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"Yo creo que andamos vagos"

"Yo creo que andamos vagos"

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En Torneros de la Valdería recuerdan en su mayo las faenas tradicionales de los meses del otoño y los lugares en los que las realizaban . | MAURICIO PEÑA Ampliar imagen En Torneros de la Valdería recuerdan en su mayo las faenas tradicionales de los meses del otoño y los lugares en los que las realizaban . | MAURICIO PEÑA
Fulgencio Fernández | 12/05/2019 A A
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"Yo creo que andamos vagos"
LNC Domingo Los mayos son también una seña de identidad de la comarca de Jamuz, que este año ha visto como disminuía su número de manera significativa; por su parte, Castrocontrigo y Torneros de la Valdería mantienen su costumbre de "uno en el pueblo"
- ¿Dónde están los mayos? que no los encontramos donde estos años de atrás.
- ¡Ay hijo!, la gente está muy vaga, sólo tenemos dos, uno donde el alfar y otro donde se coge el autobús.

La conversación es de esta misma semana , recién nacido el mes de mayo, en uno de los pueblos donde siempre hicieron gala de competir, unos barrios con otros, incluso por calles, por tener el mejor mayo, el más original, el más trabajado, con el mejor texto... Jiménez de Jamuz.

- ¿Y cuántos llegó a haber?
- Qué se yo. Más de veinte los tengo vistos.

Seguro. Cerca los hubo no hace tantos años. Tal vez sea «un bajón», quizás otro síntoma de la manida España Vaciada, la despoblación y otras zarandajas electorales.

- ¿Será cosa de la España vaciada?
- ¿Cómo? Déjate de cuentos, que a la gente no le gusta trabajar.

Pues tendrá razón pero es un signo de cierto olvido, no definitivo y recuperable, de unas tradiciones que le dieron una seña de identidad a estos pueblos, Jiménez, Santa Elena... Una de esas fiestas para recibir a la primavera en las que en la Cruz de Mayo los mozos cortaban un gran tronco y lo plantaban en la plaza, con el tiempo le ponían ‘un pelele’ en la parte superior, con el tiempo llegaron los mayos, la representación de una escena de la vida cotidiana, de personajes célebres del lugar, de oficios, de recuerdos, de memoria...

Eso no se ha perdido y así Jiménez luce una trabajada escena del Tañer de las campanas, con la puerta de la iglesia, la campana, el cura y hasta un reloj que marca la hora real. El texto del Museo Alfar se titula ‘tejas, adobes y no te embobes’, y cuentan la primera lección de una historia: «Ahora estudian los modernos, / algo que llaman bioconstrución, / por eso han venido a vernos / a que les demos una lección. // Primero: No había cuadernos / pero de esto sé un montón / nos rompíamos los cuernos / pero no había otra solución. // Los muros eran de barro / no eran de hormigón / las tejas se hacían a mano / no las traía un camión».

En otros lugares cercanos, como Castrocontrigo o Torneros de la Valdería, también mantiene esta tradición, pero no apuestan por el número sino por trabajar uno a conciencia.

En Castrocontrigo se han volcado en ello los de la activa asociación El Castro de El Campillo y su apuesta ha sido representar y documentar la historia de lo más cotidiano, el proceso del pan y la historia de las panaderías en la localidad. Así recuerdan que la panadería Marcos, hoy Justel, está en manos ya de la cuarta generación de panaderos: «A finales del XIX la regentaban Marcos y su mujer, Petra Carnicero; pasó a su sobrina Adela, a la que acogieron como su propia hija y pasó a llamarse Toribio Castaño, su marido, hasta que se incendió en 1958. La reconstruyeron y en ella trabajaron sus cuatro hijos: Petra, Lucía, Ignacio y Lupe para quedársela definitivamente Lupe. Ya son cuatro generaciones».

Y de la misma manera documentan la panadería de Ricardo y Petra y completan esta cercana lección de historia con un texto sobre «el proceso del pan», de Luis Crespo o el recuerdo de historias del lugar: «En Castrocontrigo el pan se hacía con el cereal que se producía en la zona: el trigo. En casi todas las casas había horno y una vez sacado se guardaba en arcas o arcones para su mejor conservación. Era habitual la torta temprana, que se hacía con masa más fina y barnizada con aceite y azúcar y se metía al horno con las hogazas pero se sacaba antes».

En Torneros apostaron una historia más genérica: el otoño, «cuando volvíamos de la escuela y tu madre te mandaba ir por aquellos sacos de otoño para echarle de cenar a las vacas»; y es que padre y los hermanos mayores «iban temprano a segar para el Escobal, Ribarroya, las Bortonas, los Adiles... y los más pequeños les íbamos a llevar la merienda».
Las pequeñas historias y los recuerdos escritos en los mayos.
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