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Una expedición de primavera

Una expedición de primavera

EL BIERZO IR

Una expedición de primavera. | CASIMIRO MARTÍNFERRE Ampliar imagen Una expedición de primavera. | CASIMIRO MARTÍNFERRE
Casimiro Martínferre | 07/06/2015 A A
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Una expedición de primavera
Territorio. Capítulo 36 "La excelencia del tratamiento es decisiva, porque la belleza puede durar si la sabemos conservar"
Desperté, le di un toque a la parienta para que hiciese lo propio. Con jornadas tan azules, montañas tan teñidas de clorofila, deseaba apuntarse, casi había olvidado la llamada de las breñas. Rebullía nerviosismo en la sangre, un hormigueo impedía permanecer en el colchón por muy a gusto que estuvieras. Desde la ventana, contemplamos un cielo plano, sin nubes, pero nevaba, nevaba mansamente el miraguano de la chopera, que es como un invierno de bambalina. Pusieron aún más alegría en el aire, escuadrillas de chirriantes vencejos.

Desayunamos. Mientras fue a empolvarse la nariz, preparé rápido el rancho, el macuto, la cámara. Pantalón corto, chirucas, boina. A sabiendas esperé sentado. La expresión “empolvarse la nariz” entraña un significado inabarcable, metafísico para la precaria neurona del hombre. Y seguí esperando.

Con tardanzas largas, das en elucubrar accidentes, o hasta muertes súbitas. Irrumpí en el baño. Sobrevino una espesa nube de vapor y espuma, entre la que surgió, vivita y coleando, la Popea cantábrica. Olía el cuarto igual que el retamar negro cuando florece. Sentí interés por su laborioso proceder. Puse ahínco en observarla, y fue una de las mejores cosas emprendidas nunca.

Desde hacía un mes notaba atenuársele la incipiente celulitis, dijo, gracias al body reafirmante que estaba masajeando. Mostró un frasco cuyo contenido estaba cifrado en quinientas horas de hidratación, y a ello se dedicó. Según la etiqueta, ahora las féminas amaban su edad, porque la epidermis perfecta ya no tenía edad. Sacó del cajón secreto una redoma que atesoraba lágrimas ámbar, bálsamo de Fierabrás o así, cuya sola gota bastaba para estar radiante al minuto y en una semana rejuvenecer. Perfeccionó la piel con un nuevo aceite micro burbujas, se notó más limpia purificando los signos clave de la pubescencia. Después, Crema Antiarrugas Número Uno, para aumentar la elasticidad del pliegue; Crema Antiarrugas Número Dos, para incrementar luminosidad; Crema Antiarrugas Número Tres, para aportar emoliencia y salud. Friccionó un tónico sobre el cabello, fórmula patentada, pero no quiso desvelar más datos ni insistí, sospechando que calvicie fuera palabra tabú. Friccionó una vez más la poblada cabellera, con mágico elixir de brillo Linda Aurora. Antes de entrar yo –quiso Belcebú no lo viera-, había aplicado en la cara una mascarilla verde reductora de poros, y luego otra roja para refrescar, dar tersura, disminuir la sensación de cansancio, y por último una amarilla exfoliante de células muertas, confiriéndole al cutis aspecto aterciopelado. Era el triunfo de una filosofía, una manera cosmética de entender la vida. La excelencia del tratamiento es decisiva, porque la belleza puede durar si la sabemos conservar. Extendió, mediante lascivo gestual de aplicación, un sérum con efecto “push up” para alzar los glúteos al tiempo que los reafirmaba, reducía, drenaba y alisaba, y después un gel remodelante en los senos para endurecerlos, elevarlos, esculpirlos. Espolvoreó los pómulos con un rosa volátil, inspirado en la maravillosa historia del pistilo de azafrán. El rímel le sublimó un golpe de pestaña capaz de provocar huracanes. Por entonces ya me zumbaban las sienes, pero al destapar los perfumes sucumbí. Jazmín de la India, rosa de Bulgaria, vainilla de Madagascar, daban fuerza a los sentidos y sellaban instantes inolvidables. “Una mujer sin perfume, es una mujer sin futuro”. Presentó la colección de pintalabios, veinte tonos; para la ocasión eligió estratégicamente uno que afectaba a vista, tacto, gusto, olfato, o sea de cuádruple acción mortal.

Se puso en pie, exhibiendo el esplendor entero de su desnudez morena. Tanta sensualidad irradiaba, que por respeto quité la boina. Lustrosa y repulida, depilada y fragante, valiéndose del mismo gesto con el cual Eva engatusó a Adán, ordenó me acercara a probar el carmín.
No hubo tiempo aquel día de primavera para otras expediciones.

Bembibre, mayo de 2000

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