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Una bandera de carne

Una bandera de carne

OPINIóN IR

11/07/2021 A A
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Una bandera de carne
Por lo visto, se acaba una etapa en la mercadotecnia de la política en España, aunque lo ha hecho a lo grande. Hemos asistido estos días a un desfile de filetes empanados, jamones york a la parrilla y otras ‘delicatessen’ cárnicas acompañadas de una guarnición de consignas. Ciudadanos de a pie, políticos de la oposición y hasta el presidente del gobierno han cogido un bistec de añojo y lo han agitado cual bandera. Y, de esta forma, las fotos de comida han pasado de ser un complemento estético de nuestras miserables vidas a convertirse en una herramienta reivindicativa.

Me imagino el momento de sacar la imagen, revisarla, escribir el texto que la acompaña, apretar el botón de «enviar» y pensar con satisfacción: «Ahí lo llevas». Porque en esa acción aparentemente frívola de subirse a la ola o tendencia que toque hay también un convencimiento mínimo de que aquello sirve para algo. Hay incluso quien cree que su comportamiento en redes sociales conciencia a los demás o es tenido en cuenta por el Poder.

El caso es que, una vez más, andamos hablando de chorradas. De los temas candentes de la semana pasada apenas quedan rescoldos. Y un asunto que debería dar pie a un debate interesante (¿es saludable el consumo frecuente de carne roja en los adultos? ¿qué efecto medioambiental tiene la ganadería en estos tiempos? ¿cuán importante es la industria cárnica en nuestra economía?) queda acallado entre petardazos diversos. Es la vieja historia de siempre: desviar la atención. Una apelación a lo más básico (el comer) para bloquear nuestros mecanismos racionales y activar los emocionales. Quienes se han apuntado a la maratón fotográfica de mollejas y alitas picantes sí que han contribuido a que otras cuestiones más urgentes e importantes hayan pasado a un segundo o tercer plano.

Me acuerdo ahora del escritor Jonathan Safran Foer. En 2009 publicó un libro, ‘Comer animales’, en el que decía que no había que comer productos de la ganadería intensiva (que es la gran mayoría) y que, en cualquier caso, habría que ir reduciendo su consumo hasta eliminarlo totalmente. Aquello fue un ‘best-seller’ y durante los años siguientes viajó por todo Estados Unidos dando conferencias y entrevistas en las que pedía a la gente: «No comáis carne». Resulta que en otro libro posterior, ‘Podemos salvar el mundo antes de cenar’, el autor confesó que durante las giras promocionales había comido carne. «Para reconfortarme», argumentaba. Al final es tan sencillo como eso: buscar consuelo para nuestras pochas existencias.
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