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Zambroncinos

Zambroncinos

OPINIóN IR

29/04/2021 A A
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Zambroncinos
Junio de 2002, miércoles, en San Sebastián. Como esta gente es europea, como no andes vivo te quedas sin cenar y sin poder tomar unas copas. Y, si además, llueve, no encuentras por la calle ni a Dios.

Después de tomar varias cervezas y sus correspondientes pinchos, nos encontrábamos, Tere y un servidor, más perdidos que Tarzán en medio de un puti-club. De pronto encontramos un bar abierto, por nombre Dickens, en el Boulevard. Al entrar, vimos a un sólo cliente y al camarero. Pedimos dos cacharros y el tipo nos informa que sólo servían cócteles. «Pues pónganos uno, por favor». La verdad que el invento estaba cojonudo y nos lo tomamos con ganas. El cliente se fue y entró otro paisano que, sin hablar, se puso en la esquina de la barra y al instante el camarero le sirvió una manzanilla. «Es el jefe, –dije–. ¿Cómo lo sabes?, –me preguntó Tere. Hombre, en un sitio que sólo sirven cócteles a este le arrean una manzanilla». Como el tipo se aburría, se nos acerca y nos pregunta «¿qué, turistas? Si señor. ¿De dónde sois? Pues de León. ¿De la capital o de un pueblo? Ella es de Villafranca y yo de Vegas del Condado. Joder, es que yo también soy de León, de un pueblo que seguro que no conocéis: Zambroncinos del Páramo». Le dije que sí que conocía el pueblo y que también sabía, incluso, como llegar a él. El hombre no paraba de hablar. Nos informó que había quedado campeón del mundo de cócteles tres veces, la primera en Japón, y nos invitó a otro combinado. Lo cierto es que el local estaba lleno de fotografías de personajes famosos y tenía más copas que la Real Sociedad (tampoco hay que esforzarse mucho para tener más trofeos que el club donostiarra).

La verdad es que nos lo pasamos muy bien aquella noche y que la vuelta a la pensión fue alegre y dicharachera, olvidándonos de la lluvia y del viento que soplaba. Me jodió, eso sí, pagar por las dos primeras copas cuarenta euros, pero menos de lo normal, al darle el dinero a un paisano.

Cinco o seis años después, fuimos a Bilbao a pasar una semana y, además de visitar Lezama, hacernos unas fotos con Julen Guerrero, beber cerveza hasta perjudicar mucho el hígado y comer tapas a esgalla, visitamos el museo Guggenheim. Debemos tener el récord mundial de rapidez al visitar una exposición: cinco minutos. La verdad es que era un rollo macabeo, de lo que denominan «arte moderno» y no entendíamos nada de lo que veíamos. Por lo que subimos hasta el primer piso, a la cafetería, a tomar algo. Como era temprano, aquello estaba desierto. «¡Hola!, ¿hay alguien?» De la cocina salió un chaval tocado con un gorro de cocinero y un mandil y nos dijo que estaba cerrado. «¿No podemos tomar una cerveza?». Con cara adusta, el chico nos tiró dos cañas y, ¡claro!, nos preguntó lo típico: qué si éramos turistas, qué de dónde veníamos… Cuando le conté que éramos de León, saltó: «¡Coño!, yo también, de Veguellina de Órbigo». Al final, tomamos cuatro cañas, de las que sólo pagamos dos. Se llamaba, (se llama), José Antonio Alija, aunque allí, en el ‘bocho’, es conocido como ‘Josean Alija’, y creo que tiene dos estrellas Michelin.

Son dos ejemplos de gente de aquí que se han tenido que largar de su tierra para triunfar. Como ellos hay cientos, miles, de paisanos a los que esta provincia, (la coyuntura de esta provincia), negó el pan y la sal. Sus recuerdos, como los de todos los leoneses que la han abandonado, son de su juventud; de las fiestas de sus pueblos, de los veranos en casa de los abuelos, de las rondas eternas de vinos por el Húmedo o por el Cid, de los conciertos de las fiestas de San Juan en la Plaza Mayor. Todo muy bonito y muy melancólico…, pero tuvieron que irse.

Nuestra provincia, o mejor dicho, los que han mandado en esta provincia desde siempre, no se han preocupado de la gente común y corriente en ningún momento. Sólo se han afanado por medrar ellos y si para ello había que dejar esta tierra como un solar, se dejaba. Con la constitución de la comunidad autónoma de Castilla y León, sólo se agravaron los problemas. Pero no porque Valladolid fuese la culpable del abandono y la desidia, sino porque nosotros, los leoneses, nos hemos callado como putas, dejándolos hacer lo que han querido. León no tiene los mismos problemas que Segovia o que Ávila. O que Valladolid…, y, por desgracia, las políticas que se implementan son generales, sin tener en cuenta que León, concretamente León, tiene que tener soluciones particulares. El problema es que los ‘leonesistas’, los únicos que han dado guerra durante años, sólo saben quejarse. No han propuesto ninguna alternativa que palíe el abandono y la desolación. Echar la culpa de lo que te pasa a otros es síntoma de dejadez, complejos sin límite y comodidad. Y para engañar a la gente… Salud y anarquía.
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