"¿Y por qué no León y Castilla?" 2ª parte

"¿Y por qué no León y Castilla?" 2ª parte

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Doña Berenguela coronando a su hijo Fernando. | MUSEO DEL PRADO /MARIANO DE LA ROCA Ampliar imagen Doña Berenguela coronando a su hijo Fernando. | MUSEO DEL PRADO /MARIANO DE LA ROCA
José María Fernández Chimeno | 30/10/2021 A A
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"¿Y por qué no León y Castilla?" 2ª parte
Historia José María Fernández Chimeno cuenta la intrahistoria de Fernando III y su madre la reina Berenguela
Sin duda que Berenguela de Castilla había tenido muy presente  las recomendaciones del libro sapiencial de la Biblia más citado en la Edad Media, el Eclesiastés, donde las minorías de edad de los reyes eran sufridas como una maldición divina; máxime, cuando tras la experiencia del reinado de Urraca I de León, recogida en La Historia Compostelana (elaborado entre 1107 y 1149 por varios clérigos que relatan los hechos del arzobispo Gelmírez) era mayor el temor al gobierno de una mujer:

«¡Ay, pueblo mío! ¡Oprimido por los imberbes, gobernado por las mujeres!».

Seguramente esta sea la respuesta más plausible a la pregunta que quedó latente en el primer artículo (¿Por qué insistió tanto en ser coronada? Admitiendo después que, debido a su condición femenina, era incapaz de soportar el duro peso del poder), pero solo en parte. Ya que Berenguela, si bien cedió la corona de Castilla a su «querido hijo» Fernando, el infante leonés no mostro una gran resistencia a ser «aconsejado» por su madre; lo que suponía de facto que Berenguela gobernaba en las sombras. ¿Y en qué nos basamos para tal afirmación?

Para responder a esta nueva pregunta lo mejor es recurrir a una crónica contemporánea del reinado de Fernando III. El célebre bardo mantuano Sordel recaló en la corte del rey castellano, y: «Hacia 1237 escribió un lamento –un plato, en el lenguaje de la época– por la muerte de Blacatz, trovador y señor de un pequeño territorio en la estribaciones de los Alpes marítimos […] El plato es un portento de conocimiento político útil y preciso, a la par que un ajuste de cuentas hacia algunos de aquellos a quienes quizás no recibió la recompensa esperada». (La estirpe de Leonor de Aquitania / Ana Rodríguez. Edit. Crítica). Sordel, en un serventesio escrito con ironía describe que desea que determinados reyes cristianos «coman el corazón de su valiente amigo»; y entre ellos nombra al rey de Francia Luis IX (1226-1270) -conocido como San Luis- y de su primo hermano el rey de Castilla.

«El siguiente en comer tendría que ser el rey de Francia.
Necesita conseguir Castilla, para lo que él es torpe,
Pero si su madre lo desaprueba, no lo comerá,
Nunca la desobedece, esto es lo que dice la gente».
«Y el rey castellano conviene que coma por dos
Pues tiene dos reinos y no tiene mérito para uno;
Pero, si quiere comerlo, conviene que lo coma a escondidas
Pues si lo quisiera su madre, lo golpearía con un bastón».

Es evidente que las hijas de Leonor Plantagenet y Alfonso VIII de Castilla, Blanca y Berenguela llegaron a gobernar cual dignas sucesoras de la estirpe de Leonor de Aquitania, «la abuela de Europa» –primero como reinas y luego como madres–, con «mano de hierro en guante de seda», a la sombra de unos hijos pusilánimes (y que curiosamente alcanzarían el alto honor de ser subidos a los altares).

Ambas hermanas eran herederas de una larga tradición acerca de la capacidad femenina para transmitir derechos al trono, pero también para gobernar. Prueba de ello fue que doña Berenguela, destinada a convertirse en reina consorte de León, contribuyó con sus decisiones a consolidar el gobierno de Fernando III. Si pudo reinar, con tan solo dieciséis años, ello se debió a una mezcla de «astucia, intriga y duplicidad» de su madre [ver artículo publicado en LNC: ¿Y por qué no antes León y Castilla? (06-10-21)]. Lo primero que hizo Berenguela al ceder el trono a su hijo en Valladolid (1217), fue concertar un matrimonio con Beatriz de Suabia (hija de Felipe, duque de Suabia y rey electo de Romanos) y encargarse de alejar al dócil rey de los malos hábitos de su padre Alfonso IX (VIII de León) –no se le conoció amantes ni hijos ilegítimos, como los muchos bastardos que el rey leones tuvo–; para ello debió de armarse caballero tres días antes de contraer nupcias en la catedral de Burgos. La ceremonia de investidura tuvo como escenario el monasterio de Las Huelgas Reales y, caso insólito, ningún noble castellano participó en el ritual: «El rey se ciñó el solo con su propia mano el cíngulo militar y tomó directamente la espada del altar mayor de Santa María la Real».

