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Un ‘Rigoletto’ flotante

Un ‘Rigoletto’ flotante

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Un momento de la puesta en escena de ‘Rigoletto’ en el festival de Bregenz. Ampliar imagen Un momento de la puesta en escena de ‘Rigoletto’ en el festival de Bregenz.
Javier Heras | 27/11/2019 A A
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Un ‘Rigoletto’ flotante
Ópera El festival de Bregenz, en el lago Constanza, representa por primera vez en 74 años la tragedia de Verdi sobre el bufón jorobado, cuya grabación acoge este jueves los Cines Van Gogh
Bregenz no se parece a ningún festival. Situado en el lago Constanza, en la frontera entre Austria y Suiza, sobre su escenario flotante al aire libre se despliegan decorados de dimensiones monumentales de los mejores directores del mundo. Los costes de los montajes son tan altos que solo puede representarse un único título cada dos años (eso sí, durante casi una treintena de funciones y para un aforo de 7.000 espectadores). Como consecuencia, se da prioridad a los títulos más conocidos del repertorio; por eso resulta insólito que en sus 74 años de historia el certamen nunca hubiese programado ‘Rigoletto’.

En verano de 2019 por fin saldó la cuenta pendiente con esta ópera, estrenada en Venecia en 1851 y rápidamente extendida por toda Italia y Europa. El encargo lo firmaba el realizador, guionista y escenógrafo alemán Philipp Stölzl (Múnich, 1967). Especializado en videoclips (de Mick Jagger a Madonna), adaptó al cine la novela superventas ‘El médico’. Los melómanos han disfrutado de sus producciones para Salzburgo, Viena o Berlín, como ese ‘Il trovatore’ con Anna Netrebko. En 2016, su ‘Cavalleria Rusticana’, con Jonas Kaufmann y el escenario dividido en viñetas de cómic, le valió el premio Regista del año para la revista de referencia Opernwelt.

En Bregenz el planteamiento se aleja de su habitual línea psicoanalítica y apuesta por el entretenimiento, con bailes, fanfarria y un imaginario de circo: acróbatas, payasos, un globo de helio que se eleva hasta 90 metros… El elemento principal es una cabeza de 14 metros de alto y 35 toneladas de peso. Representa al bufón protagonista, y no solo va cambiando de expresión sino que se deteriora y pudre a la vez que lo hace su moral. La ópera se verá grabada en Cines Van Gogh este  jueves a partir de las 20:00 horas.

En el elenco, veteranía y juventud. Por un lado, el barítono búlgaro Vladimir Stoyanov (1969), aplaudido en La Scala o el Metropolitan como Nabucco, Germont o Foscari. El Palau de Les Arts ya asistió hace un par de cursos a su Rigoletto, que aborda desde la compasión y la sobriedad. En contraste, la soprano Mélissa Petit nació en 1990, aunque ya es una estrella en París, Zurich o Hamburgo. La francesa convence no solo por su dulzura y musicalidad, sino también por su entereza al cantar desde las alturas de las diferentes plataformas. A la batuta, el italiano Enrique Mazzola y la infalible Sinfónica de Viena.

‘Rigoletto’ inicia la llamada «Trilogía popular» de Verdi, que completarían ‘Il trovatore’ y ‘La traviata’. El compositor alcanzaría la fama mundial y la madurez de estilo. Desencantado de la política tras el fracaso de la revolución de 1848, dejó de lado los temas patrióticos y apostó por tramas realistas y personajes más humanos, incluso marginales: gitanos, prostitutas o aquí un bufón jorobado. El esbirro del corrupto y despótico Duque de Mantua es cómico y trágico a la vez. Inspirado en un texto de Víctor Hugo de 1832 y con libreto de Francesco M. Piave, Rigoletto esconde, tras su fachada burlona, dolor, resentimiento… y también profundo amor hacia su hija secreta, cuya muerte provocará sin saberlo en el desenlace. En su momento rompió la identificación habitual de belleza y bondad, lo que para la censura de La Fenice fue «obsceno». Del mismo modo, no podía tolerar que un monarca fuese el personaje negativo de una obra; la ciudad estaba bajo dominio de los Habsburgo. La acción tuvo que trasladarse de época y lugar.

Nada de esto afectó al genio de Busseto, concentrado en el drama musical. Elaboró una de sus mejores partituras, llena de inspiración melódica (con arias como ‘La donna è mobile’), acertados leitmotive (el de la maldición), una instrumentación expresiva y recursos sublimes como ese coro masculino que emula el sonido de la tempestad. Aunque lo mejor es la caracterización del protagonista: su música condensa toda la paleta de pasiones y afectos del alma, de la agresividad a la ternura. Al barítono se le exige resistencia física, una técnica sobresaliente, una tesitura amplísima (de bajo cuando imita al noble Monterone para humillarlo, y casi de tenor en los dúos líricos) y grandes dotes de actor. Su hija Gilda evoluciona de niña a mujer: su canto, al principio, imita los suspiros de la enamorada, pero se vuelve maduro, firme y melancólico en el último acto, tras perder la virginidad y el honor.
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