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Verdad y utopía del cambio climático

Verdad y utopía del cambio climático

TRIBUNA DE OPINIóN IR

Fernando Fernández Sánchez | 20/07/2019 A A
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Verdad y utopía del cambio climático
En los últimos instantes de su azarosa vida don Quijote, en su lecho de muerte, le hablaba a su sobrina, y le decía que «ya tenía el juicio libre y claro, sin aquellas sombras caliginosas de la ignorancia, a donde le llevaron los detestables libros de caballerías».

En más de una ocasión yo he leído que el llamado ‘cambio climático’ se ha convertido en un inmenso negocio.

«Cualquier crítica negacionista sobre el cambio climático se considera ilegítima». Es decir, la única verdad es la que defiende la teoría ortodoxa del cambio climático y que es, además como tal, aquella que contiene los auténticos principios morales y políticos de nuestra era.

Patrick Moore, cofundador y expresidente de Greenpeace, ha mantenido una larga conversación en la web Breitbart sobre este candente asunto.

Para el cofundador de Greenpeace, hay que recuperar el mensaje lanzado en su día por John Coleman, el difunto creador de Weather Channel, quien calificó la teoría del calentamiento global como «la mayor estafa de la historia». En su opinión, son «el miedo y la culpa» los sentimientos que están impulsando el argumentario del «cambio climático».

Patrick Moore ha denunciado que todo lo que se afirma sobre el cambio climático es un «engaño y estafa», que se ha apoderado del mundo científico «mediante la superstición y una especie de combinación tóxica de religión e ideología política».

«Hoy día, decenas de miles de trabajos dependen del cambio climático. Es por lo que se dice que es un gran negocio».

«El movimiento global que denuncia ‘el cambio climático’ ha corrompido a los políticos y las burocracias institucionales para ejercer un mayor control sobre las personas, explicó Moore, que señala, además, que las empresas «verdes» solo existen a costa de los contribuyentes. «Y así tienes el movimiento verde creando historias que infunden miedo en el público».

Estos fragmentos están extractados de la reseña que el enlace: www/latribunadelpaisvasco.com dejó sobre Patrick Moore, el domingo 10 de marzo de 2019. Al final de esta noticia aparece un vídeo donde el expresidente de Greenpeace charla en la web Breitbart sobre este asunto.

Quiero recordar algunos datos históricos. Durante los años 900 al 1300 d.C., aproximadamente, se vivió en Europa un periodo extremadamente caluroso, al cual devino la llamada ‘Pequeña Edad del Hielo’, cuyo período transcurrió hasta mediados del siglo XIX. Con anterioridad a estas cercanas fechas había existido otro período conocido como ‘Máximo del Holoceno’ –años 6000 a.C. hasta 2500 a.C.–, con temperaturas muy calurosas. A raíz de estas fechas y hasta los años 900 d.C. siguió un período de bajas temperaturas.

Como vemos el cambio climático siempre ha existido. Ahora bien, que la pléyade de humanos que somos, casi 8 mil millones, tienen que ver en dicho cambio, pues evidentemente que sí. Ello es indiscutible. Pero de ahí a colegir que la tesis de que el mayor animal depredador del Universo, el homo sapiens, sea el causante de la aceleración del cambio climático, y que estemos ante una ‘Emergencia’, aquí y en el Planeta, no es tesis compartida por una buena parte de científicos, que estudian el cambio climático. Es decir que la causa que pretende inferir el calentamiento global a las actividades antropocéntricas no es solamente la única.

Por cierto, gracias al desarrollo de este homo sapiens y su influencia en el Medio Ambiente se ha conseguido que en el Bierzo haya personas nonagenarias e incluso centenarias, en número superior a lo nunca visto y situar su esperanza de vida como la primera del mudo, superando incluso a la alcanzada por Japón. No tendremos más que remontarnos a comienzos del siglo XIX y estudiar las condiciones socio laborales de la población berciana.

Me preocupa, asimismo, la visión contraria, tan extendida, que existe sobre el Capitalismo. Es esta actividad económica humana la que ha traído el mayor bienestar y desarrollo técnico a la mayoría de seres humanos. Y si no, ¿cómo se ha conseguido la higiene que disfrutamos en la mayoría de países que tienen libertad y trabajo? ¿Cómo se han podido extender y mezclar unas razas con otras sino con los transportes aéreos y marítimos? ¿Cómo se pueden conectar unos humanos con otros sino a través de redes sociales creadas al amparo de personas visionarias y que han visto negocio en ellas? ¿Por qué los materiales de construcción dejaron de ser de madera y mármol –estos últimos sólo para los más ricos– para utilizarse por otros, como el hierro y el cemento –esos productos que utilizan chimeneas tóxicas y que vomitan veneno, según se dijo en alguna ocasión–, y gracias a ellos se ha podido vivir mejor que en las épocas del Paleolítico? ¿Por qué en vez de papiros se usa papel que utiliza pasta de celulosa fabricada con excesivos contaminantes –hipocloritos– para darles un colorido blanco impoluto? ¿O es que nadie utiliza cuartillas para comunicarse?

Hasta ahora, y llevamos más de cien años, se han utilizado baterías de plomo en sus electrodos y ácido sulfúrico en su interior. ¿Nadie ha protestado por ambos contaminantes? ¿Acaso porque nos hemos hecho adictos a la utilización del automóvil? ¿Por qué para confeccionar la tela de un traje se consumen de 5.000 a 6.000 litros de agua, para unas zapatillas deportivas 4.400 litros, un pantalón vaquero 3.000 litros, una camiseta de algodón 1.200 litros y una de fibra sintética 1.000 litros, y sin embargo para el consumo de un español se estima el consumo diario en 120 litros?

Finalmente, y como argumento menos positivo del desarrollo capitalista, podemos preguntarnos: ¿cómo hemos permitido la utilización universal de todo tipo de plásticos, cuando la mayoría de las veces el consumo lo hemos asumido todos con total naturalidad, incluso sin ser capitalistas? ¿Por qué hasta ahora, cuando el plástico ahoga nuestros mares y a nosotros mismos, no nos hemos concienciado?

Yo todavía recuerdo en mis años infantiles ir al ultramarinos con una bolsa de redecilla, el pescado y las carnes envueltos en papel de estraza, los cascos de cerveza se devolvían para reciclar y se recuperaban algunos céntimos de peseta, y el aceite se vendía en dispensadores manuales que medían el volumen que te llevabas. ¿Qué ha quedado de todo ese modo de vida?

La lista se haría interminable. Todos deberíamos estar de acuerdo en que se tendría ser más cuidadosos, y más vigilantes, en la utilización de los recursos naturales e intentar priorizar su conservación para las siguientes generaciones.

Pero creo que es un error amenazar y amedrentar a los ciudadanos de buena fe, creando discursos con una doble lectura. Por delante son magníficos. Todos los suscribiríamos. Pero por detrás conllevan un doble sentido que no se explica lo suficiente. Es tan antiguo como el mundo.

No hagamos como don Quijote y nos demos cuenta demasiado tarde para diferenciar lo que es verdadero y de lo que es utópico.

¡Arriba el ser humano!
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