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Vuelve el fanatismo ‘religioso’

Vuelve el fanatismo ‘religioso’

OPINIóN IR

05/07/2017 A A
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Vuelve el fanatismo ‘religioso’
Que el lector no se confunda: este artículo no va en contra de ninguna religión, va contra el fanatismo religioso, ese sentimiento que, convirtiendo una creencia en dogma, da permiso a sus fieles para aplastar al no creyente o discrepante. Las viejas religiones han alimentado en su seno el fanatismo como parte esencial de su supervivencia, pero, afortunadamente, la historia ha ido debilitándolo hasta hacerlo incompatible con cierta tolerancia. Salvo el caso del movimiento yijadista, que hunde sus raíces en el fanatismo islamista, hoy las religiones no suponen una amenaza contra la democracia y la libertad de pensamiento y conducta, una conquista que ha costado sangre, hogueras y guerras crueles.

Así que no hablo del fanatismo de las antiguas religiones, sino el de las nuevas. Religiones laicas, preciso, porque no se basan en creencias sobre el más allá, sino sobre el más acá. Una religión es un conjunto de ideas que, convertidas en dogma, generan seguidores incondicionales dispuestos, no ya a asumir personalmente esas creencias, sino a difundirlas e imponerlas a los demás. Para que este fenómeno se produzca tienen que cumplirse una serie de condiciones:

1) Que las ideas iniciales, llamadas a convertirse en creencias y luego en dogmas sagrados, sean fáciles de entender por su simplicidad.
2) Que los nuevos dogmas se repitan de forma imperativa y reiteradamente.
3) Que esas creencias se asocien a valores indiscutibles y abstractos como la libertad y la igualdad, de tal modo que quien discrepe aparezca como un reaccionario al que no se le debe conceder ni el uso de la palabra.
4) Que se constituya un conjunto de predicadores capaces de difundir, con un plus de persuasión, la nueva religión, de tal modo que luego, por imitación y contagio, cada nuevo creyente se convierta a su vez en prosélito.
5) Y por último, que la nueva religión tenga a su servicio medios de comunicación capaces de convertir cada hogar en una capilla donde se rinda culto a los nuevos dogmas, con sus santos y santas, apóstoles y apóstolas.

Pondré un ejemplo de nueva religión: el llamado movimiento LGTBIQ (añadan la I y la Q, pónganse al día). Lo que me interesa analizar es el paso de un movimiento legítimo y necesario contra cualquier discriminación por razones de sexo (especialmente la homosexualidad masculina y femenina), a religión laica. Religión porque no se limita a establecer normas que luchen contra la discriminación, el odio o la violencia contra cualquier forma de expresión, identidad o manifestación sexual, sino que impone una adhesión, una ‘visibilización’ y proclamación pública de que no se pertenece a los discriminadores o perseguidores lgtbiqfóbicos heteropatriarcales. Vean ahí a todos los políticos apuntándose a la norma.

El problema de fondo es no entender que un Estado se basa en dos conceptos básicos: el de persona y el de ciudadano. Como persona, todo sujeto tiene unos derechos humanos universales; como ciudadano, tiene derechos constitucionales. Ambos derechos son la base de su condición de sujeto político, que es la única consideración sobre la que se puede basar una sociedad moderna. Cosa muy distinta son las identidades subjetivas, entre las que se encuentra la identidad sexual, un campo donde el Estado no debe entrar, porque todos los derechos sexuales están incluidos en los derechos de la persona y el ciudadano, pero no constituyen una esfera aparte. Lo mismo podríamos decir de la identidad religiosa, futbolística, geográfica, cronológica...

Una identidad subjetiva no quiere decir que sea irreal, o que carezca de fundamento, sino que depende del sujeto el situarla en el centro de su vida, en la periferia, en el cuarto de baño o en el comedor de su casa. Hay quien no puede vivir sin la religión del fútbol, de la música, de la política, del sexo, de la ‘estrellada’, de Facebook… Lo que el Estado no puede es estar pendiente de todas las identidades subjetivas de cada uno de sus ciudadanos. Esto lleva al disparate, como es el intento de encasillar y definir todas las posibles identidades sexuales.

Yo propongo que el LGTBIQ acoja en su seno a los asexuales, los pansexuales, los plurisexuales, muñecosexuales, los robotsexuales, los canisexuales, los fetichistas… Que sus siglas incluyan todo el diccionario. Estas y otras muchas identidades sexuales se muestran y exhiben en internet y de momento no necesitan predicadores que defiendan su legítimo derecho a expresar su polimorfa sexualidad. ¿Pero hemos de convertir todo esto en un derecho legislado, y en una obligación, su visibilidad?
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