Mas, ¿qué era aquello que podía hacer a una mujer –aunque esta fuera de la dinastía de los Plantagenet– tan poderosa en el siglo XIII? La respuesta quizá habrá que buscarla en el tesón de una madre para proteger a sus crías…, y en «las arras» que en número de treinta castillos gallegos y leoneses recibió el día de su matrimonio con Alfonso IX, a cambio de que se cumplieran las cláusulas del Tratado de Cabreros (1206) entre Castilla y León; acuerdo suscrito para tratar de poner término a las disputas existentes entre ambos reinos por la posesión de diversas fortalezas que se hallaban en manos del rey Alfonso VIII. La vigilancia de la dote quedaría a cargo de doce caballeros que serían vasallos de la reina Berenguela, pero que debían mantenerse leales al soberano leonés, con el beneplácito, eso sí, del soberano castellano; y en caso de separación matrimonial, la dote continuaría en poder de la reina Berenguela. Así mismo fueron previstas todas las posibles contingencias, tales como que el rey Alfonso IX matase a su esposa, que la maltratase, o que la privase de libertad (seguramente se pensó en el encierro por diez años que Enrique II de Inglaterra propició a su esposa Leonor de Aquitania en el castillo de Chinon).

Hubo un último intento por casar a las infantas Sancha y Dulce –hijas habidas con su primera esposa Teresa de Portugal– con un rey cristiano. Sucedió cuando en la primavera de 1224 fueron informados de que Juan de Brienne había llegado a España camino de Santiago de Compostela. El rey de Jerusalén al perder a su mujer María de Montferrato (1212), la reina del Estado cruzado de Jerusalén, se casó en segundas nupcias con la princesa Estefanía de Armenia, de la que también enviudo (1219). El obispo Juan de Osma, vinculado a la cancillería real de Castilla desde al menos 1211, afirmaba que le habían ofrecido casarse con una hija del rey de León y prometido el trono.

Pero Berenguela –«prudens femina», escribe Juan, «precavens in futurum»– cortó el paso al peligroso peregrino. El hecho es que, antes de salir del territorio castellano para adentrarse en León, Juan de Brienne había comprometido su fe en una promesa de matrimonio con la hija menor de la reina, también llamada Berenguela, con quien casó unas semanas más tarde. La reina había apartado el peligro y tejido un vínculo fuerte entre la corona castellana y Oriente. Juan de Brienne vendría a ser emperador de Constantinopla en 1231 y los tres hijos que tuvo de su mujer prestarían unos decenios más tarde el homenaje vasallático al rey Alfonso X (El Sabio), reforzando su posición de emperador de Occidente. Dicho esto, y retomando el «hilo de la historia» que nos ocupa, cabe volver a preguntarse:

¿Y por qué no León y Castilla? Gracias a estas artimañas la respuesta parece evidente, y se pude decir que a la muerte de Alfonso IX el destino de la corona leonesa quedo en manos de Berenguela; pues, en la carrera contrarreloj para hacerse con el codiciado trono, antes que las infantas leonesas se pusieran en marcha para reclamar lo que por herencia les correspondía, el rey de Castilla y su madre partieron desde Toledo siguiendo un camino seguro (dice el cronista Rodrigo Jiménez de Rada en su Historia de rebus Espaniae que pasaron por las localidades de Tordesillas, San Cebrián de Mazote, Villalar, Toro, Mayorga de Campos y Mansilla). «Per castra domine regine aliquadium incidentes…» le fueron prestando homenaje hasta llegar a León y se convirtieron a la postre, de posesiones recibidas en dote (a conservar y trasmitir) a baluartes de su poder, que dejaron expósito (libre) el camino que conducía a la unión de Castilla con León. La solución encontrada por Berenguela demostró una gran sagacidad, propia de las mujeres de la Casa Plantagenet.

Asumido el control de la ciudad de León y de su territorio, quedaba por resolver el problema sucesorio y la «astucia, intriga y duplicidad» de Berenguela fue esencial, al aceptar reunirse con la reina Teresa de Portugal en Valencia de Don Juan, mientras su hijo se quedaba en León. Con el posterior pacto de las «reinas viudas» en Benavente, las dos infantas fueron compensadas económicamente y Fernando III paso a ser el rey de «dos reinos». Aún mantendría León su independencia durante más de un siglo, cuando el Ordenamiento de Alcalá (1348) convocado por el rey Alfonso XI conllevó la pérdida de su preciada autonomía. En una de esas dos reuniones (1345 y 1348) se originó el famoso dicho: «Por Castilla hablaré yo»; atribuido al rey, con la que dejó zanjada la disputa de prelación entre los procuradores de Toledo y Burgos. Cabe preguntarse, en aquellas Cortes: ¿Quién hablaba por León?

Desde aquella fatídica fecha de 1217, donde comenzó la cuenta atrás en la desaparición del Reino de León como entidad independiente, la nobleza leonesa fue menguando en poder e influencia. En el periódico La Epoca figura una reseña de la visita real a León (el viernes, 15 de agosto de 1902), donde el abad de la Muy Ilustre, Real e Imperial Cofradía del Milagroso Pendón de San Isidoro, D. Cayo Balbuena López rogó a D. Alfonso XIII que restableciese la antigua cofradía de Nobles, diciendo: «Señor: La nobleza de los condes y marqueses, de que tan rico era este pueblo, ha desaparecido, y con el penúltimo de aquellos, marqués de Monte Virgen, murió el último de los hermanos de esta Real y Noble Cofradía, guarda y custodia con el abad y canónigos de esta Real colegiata del glorioso pendón, mandado hacer por el Rey D. Alfonso VII en conmemoración de la toma de Baeza…».

Si bien nada queda de aquella gloriosa nobleza que encumbró a lo más alto el Reino de León, no es menos cierto que su historia y tradiciones han quedado impresas per se en el inconsciente colectivo del pueblo leonés; y hoy más que nunca su espíritu se eleva cual ave fénix de las cenizas del olvido.
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