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Un paseo por el "Carbonífero" berciano

Un paseo por el "Carbonífero" berciano

EL BIERZO IR

Ubicación de la ruta \ Ampliar imagen Ubicación de la ruta \"Un paseo por el Carbonífero berciano: por los bosques y lagunas del Estefaniense de Igüeña y Tremor\" en Google Earth.
Francisco A. Ferrero y Ramiro López Medrano | 06/12/2020 A A
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Un paseo por el "Carbonífero" berciano
Rutas de nueve a una Esta nueva ruta nos permitirá ver las entrañas carboníferas de un territorio desventrado. Capas de carbón y fósiles que pertenecieron a antiguos bosques que crecieron a miles de kilómetros de donde los hallamos ahora. Una mirada dúal, con un ojo mirando a la oscuridad del subsuelo y el otro al Bierzo esmeraldado
La ruta parte de la carretera que sale de Igüeña en dirección a Rodrigatos y Pobladura de las Regueras (CV-127/11). Una vez la carretera intercepta el río Rodrigatos, una pista de tierra a mano izquierda nos conduce a las cortas de carbón de la Mina Casilda. Se trata de un amplio camino minero señalizado, al comienzo, con un panel explicativo relacionado con un itinerario ciclo-turístico. Intentaremos recrear el paisaje del Estefaniense: Las plantas vasculares que ya estaban preparadas desde el Silúrico, proliferan en la costa favorecidas por el clima húmedo y cálido imperante, es así como se formaron extensos bosques de ribera en ambientes deltaicos y lagunares.

Bosques tupidos en los que las plantas crecían en busca de la luz, llegando hasta los 30 metros de las grandes licofitas como las ‘Sigillarias o Lepidodendron’. Estos primitivos árboles sólo tenían lignificada la corteza exterior, estando el interior ocupado por una matriz más blanda, esto les hacía frágiles ante las fuertes tormentas que se desataban y las sucesivas crecidas de los ríos que invadían las zonas pantanosas, por lo que con facilidad se partían y caían a los lechos fluviales donde acababan hundidos en el fondo.

Allí las condiciones de fosilización eran perfectas: la ausencia de oxígeno y el acúmulo de sucesivas capas preservaron gran cantidad de frondes de helechos y cortezas con distintos grados de carbonización. Estos bosques antiguos no eran una confusa selva de plantas, sino que cada grupo o especie se colocaba en zonas determinadas de las lagunas y riberas.

Pegados a la orilla, y con sus raíces hundidas en el agua, se encontraban grandes equisetos como el ‘Calamites’, a modo de gigantescas colas de caballo. Algo más al interior, se disponían los grandes helechos arbóreos, cuyas frondes podían medir más de dos metros como ‘Neuropteris’ o ‘Alethopteris’. Y, como si de una chopera de ribera se tratara, las grandes licofitas de 20 a 30 metros de altura: son las ‘Sigillarias’. Su elevado porte y sus troncos rectilíneos acababan en un doble penacho de hojas. Algo más raramente, otra gran licofita,‘ Lepidodendron’, salpicaba de vez en cuando estas riberas. Entre unas y otras algunas plantas trepadoras (helechos especializados) como ‘Pseudomariopteris’ trepaban por los troncos rectilíneos.

En zonas más secas e interiores se disponían los ‘Cordaites’, con su elevado porte y sus largas hojas acintadas. Este inmenso jardín, rodeado de agua y de clima húmedo y cálido, era también el hábitat ideal para los insectos. Podían alcanzar grandes tamaños, como las escolopendras de un metro de longitud, o las grandes libélulas, auténticas señoras del aire. No es imposible, aunque sí raro, encontrar alas de insectos acompañando a los típicos fósiles de helechos, pero se necesitan unas buenas condiciones de fosilización.

Las formas de vida eran muy diversas: en el fondo de las lagunas vivían bivalvos de agua dulce, euriptéridos (escorpiones de agua), y por supuesto peces, un grupo muy diversificado. Hacía ya tiempo que los primeros anfibios habían empezado a colonizar la tierra, y ahora comenzaban a alcanzar grandes tamaños. Los pesados cuerpos de estos tetrápodos se movían con absoluta libertad por estos humedales, dejando huellas de su paso sobre los taludes. El poderoso plegamiento Hercínico, y sobre todo los acontecimientos geológicos posteriores, sepultaron estos extensos acúmulos de materia orgánica, dando lugar a los depósitos de carbón actuales. Según su génesis, pueden encontrarse las capas de carbón sobre cantos rodados de cuarzoarenita “precarbonífera” o perfectamente alineados entre capas de arenisca o pizarras y esquistos.

