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Una manifestación histérica

Una manifestación histérica

OPINIóN IR

23/02/2020 A A
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Una manifestación histérica
Cada vez que abre un nuevo restaurante en León no se puede conseguir reserva en meses. El boca a boca, en este caso literal, de las capitales de provincia genera, más que corrientes de opinión, auténticas riadas. Las aguas vuelven pronto a su cauce, el restaurante de moda queda desierto y, en ocasiones, tiene que acabar cerrando.

El pasado domingo se celebraron en León, Ponferrada y Villablino manifestaciones calificadas de históricas que más bien parecieron histéricas. Como con las riadas, se venía a pedir también una suerte de declaración de zona catastrófica para la provincia, que es lo que pasa cuando la culpa no es de nadie más que del cielo. La convocatoria siguió los rituales de los nuevos restaurantes: después de algunas reticencias, al saber que irían sus enemigos, sus adversarios y sus vecinos, todo el mundo se quiso apuntar. Los causantes de la catástrofe consideraron que su simple presencia entre la multitud les exculpaba. Durante los días anteriores, fueron tantos los que llamaron para anunciar su presencia que llegué a preguntarme si era yo el encargado de hacer una lista negra con las ausencias, cosa que no se me había ocurrido hasta entonces y que en algún momento fugaz me pareció una buena idea. Pero luego no hubo lista negra posible, porque acudió todo el mundo. En un primer momento, la unidad era tal que parecía que la manifestación no se celebraba en León ni estaba protagonizada por leoneses. La primera pancarta decía «Es la hora de León», pero luego había tantas pancartas, tantos mensajes, tantas reivindicaciones (en la mayoría de los casos completamente justificadas), que cabía desde pedir un nuevo conservatorio a un precio justo por la remolacha, pasando por el clásico fuera masones de las instituciones. Al día siguiente, todo aquel que había participado en la manifestación consideraba que decenas de miles de personas le habían dado la razón en su protesta, incluso aunque fueran contrarias entre sí. Como no se podía hacer lista negra (aunque si se busca se encuentra), el afán provinciano de compararse llevó a teorizar sobre quién iba delante y quién detrás y, sobre todo, quién iba con quién. Eso y las llamadas de los ofendiditos porque no se les vio todo lo que consideraban que se les debía ver despejaron las dudas de que seguíamos en León rodeados por leoneses.

También dejaba clara la condición de los manifestantes el hecho de que muchos de ellos, amantes de las teorías conspirativas, pensaran que se había organizado la protesta para neutralizar el último brote de leonesismo. Lo cierto es que, a pesar de que los planos de la televisión pública se recortaban misteriosamente sobre las banderas de los sindicatos, fuera de la provincia el único mensaje que llegó fue el de que León quiere dejar de formar parte de su actual comunidad autónoma. La Vanguardia, periódico extraordinariamente cuidadoso con el lenguaje cuando se trata de la política catalana, incluso tituló que León salía a la calle para pedir su «independencia».

Como lo de tener todos la razón y no buscar culpables nos había dejado sin un enemigo común sobre el que volcar nuestras frustraciones, tuvo que salir Isabel Díaz Ayuso a ponernos de nuevo en nuestro sitio. Volvimos a la trinchera como quien se pone las zapatillas de andar por casa. Nuestros políticos se apresuraron a responder para apuntarse el tanto de ser los defensores de la causa leonesa, con una celeridad propia de auténticos piratas del clic que me hubiera gustado ver para sumarse a las condolencias por la muerte del gran Miguel Escanciano, personaje fundamental del último medio siglo de vida cultural en esta capital de paletos. El pésame de algunas instituciones, de todos los partidos políticos, sigue esperando. Así es como cuidamos de nuestros artistas. No vayan a venir luego los de Valladolid a destruir nuestros valores culturales.

La popular Ayuso se convirtió en blanco de las iras por exhibir públicamente su ignorancia, pero parece que aquí a nadie le ha llamado la atención el discurso que esta semana pronunció, precisamente en Valladolid, el nuevo delegado del Gobierno en Castilla y León, el socialista Javier Izquierdo. Criticó la «visión simplista de unos territorios que se sienten agraviados por otros», así como la «política de lamento y reproche». Llega de la mano de Óscar Puente, lo cual podría aportarnos alguna explicación sobre cómo se propaga el virus de la arrogancia, pero es el máximo responsable del Gobierno en esta comunidad autónoma, cada vez menos comunidad y cada vez menos autónoma.
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