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Viaje en autobús

Viaje en autobús

OPINIóN IR

14/03/2019 A A
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Viaje en autobús
Durante un tiempo llegué a creer que todos los habitantes de Cuéllar usaban gafas. O al menos todos con los que me cruzaba en mi ruta semanal hasta Segovia. O al menos los que cogían el autobús a la hora del café los viernes y con las últimas luces del domingo. Lo llegué a pensar con una fe absurda en la estadística malinterpretada a través de la ventana del coche de línea por la que corrían los páramos, los desvíos a los pueblos y las fondas abarrotadas de camiones que también servían como estación. En aquellos interminables trayectos entre el Valladolid de mi hogar familiar y la Segovia de mi vida universitaria, entre la adolescencia y la libertad, había descubierto tanta realidad que me parecía imposible que fuera engañoso algo de lo que ocurría a los márgenes de ese vehículo ruidoso y torpe.

El autobús es el único medio de transporte que permite aún amarrarse al territorio ahora que los trenes pasan de largo y a toda velocidad por la mayor parte de las estaciones. Ahora que las autovías atraviesan los campos de las afueras de los arrabales de cada municipio. Yo aprendí Castilla en aquel traqueteo, en el mar en verdes de la cuesta que sumergía la nacional entre los pinares, en el frío que se colaba por la puerta en invierno en cada una de las paradas y en el sofoco del que había que huir a partir de mayo. En los asientos vacíos y la soledad de las paradas olvidadas en mitad de la carretera. Aquel trayecto sí que ordenaba el territorio y no esas leyes siempre pendientes. Ordenaba un collar de pueblos con su campanario y su cementerio, con la cosechadora delante del bus como prueba de paciencia, con el sueño profundo que te pegaba a la tapicería. Aquellas rutas exhaustivas que no perdonan una localidad y permiten, a las horas que lo permiten, venirse y volver al bullicio desde cualquier aturdido silencio. ‘El Ryanair de Castilla’, que decía el otro día Peláez y al que deberían subirse todos aquellos que andan apresurados cerrando programas electorales.

Conté las semanas durante meses para abandonarlo para siempre y nunca más lo eché de menos. Hasta hoy que ando leyendo ‘Viaje en autobús’ de Josep Pla y me descubro sentado al lado del catalán pero cogiendo a dos viajeros en Carbonero El Mayor o con el coche parado mientras cruza la procesión. Y al santo aquí lo agitan cuatro y detrás bailan jotas de dulzaina y tamboril en vez de sardanas.

Un viaje en autobús permite vivir las vidas de todos los pasajeros que conversan a tu alrededor e imaginar la historia que los que se suben solos adivinando en sus gestos el motivo de la despedida. Revela los problemas de verdad, los que saben a tierra. Hablan de sanidad madre e hija camino del especialista. De educación dos estudiantes al fondo y de despoblación las paradas en que no hay que tocar el freno. En uno de estos asientos deberían hacer la campaña electoral todos los candidatos en vez de desplegar sus autobuses orquesta que solo tocan para los convencidos. Si quieren conocer de verdad esta tierra que viajen en la aburrida tartana donde no pasaba nada y un rato después tampoco pasa nada. Por eso lo cuenta todo.
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