Publicidad
Volviendo a mis recuerdos de León

Volviendo a mis recuerdos de León

TRIBUNA DE OPINIóN IR

César Pastor Diez | 22/10/2020 A A
Imprimir
Volviendo a mis recuerdos de León
Últimamente mis colaboraciones en el Diari de Tarragona se han ido un poco por los cerros de Úbeda. Quisiera corregir unos grados el rumbo de mi singladura, aunque ya soy demasiado torpe, demasiado antiguo y llevo a mis espaldas una carga agobiante de frustrados sueños. Con el permiso de ustedes volveré alguna vez a mis recuerdos de León, donde nací y donde permanecí hasta los 12 años en que vine a Catalunya para recalar en el Delta del Ebro, del que guardo un agradecido y fervoroso recuerdo.

Uno de mis tíos, llamado Saturnino, era un reputado artista en vidrieras policromadas y durante algún tiempo estuvo trabajando en la restauración de las vidrieras de la catedral leonesa. Nada menos que dos mil metros cuadrados de ventanales y rosetones policromados ostenta la Pulchra Leonina. Más que ninguna otra catedral española. Mi tío me llevaba allí sobre todo por las tardes, cuando la inclinación de los rayos solares incidía sobre aquellos ventanales e inundaba de fabulosas luces multicolores las naves interiores del templo, un espectáculo de luz y color que ya maravillaba la retina de los peregrinos medievales que hacían parada en León durante su ruta jacobea. Y mi tío intentaba explicarme a su manera el significado de cada uno de aquellos colores: según me decía, el rojo era la sangre de los mártires cristianos; el amarillo significaba la avaricia y la envidia; el verde la fertilidad de los campos y la esperanza en la resurrección, y el azul, las caricias sedantes del mar y del cielo. Todos aquellos colores superpuestos producían el negro, como una tricromía tipográfica, y en rotación, el blanco.

Otro de mis tíos, Eugenio, era muy devoto hasta el punto que de joven inició estudios sacerdotales pero tuvo que dejarlos a causa de que no le entraba el latín ni con calzador; él solía pasar muchas horas en el interior de la catedral y a veces desde un discreto altillo se encargaba de accionar la manivela del enorme fuelle que insuflaba aire a los tubos del órgano catedralicio durante algún acto solemne.

Sentado en un banco de la plaza Regla, a mí me gustaba contemplar las evoluciones de los grajos que revoloteaban en torno a los cimborrios de la catedral y que a pesar de su negro plumaje y de sus hoscos graznidos no me resultaban antipáticos porque yo los veía como si danzaran un ensayado minué en honor a las góticas agujas catedralicias donde ellos encontraban cobijo.

Pues bien, cuando mi tío Eugenio me encontraba allí y lograba echarme mano me llevaba con él al altillo y me endosaba la dichosa manivela para que yo la hiciera funcionar mientras él se iba a sus latines y a sus rezos. «Sólo serán cinco minutos», me decía, pero ¡ay, Señor, aquellos cinco minutos siempre se convertían en media hora por lo menos! Allí me quedaba yo, sudando la gota gorda por el esfuerzo muscular que requería aquella tarea para mis débiles brazos infantiles. Así que, al ritmo de la manivela, iba yo despotricando en silencio contra Marcel Dupré, François Couperin y Lorenzo Perosi, que en aquel tiempo eran los autores de polifonía religiosa más frecuentes en el repertorio del coro catedralicio de León.

En cierta ocasión, para descansar un poco, dejé de accionar un momento la manivela y de repente enmudeció el órgano en plena ceremonia solemne. Miré por una trampilla y vi al organista, al obispo revestido con sus galas episcopales, al deán, al sochantre y a todos los canónigos con sus orondas anatomías arrellenados en los artísticos sitiales del coro y el trascoro, así como la coral de voces blancas, todos atónitos y estupefactos ante el repentino silencio del órgano. Les vi gesticular y agitar los brazos, cuchicheando entre ellos como preguntándose qué ocurría. De momento no pensé que aquello fuese a causa de haber dejado de darle a la manivela. Así pasaron unos minutos hasta que mi tío entró como un ciclón en el altillo, me apartó de la trampilla estirándome una oreja y se puso a accionar furiosamente la manivela hasta que el órgano empezó a sonar de nuevo. Y en seguida me dijo: «No te vayas, que tengo que hablar contigo».

Al terminar la ceremonia mi tío me llevó a dar un paseo por el claustro. Me habló de la responsabilidad, la disciplina, la sensatez, la obediencia y otras virtudes, algunas de las cuales sonaban por primera vez en mis oídos. Y al final de su discurso me metió en un cuartucho que había en el claustro donde se guardaban las escobas, calderos, bayetas, plumeros, mandiles y todos los bártulos que usaban las señoras de la limpieza para su trabajo. Allí me encerró con llave, a oscuras y se marchó. «Para que aprendas», me dijo. Y no volvió a abrirme hasta pasadas tres o cuatro horas. Tal vez mi tío esperaba que al ir a abrirme la puerta me encontraría llorando o que le reprocharía su actitud. Pero yo no estaba dispuesto a que me tuviera lástima. Así que cuando salí del encierro miré al cielo y sólo dije: «Hace una noche preciosa, ¿verdad?». Con esto mi tío quedó desarmado y no supo decir palabra.

Después de aquella desagradable experiencia procuré enterarme de los días y horas en que debían celebrarse ceremonias solemnes con música de órgano, a fin de poner los pies en polvorosa y largarme lo más lejos posible de la catedral. Y en compañía de mis amiguitos del barrio nos íbamos calle San Pedro adelante hasta la Candamia donde nos poníamos a jugar a las canicas, a las tabas o al tres en raya. Cuando volvíamos a casa la ceremonia solemne en la catedral ya era agua pasada que no movía molino.

Supongo que hoy día aquella condenada manivela ya estará jubilada y que el órgano catedralicio funcionará por medios electrónicos, como lo hace, por ejemplo, el de Tarragona, que está muy cerca de mi casa.
Volver arriba
Newsletter