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Un susurro entre tanto ruido

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14/02/2018 A A
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Un susurro entre tanto ruido
A veces, ignoro el porqué –no es propósito periódico– necesito preguntarme sobre el personal sentido y fin de este semanal escribir mi sentir, ¿qué pretende ser?

Que casi todos somos dados a la crítica de la varia realidad y de los actos ajenos, cuando no de sus intenciones, es un hecho. Que el gusto y respeto por la crítica recibida a nuestros actos son marchamos de liberalidad y tolerancia –más proclamados que aceptados– es cosa sabida.

Sabidurías ajenas enseñan que, ante el ejercicio de la opinión crítica, debe uno tentarse la ropa, casi, casi que se debe ejercer la desnudez. Desnudez precisa para posibilitar la práctica del compendio de virtudes que se deben tener presentes –para su ejercicio, no a título de inventario–, a la hora de ejercerla, pues, si en verdad éstas se consideran, uno viene a sentirse casi desnudo ante el mundo y, en consecuencia, desarmado de las muchas pasiones que por ellas dominado usaría ante el hecho motivador.

Así, vengo estudiando a fin de corregir la posible práctica de la ‘arrogancia intelectual’, no creyéndome poseedor de la total verdad sobre cualquier asunto, si no buscándola con ‘humildad intelectual’, consciente de que, si el humano saber tiene en cada momento límites, aun permanentemente ampliados, cómo no serlo el propio. Cómo si no superar mi ‘cobardía intelectual’. Esa que hace tan difícil admitir la propia falla, esa que lleva a los silencios cómplices, sino practicando la ‘valentía intelectual’ para aceptar ideas que me pueden parecer arriesgadas o absurdas, pero que llegan con justificación moral, racional o empírica.

Cómo si no combatir la ‘estrechez intelectual’ que impide ponerse en el lugar del otro para intentar comprenderlo, sino exigiéndome la ‘empatía intelectual’ que me permitirá razonar a partir de premisas, supuestos y conceptos que difieran de los míos. Cómo si no evitar la ‘conformidad intelectual’ y urgirme a dominar mi razonamiento, a pensar por mí mismo, a tener siempre presentes la moral, la razón y la evidencia; a practicar la ‘autonomía intelectual’. Cómo abandonar la ‘pereza intelectual’ que tiende a permitir el aferrarse a ligerezas racionales o a la crítica carente de fundamentos, sino reconduciéndome a la ‘perseverancia intelectual’.

En este tiempo en que fes, causas y prejuicios hostigan la libertad de pensamiento, cómo, sino procurando la asistencia de la ética, la moral y la razón, escribir, cada semana, los propios pareceres sin mayor personal pretensión que ser un susurro entre tanto ruido.
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