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Valderas no es un pueblo, son dos

Valderas no es un pueblo, son dos

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Socorro, conocida por sus vecinos como Ampliar imagen Socorro, conocida por sus vecinos como
T. Giganto | 19/11/2017 A A
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Valderas no es un pueblo, son dos
LNC Domingo Uno es el que conocemos, el otro es el que guarda en su interior, un subsuelo hueco repleto de bodegas, de historias y leyendas que las humedades obligan a cegar. Pero aún quedan auténticas joyas, como (la de) Corrín
Valderas tiene un secreto. Bueno, en realidad tiene muchos, pero algunos se han vuelto inconfesables, quizá mejor así, quién sabe. Valderas no es un pueblo, son dos. Uno el que todos conocemos, y otro oculto, bajo tierra, que hace que el primero tenga los cimientos huecos pero al mismo tiempo llenos de historias que hablan de otros tiempos, de otro estilo de vida marcado por la dureza del trabajo del que es imposible hablar sin mencionar el esfuerzo y el sacrificio. Valderas rezuma tradición desde la raíz, en la que se encuentran sus centenarias bodegas entorno a las que giraba la economía del pueblo cuando el vino era el motor de la economía y los trabajos no eran lo que son hoy siendo imposible hablar de ellos sin citar el sacrificio y el esfuerzo. Todo ello lo desvela doña Socorro, Corrín para sus vecinos, la que a muchos enseñó a leer y a hacer cuentas durante los 20 años que ejerció como maestra en el colegio del pueblo. Bajo su casa, que calcula que tendrá más de 200 años de historia, se conserva en perfectas condiciones una galería subterránea como las que había antaño bajo cada hogar.

La entrada al subsuelo de Valderas desde casa e Corrín es alargada y estrecha. Decenas de escalones de viejos ladrillos marcan el camino hacia las profundidades de ese pueblo desconocido. Una vez dentro, varias galerías se dispersan en una tierra cuyas paredes aún están marcadas por las huellas del pico que en su día se empleó para abrirse paso. Luces las justas, las suficientes como para contemplar la grandeza de las bóvedas con unas bombillas tenues que realzan las sombras y permite adivinar como era cuando a allí se bajaba con un quinqué. Se conservan intactas varias zarceras, por donde se metía la uva desde la superficie. En este caso son cuatro, el testigo de que esta fue una bodega de importante producción. Siguen desafiando al paso del tiempo las barricas de madera, una más grande y otras más pequeñas, en las que el vino fermentaba esperando el momento de ser disfrutado. La casa fue adquirida por Corrín tras la muerte de sus padres, quienes a su vez habían comprado el inmueble a otra familia. Aún así ella conoce los entresijos de la historia de esos cimientos huecos, anécdotas que han pasado de generación en generación. «Metían el vino en pellejos que los trabajadores colgaban a la espalda. Cada vez que bajaban vino hacían una marca con tiza en la pared para llevar la cuenta de lo que trasegaban», explica mientras se mueve con pasmosa habilidad por las diferentes galerías de la bodega como si los 85 años que lleva vividos solo hubiesen pasado para sumar experiencias y sabiduría pero no achaques.

Las humedades se han filtrado en esas viejas paredes de tierra, siendo inevitable el tener que reforzarlas con ladrillo para poder conservarlas, aún así en este caso manteniéndose fieles a la estructura de la bodega. Corrín recuerda cuando su padre hacía allí vino siendo ella una niña. A la entrada de la casa, en la parte derecha de la puerta, se conserva un clavo. Cuenta que en él ponían un pañuelo rojo para indicar que había vino en esa casa. «Entonces los hombres venían con la merienda y se sentaban en casa a probar el vino, que se servía en jarras de barro. En un caja de madera echaban los reales antes de irse», explica mientras enseña la caja, perfectamente conservada, y en la que hay dos ranuras: la de las monedas y la de los billetes.

La casa de Corrín está ubicada en una de las calles de Valderas que conservan a la perfección la grandeza de su arquitectura popular e importantes vestigios del abolengo que tuvo la localidad. Prácticamente bajo cada casa había una bodega, pero lo que fue signo de riqueza en su día hoy es la ruina de muchos inmuebles, cuyos propietarios se ven abocados a cegar con hormigón las bodegas para evitar el derrumbe de los edificios.

Y si recorrer el corazón de la casa de Corrín es un lujo, no lo es menos darse una vuelta por una casa que enseña con orgullo mientras relata los momentos que ha vivido en cada uno de sus rincones. Su marido, Paco, fue médico, y conserva el lugar donde pasaba consulta a algunos vecinos. Allí permanece la orla de sus estudios, junto a la de su padre, también médico, padre e hijo nacidos en Castroverde de Campos (Zamora).

– Paco era muy guapo, recuerda Corrín.
– Supo elegir bien, ¿eh?
– ¡De eso nada! A mi me eligieron, aquellos eran otros tiempos, replica salerosa.

Un túnel a Benavente

Otros tiempos eran también aquellos a los que hacen referencia las leyendas como las recogidas en el libro de Cesidio Blanco González, ‘Valderas, una reina en la frontera’. «Una vieja historia de Valderas convertida en leyenda, contada de abuelos a nietos al amor del fuego, en las frías noches del invierno, hablar de un túnel que partiendo del castillo unía éste con el de Benavente», recoge. Esta historia se ha repetido en todas las casas de Valderas, pero no tiene sustento histórico como bien recoge Blanco González. Lo que sí fue parte de la historia y no una leyenda popular fue que en el cerco del ejército anglo-portugués que acosó Valderas en la primavera de 1387 se utilizó una salida secreta del castillo para que pudiesen abandonar la villa las mujeres, los ancianos y los niños de la misma. Cuando el invasor entró arrasó literalmente el pueblo pero para entonces sus vecinos ya estaban a salvo gracias a las galerías subterráneas que posiblemente hoy sigan ahí, en ese otro Valderas que ha sido esta vez devorado por el tiempo.

Más que bodegas

Cuentan en Valderas que unas bodegas se comunicaban con otras de modo que todo el subsuelo era un laberinto sin fin. Eran mucho más que bodegas. Según el padre Albano García Abad en ‘Historia de Valderas y su término’ lo que hoy se conocen como bodegas fueron en su día auténticas mazmorras que estaban incluso unidas unas con otras.

Esto en Valderas no es un secreto, pero quizá si nunca ha estado allí o si solo se ha acercado a su epidermis, usted no sabía lo que ahora sí sabe, que Valderas no es un pueblo, son dos.
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