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Una Gioconda sin Leonardo

Una Gioconda sin Leonardo

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Una imagen del espectacular montaje de ‘La Gioconda’. Ampliar imagen Una imagen del espectacular montaje de ‘La Gioconda’.
Javier Heras | 10/04/2019 A A
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Una Gioconda sin Leonardo
Ópera El Liceu de Barcelona recupera la obra maestra de Amilcare Ponchielli con Iréne Théorin e Ildebrando D’Arcangelo, que se emite en directo este miércoles en los cines Van Gogh
Barcelona asiste estos días a un acontecimiento: el debut de Iréne Theorin como Gioconda. La fabulosa soprano sueca ha cimentado su carrera en torno al repertorio dramático, sobre todo de Wagner y Richard Strauss. La Scala, París o el Metropolitan la han ovacionado como Brunilda, Turandot o Elektra. De pronto, asume un rol netamente italiano; un reto del que sale airosa gracias a su potencia, flexibilidad, enorme registro y musicalidad.

Ningún lugar mejor que el Liceu, un teatro que la adora desde 2012 y al que hace año y medio puso en pie con su memorable Isolda. Ahora la acompaña un elenco sólido: figuras como la veterana mezzo estadounidense Dolora Zajick (67 años), el intachable bajo barítono Ildebrando d’Arcangelo o la madrileña María José Montiel, siempre una garantía. Se estrenan en la Rambla el versátil tenor lírico Brian Jagde, premio Operalia en 2012, y el director García Calvo, uno de los pocos españoles habituales en la Ópera de Viena.

El título de esta obra puede llevar a engaño, pero no tiene nada que ver con Leonardo Da Vinci o su pintura. Fue tan solo una ocurrencia de Arrigo Boito. El libretista, entre los numerosos cambios que introdujo sobre el drama de Victor Hugo (‘Angelo, tirano de Padua’), rebautizó a la protagonista, originalmente Tisbe, como ‘Giocond’a’, que en italiano viene a decir «alegre». Es una cantante callejera de la Venecia del siglo XVII, enamorada del genovés Enzo, que la abandona por Laura, la esposa del inquisidor. Un melodrama desmesurado, de pasiones y venganzas, el único contemporáneo a Verdi que le miró de tú a tú en popularidad y calidad.

Su compositor, Amilcare Ponchielli (1834-1886), se convirtió en uno de los sucesores del autor de ‘Rigoletto’. No solo los unía el mismo editor (el célebre Giulio Ricordi), sino que compartieron libretista: Boito, que firmaría ‘Otello’ y ‘Falstaff’. Ciertas arias y conjuntos de ‘La Gioconda’ recuerdan poderosamente a la música de Verdi. Sin embargo, sería injusto considerar a Ponchielli un mero imitador. Profesor y organista de iglesia, «tenía un estilo melódico propio, espontáneo y muy cantable, y una armonía modernísima», describe Paolo Isotta, crítico del Corriere della sera. De hecho, se le considera un precursor del movimiento que encabezarían a finales del XIX dos de sus alumnos en el Conservatorio de Milán, Mascagni y Puccini: el verismo. Muchos de sus rasgos los anticipó el maestro de Cremona, como la magnífica orquestación, el gusto por ciertos detalles macabros, el uso del leitmotiv y el canto directo, potente y emotivo, sin las florituras tradicionales. Eso sí, su esquema no es verista, sino de Grand Opéra francesa. Todos los protagonistas (seis) tienen su aria de lucimiento; la partitura está repleta de números electrizantes y, en esencia, una espectacularidad que subrayan el coro y el ballet. La escena más famosa es la  ‘Danza de las horas’, que Disney incluyó en la película ‘Fantasía’.

Tras su exitoso estreno en 1876, Ponchielli la revisó hasta cuatro veces; la versión actual es de 1880. Al Liceu llegaría apenas tres años después. Barcelona lleva desde 2005 sin presenciarla. Ahora regresa en un montaje que se verá en Cines Van Gogh este miércoles a las 20:00 horas.

Suele decirse que el milanés Pier Luigi Pizzi (1930) es el escenógrafo idóneo para ‘La Gioconda’. Se formó con mitos como Giorgio Strehler y Luca Ronconi, rodó con Vittorio de Sica o Fellini y, no menos importante, vive desde hace diez años en Venecia, donde se desarrolla la trama; su casa es el palacio renacentista que servía de taller a Tiziano. Está acostumbrado al dramatismo, muy presente en este libreto, donde se quema un barco en directo.

Esta coproducción del Liceu con el Real de Madrid y la Arena de Verona conserva el sentido de la composición del octogenario Pizzi (que estudió arquitectura), su construcción de atmósferas mediante la luz y la niebla, su pureza de líneas (puentes, escaleras que subrayan las relaciones de poder) y los juegos de color. El teatro pone la carne en el asador, con 230 artistas y 80 técnicos, el doble de lo habitual. Aunque, como siempre, ha habido imprevistos: en la première, Theorin causó baja por una pulmonía; la sustituyó Anna Pirozzi.
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