando en ese tren, realizado con extraordinaria fidelidad. Y dejó en casa un verdadero museo".

Pero Marcelino quiso aportar otra idea, la de la importancia de aquel tren para Matallana. "Este pueblo, en el que ahora estamos, no existía, era una explanada casi vacía desde San Lorenzo hasta Robles, había unos chopos y un taller en todo lo que ahora es el pueblo y núcleo central del valle del Torío".
Maxi es la FeveNo podíafaltar en un recorrido humano por la historia de Feve un personaje como Maximiano Díez, Maxi el de Palacios de Valdellorma, que guardaba en su casa (en su bar) un verdadero museo ferroviario, que allí sigue. "Andamos negociando con la familia a ver si logramos llevar, al menos una parte, para el Museo de Cistierna, pero...".Maxi el de Palacios de Valdellorma era la historia de la Feve, tranajaron él y su hermana 40 años, su abuelo entró a construir la línea "cobraba 3 reales y comía patatas con sebo" Maxi se puede decir que "era la Feve", pues su familia estuvo en todas las fases de su historia. "Mi abuelo, que de Robledo de la Guzpeña, acudió a la llamada de mano de obra para construir el ferrocarril. Cobraba tres reales, trabajaba de sol a sol y comía patatas con sebo. Después, como era buen obrero, trabajador y formal, ya se quedó en la empresa". Y en la misma empresa entró Maxi: "Trabajé en La Ercina, Valle de Mena , Puente Almuhey, Valle de las Casas, fui responsable de las brigadas entre Matallana, La Robla y León, capataz... el primero que llegaba a los accidentes. Estuve en Feve 39 años, 4 meses y 10 días". Y guardaba en su museo todo lo que te puedas imaginar: "Fotos, billetes, carteles, banderines, pitos, teléfonos, gorras, letreros de taquilla u otros, sellos, lámparas para salir en la noche, ollas ferroviarias..." y guardaba en su memoria las fechas, los nombres. Era capaz de enumerar las máquinas una por una, la nacionalidad y las características: "Empezandopor la número 1, que era Palencia; después Vizcaya, Guipúzcoa, Burgos, Santander..., que eran 6 belgas pequeñas, de 1890. Después les pusieron otros nombres de estaciones: la 11 era Matallana, la 12 Sabero, la 14 Valderrueda... También les pusieron los nombres de algunos accionistas, como Alejandro Gandarias; después nombres de ríos: El Porma era la 23, la 24 el Esla, el Cea, el Carrión... y mientras los decía los iba señalando en las fotos que tenía colgadas en la pared". Una de las fotos era de su hermana Natividad, durante muchos años (más que Maxi) guardesa en el Paso del Portalón de Matapoquera.

El tren lechero


Parte del anecdotario estuvo dedicado al uso que se le daba a aquellos viejos vagones. Es de sobra repetido que llevaba la gente gallinas o conejos al mercado, por los que pagaban en el fielato, que regresaban con la compra, muchos cargaban la bicicleta y a tramos se bajaban y volvían a subirse y hasta había quien hacía caminando un tramo en las pendientes muy pronunciadas. Viajaban en él mujeres con gallinas y conejos para el mercado, había un tren lechero, trenes especiales para fiestas o corros de lucha y hasta un vagón para trasladar cadáveres

"El perfil que recorría el tren era endiablado; pero lo malo no era subir, que resultaba penoso, ciertamente, lo peligroso era bajar, inventar cómo sujetar el tren en descensos como el de Aviados, por ejemplo"; y ahí surgió una palabra y un sistema cuyo recuerdo llevó a la sala Gabriel Lucas: las galgas. "Era un mecanismo para frenar que se accionaba manualmente y resultaba práctico, pero requería llevar a tres trabajadores para manejarlas, eran los galgueros". Pero también se recordó el Correo o el Tren Lechero, ya que era una costumbre muy extendida de estos pueblos ganaderos ir a vender leche a la capital o llevarla al mercado.

Recordar a los galgueros llevó a repasar otros muchos oficios ferroviarios, más allá de maquinistas, revisores, jefes de estación... "Estaban las brigadas de mantenimiento, con seis u ocho trabajadores en diversos pueblos del recorrido, en muchos, cada tres o cuatro estaciones". Y otro muy curioso era el del repartidor: "El tren descargaba la mercancía y había un hombre con un carro que la cargaba e iba repartiendo por el pueblo".

36 pesetas un cadáver


Dado que este tren prestaba numerosos servicios había tarifas muy curiosas, por viajar con una oveja, por ejemplo. Pero Manuel Suárez dio cuenta de algunas facturas que se conservan en el Museo en las que se puede comprobar que «en los años 70 costaba a 36 pesetas el kilómetro transportar un cadáver. Ocurría que mucha gente había emigrado al País Vasco, se moría allí algún familiar y no tenían más posibilidad de traerlo que en el tren, que tenía una transporte especial para ello, con un vagón cerrado: "a 36 pesetas el kilómetro". Morir siempre resultó caro, con la funeraria o con el tren Hullero, tanto da.

Dos perronas por el agua


Recordó Marcelino García que cuando eran chavales tenían una forma de ganarse unas perras los días que el tren iba abarrotado, que eran muchos. "Estábamos atentos con algún recipiente con agua fresca, de la fuente, se la dábamos a beber, nos daban dos perronas y, venga, corriendo a llenar para otra entrega". La baja velocidad permitía situaciones así y recordaron a un trabajador, Nisio, de Robles, que "era capaz de saltar de un vagón a otro con un saco de cereales del estraperlo". Precisamente para combatir el estraperlo (y perseguir a los maquis, por ejemplo) en cada vagón viajaba una pareja de la Guardia Civil, a la que había que respetar su sitio reservado, "muchas veces te encontrabas con su capa y su tricornio allí posados, no los tocabas, no".
 En los años del estraperlo el Hullero fue fundamental pese a que iba una pareja de la guardia civil; tenían contraseñas, Nisio saltaba de un vagón a otro con el tren en marcha...
- ¿Pillaban a los estraperlistas?
- No, casi nunca. Estaban muy preparados, tenían contraseñas entre ellos, con pañuelos que sacaban y cosas así. La imaginación funcionaba bien, subía al tren mucha mujer embarazada que no llevaba debajo de los faldumentos precisamente a un hijo. Hasta hombres embarazados he visto.

También tiene relación con el agua unas construcciones hoy abandonadas y que llaman la atención, las aguadas, esa especie de deposito que vemos enalgunas partes. "Eran para las máquinas de vapor".

Cagancho, Juanín...


Ya para finalizar, aunque habría más, y ya que de aspecto humano se trata, no se puede olvidar a los "vendedores" de rifas y todo tipo de objetos que se ganaban la vida de tren en tren. "En este Hullero el más famoso era Cagancho, que vendía rifas, y cuando le preguntabas si había tocado siempre decía, ‘sí, en el otro vagón'". Siempre tocab a en el otro vagón la rifa de Cagancho.

Entrañables resultan recordados personajes como Cagancho, que se ganaba la vida en el tren vendiendo rifas y cuando le preguntaban si había tocado decía "sí, en el otro vagón" Un tren lleno de historias. Y cuando hay historias hay vida, y supervivencia pues, como recordaba Gabriel Lucas, "hasta del fielato te podías librar en la estación de Matallana de la avenida Padre Isla (León), porque había una vía de escape por la churrería que durante tantos hubo allí, al lado de la estación y muy concurrida, desde el amanecer y a la llegada de los trenes".

Historias que han entrado en vía muerta. Y el tren también peligra.
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