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Una donación o la Biblioteca Pública

Una donación o la Biblioteca Pública

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Javier Carrasco | 11/03/2020 A A
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Una donación o la Biblioteca Pública
TRAZOS (X) Por Javier Carrasco
Como las tierras aledañas a los ríos que están formadas por distintas capas alimentadas por los sucesivos aluviones arrastrados por el agua, los fondos de la biblioteca pública de León están constituidos por contribuciones de distinta índole. Se creó en 1849 con la aportación de 3000 volúmenes que reunió la Comisión Permanente de Monumentos, procedentes de los monasterios provinciales tras la desamortización de Mendizábal y desde entonces sus fondos se han enriquecido gracias a diversas donaciones. Como un grano de arena en la suma de la totalidad de documentos que la constituyen, descubrimos por casualidad un libro en octavo, en letra redonda, editado en 1927 por Hijos de Gregorio del Amo, del presbítero asturiano José Fernández Montaña, titulado Don Felipe II y S. A. el príncipe don Carlos. Este curioso personaje nacido en 1842 y que muere trágicamente en Madrid en julio de 1936, fusilado, fue confesor de la reina María Cristina e instructor de Alfonso XIII. Colaborador asiduo de la publicación integrista El Siglo Futuro, dominaba el árabe, hebreo, latín, griego, caldeo, arameo, inglés, alemán, italiano además de francés, y se especializó en la figura de Felipe II e hizo todo lo posible por neutralizar la leyenda negra tejida en torno a este rey.

El libro no es sino una de sus muchas contribuciones en ese sentido, al disculpar y justificar la discutida conducta de Felipe II frente a su hijo don Carlos. En la primera hoja vemos una sobria dedicatoria del autor al obispo de León, don José Fernández Miranda. Escrita con una apretada caligrafía, la dedicatoria es de lo más protocolaria: “Al Excmo. y Rvdmo. señor don José Miranda dignísimo obispo de León en prueba de respetuoso afecto. El autor.” Bajo estas ceremoniosas palabras figura el sello del obispo. Felipe II nunca viajó a León y de él en la ciudad no queda ninguna señal suya si exceptuamos una anodina calle con su nombre. Del presbítero Montaña no hay ningún otro ejemplar en la biblioteca, y el que se conserva probablemente se consulta en contadas ocasiones.

Sin embargo, las bibliotecas son como el vientre de la ballena de Jonás, receptáculos extraños que pueden alojar provisionalmente o de manera permanente a libros igual de extraños que satisfacen el apetito lector de criaturas no menos misteriosas, curiosas e imprevisibles que ellos, llenas de caprichos, con intereses desconocidos, que abarcan distintas y peregrinas materias, algunas de ellas tan raras como las abordadas por el autor del volumen que nos ocupa. Quién le iba a decir a ese cura asturiano que su obra acabaría en un estante al lado de otros libros no menos singulares, como uno más de los documentos de los fondos de la biblioteca pública de León, gracias a la donación de un obispo. A Fernández Montaña le mataron porque según sus captores se encontraron en su posesión municiones y 50.000 pesetas en alhajas y metálico. El lector medio ignora buena parte de la historia de los autores que consulta, ¿pero es que esta debiera acaso interesarle?
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