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OPINIóN IR

27/06/2021 A A
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Entras en Facebook y es como visitar un centro comercial abandonado. Con lo bueno y lo malo. Basta merodear un rato para que te encuentres con gente mayor hablando sola o en pequeños grupos; tal vez anden ahí por estar resguardados de la intemperie. Luego, sitios que llevan igual desde 2009, con sus modas que hacen sangrar nuestros ojos y nos llenan el corazonín de nostalgia. Telepredicadores con teorías de la conspiración. ¿Cámaras de eco? Unas cuantas todavía. Perfiles oficiales de estrellas y también de fans de esas estrellas. Menos energía sexual que antaño, cuando el Zuckerberg vio claro que aquello sólo tiraría si se convertía en una plataforma con vistas al ayuntamiento carnal. Y muchas ganas de dejar atrás la soledad, de encuentro. De amor, en definitiva.

Da igual que la gente apenas pise por allí. La quinta persona más rica del mundo (123.000 millones de dólares, ojo, 40.000 más que Amancio) no necesita nuestras molestas visitas. Ya nos saca los cuartos por otras vías, sobre todo Whatsapp e Instagram, que también son suyas. Lo de Facebook es como el paisano que conserva la furgoneta con la que empezó a repartir pedidos –acaso bautizada como ‘Ramona’ o ‘Relámpaga’–, antes de construir su emporio de transportes. Da igual también que Mark usase de manera ilegal los datos de los usuarios con fines políticos, como demostró el escándalo Cambridge Analítica. Y, por supuesto, da absolutamente igual haber quedado retratado como un psicópata en ‘La red social’, la película de David Fincher y Aaron Sorkin.

Porque Mark Zuckerberg sabe una cosa. Bueno, lo sabe él y lo sabemos todos: seguimos yendo a esos ‘centros comerciales’ porque no queda otro sitio a donde ir. Si no te gusta Facebook te puedes ir a Twitter. Pero claro, aquello es la selva, hermano: te metes cinco minutos y ya estás radicalizado para el resto del día. Si eres periodista, no te queda otra que pisarlo para enterarte de noticias… igual que si pinchas la emisora de la brigada de homicidios o haces guardia en el Anatómico Forense.

Y luego está Instagram. Alguien me lo definió una vez de una forma muy amable, como enviar una postal en la que escribes: «Hey, me acuerdo de ti/vosotros. Mira qué bonito esto». Hay quien sólo manda postales publicitarias y se forra con ello. Hay quien se queda atrapado y pierde la noción de la realidad. Pero frente al ambiente insano y agresivo que te encuentras en otros lugares, resulta lógico refugiarse en los posaditos, las palmeritas y lo que toque. Pasó con Myspace y Fotolog, pasó con Facebook en su momento y pasará con lo que sea que llegue en las futuras redes sociales. Entornos en los que fuimos felices. O al menos nos dio esa impresión.
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