Publicidad
Una costumbre

Una costumbre

OPINIóN IR

17/09/2020 A A
Imprimir
Una costumbre
Hay cosas que suceden porque sí, sin que nadie sepa el motivo. Por ejemplo, parece que el puesto de alcalde de Valladolor lleva aparejado que su usufructuario tenga una boca más grande que el ‘bocarón’ de un pajar. El anterior, el señor León de la Riva, y el actual, el señor Puente, cada vez que hablan, hacen subir el pan cinco céntimos. No se pueden decir tantas tonterías por minuto, y, lo que es peor, sin el más mínimo atisbo de educación. Lo malo del asunto es que hablan en nombre de todos los pucelanos (tanto de los que los votaron como de los que no lo hicieron) y eso deja a la ciudad en muy mal lugar en todo el resto de la comunidad. Sobre todo aquí, en León y su eterno conflicto con la capital autonómica (artificial, por demás), tema del que opinaba el anterior, como opina el presente, con una ligereza impropia de un licenciado universitario que, además, ostenta un cargo tan importante. Parece que ese desparpajo, esa arrogancia y esa mala educación fuesen atributos que debe llevar el primer edil vallisoletano estigmatizados en lo más profundo de su alma desde el momento en el que jura o promete el cargo.

Pero no sólo ocurren cosas consuetudinarias en la ciudad del Pisuerga. En la capital del antiguo Reino, en este León de nuestros desvelos, todos los alcaldes, desde la misma noche que son elegidos, sueñan con transformar Ordoño. Desde que esa calle, antaño la principal de la ciudad, se hizo de sentido único para los coches (hace ya la friolera de cuarenta y cinco años), todos los alcaldes que han sentado sus anchas posaderas en el sillón del ‘trono’ de la Plaza de San Marcelo han hecho obras en una calle que no mide más de setecientos u ochocientos metros. Algunas (la mayoría) han sido un atentado contra el buen gusto; otras (pocas) un poco más dignas. En cualquier caso, merece la pena preguntarse cuánto dinero se lleva despilfarrado en la dichosa calle. Será mucho, sin duda, y no sé si esta ciudad se lo puede permitir, por lo menos en esta época de crisis generalizada, tanto en el ámbito sanitario como, sobre todo, en el económico. Además, no lo olvidemos, esta ciudad nuestra va camino de convertirse en un geriátrico y a los viejos les importa bien poco si una calle es más o menos ancha, si pueden caminar por el medio de ella o por la aceras, si tiene más o menos luz...; lo que quieren los viejos es que el Estado, la Comunidad o el Municipio les garanticen la pensión, la gratuidad (o casi) de sus medicinas, y que estén abiertos los bares (de titularidad pública o privada, da igual) dónde puedan ir a charlas con otros viejos, jugar su partida de tute o de mús y se acabó. Los jóvenes de León, si por un casual los hubiera, llevan muchos años dando la espalda a Ordoño. Ellos circulan mucho más por la calle Ancha, por el Romántico o por la Plaza de las Tiendas. Allí es donde se circunscribe su ‘viejo León’, no en el ensanche.

Estoy seguro de que todos los alcaldes que han hollado con su martillo neumático esta calle tienen problemas de erección a la hora de cumplir con el sexo, da igual que sea el opuesto o el propio. Si no, no tiene sentido tanto afán con levantar y volver a levantar el asfalto, las losetas, los adoquines o lo que hayan utilizado para pavimentar esos dichosos ochocientos metros de vía pública. Lo digo porque, hace años, se llamó a Ordoño «la calle del viagra»: todo el santo día levantada. Si seguimos así, con esta manía, dentro de mil años, cuándo todo se haya ido a la mierda y León sea un yelmo estéril, los arqueólogos que busquen y rebusquen en el subsuelo de la vieja ciudad quedarán acojonados al ver que, en nada de tiempo, se alzaron capas y capas de pavimento en un espacio tan reducido. Además, a poco que sigan excavando hacia las afueras, verán que el resto de los viales tenían una capa de hormigón o de brea tan fina que, cuando caían cuatro gotas de agua, se formaban unos charcos que parecían una piscina olímpica y por donde caminar se convertía en una ‘yinkana’ solo apta para la infantería de marina (sé de lo que hablo, porque, un servidor, un día de infausto recuerdo, se esnafró los cuernos en una se esas trampas y no tuvo más remedio que subir al hospital para que lo operasen de una rotura). Os juro que el furaco que había en el suelo era un poco más pequeño que la ‘Fosa de las Marianas’; poco más pequeño...

Arreglar y volver a arreglar la calle dedicada al Rey Ordoño II, o la calle Ancha, o la plaza de la Regla, o la de San Isidoro, es, no me cabe duda, bueno para el turista que nos visita. No tengo tan claro que lo sea para los habitantes de la ciudad. Además, vive mucha más gente en el Crucero, en El Ejido o en San Mamés que en todo el centro y el casco histórico. ¿Es que ellos, sus moradores, no tienen los mismos derechos que los enchufados, ricos y envejecidos que viven en ese centro y que tienen el descaro de pedir por un piso trescientos cincuenta mil euros? Salud y anarquía.
Volver arriba
Newsletter