La larga historia geológica posterior, fracturó, separó y plegó estas extensas cuencas hasta dar lugar a su disposición actual. El conjunto de formaciones del carbonífero se agrupa en cuencas. Los taludes de Igüeña y Tremor pertenecen a la cuenca del Bierzo, que está encajada entre las cuencas de Villablino por arriba y la de Ciñera-Matallana y La Magdalena por el este.

No obstante, creemos también muy necesario dar unas breves pinceladas sobre el proceso de formación del carbón en nuestra comarca, al objeto de entender el paisaje minero que encontraremos durante el recorrido. Como ya se ha dicho, en la formación del carbón la materia prima son los vegetales.

El carbón se obtiene como resultado final de una serie de procesos biológicos y geológicos interrelacionados. Entre los primeros, cabe señalar la existencia, hace millones de años, de zonas pantanosas y lagunares poco profundas, cubiertas con abundante vegetación y dentro de una atmósfera de carácter intertropical -similares a los manglares actuales-, donde los restos vegetales se acumulan y se van descomponiendo muy lentamente en condiciones anaerobias (con ausencia de oxígeno atmosférico), dando lugar a la formación de turberas. La turba, para dar lugar a una capa de carbón como los que conocemos en el Bierzo, requiere la intervención de procesos geológicos y el paso de varios millones años.

En el Bierzo primigenio, la formación de las zonas pantanosas se debió a un proceso de “estiramiento” y hundimiento de la corteza terrestre. El lecho de estas formaciones estaba sedimentado con un conglomerado de materiales gruesos que posteriormente se convirtió en pudinga, material que señala la base de las capas carboníferas. Entre los procesos geológicos descritos está la compactación de los materiales, con abundante pérdida de agua, lo que conlleva una drástica reducción del volumen inicial y un progresivo endurecimiento. Algunos autores sostienen que para producir un metro de espesor de carbón antracita, se precisas de entre 10 a 13 metros de turba (material vegetal descompuesta en condiciones anaerobias).

La formación de una capa de carbón de cierta entidad es consecuencia, entre otros factores, de un delicado equilibrio entre la velocidad de hundimiento de terreno y el crecimiento en espesor de la turbera. Los materiales adyacentes a las capas de carbón (pizarras, esquistos y areniscas, originariamente arcillas y finas arenas) también han sido sometidos a procesos de compactación, pero su disminución de volumen ha sido menor que los restos vegetales, debido a su propia naturaleza mineral. Según los estudios de ADARO (ENADMINSA), empresa nacional dedicada a las investigaciones mineras hoy ya desaparecida, la cuenca carbonífera en el área Torre-Bembibre-Tremor de Abajo tiene un espesor de 1,8 km y se estima que en sus orígenes (antes de la compactación) pudo tener 2,0 km y duró unos 5-7 millones de años.

Los datos geológicos señalan que esta acumulación de sedimentos finalizó hace 299-300 millones de años. Nuestras capas de carbón, y los fósiles vegetales que las acompañan, se formaron en tiempo remoto en latitudes de características tropicales, por lo que han tenido que viajar miles de kilómetros hasta su posición actual, propulsados por la deriva continental.

En el caso del Bierzo, y dado que se haya a latitud 42,5 º de latitud norte, para recorrer la distancia desde latitudes ecuatoriales ( 0º), bastaría con desplazarse una velocidad 20-30 mm al año, con lo que en 286 millones de años se habría completado la distancia a recorrer. La velocidad media mencionada está en línea con la de movimiento de las placas tectónicas, impulsadas por la dorsales oceánicas (donde se crea la nueva corteza terrestre) a una velocidad media de 20 mm/año.

Parafraseando a nuestro buen amigo, el paleontólogo del CSIC Juan Carlos Gutiérrez Marco, las placas oceánicas se mueven a aproximadamente la misma velocidad que la de crecimiento de las uñas de nuestras manos. Durante el viaje, la orogenia hercínica y otras posteriores plegaron los sedimentos ordenados hasta adoptar las posiciones actuales. Algunos estratos, ante la imposibilidad de soportar plásticamente los esfuerzos, se han roto dando origen a las fallas geológicas, que, entre otros problemas, interrumpen la continuidad de las capas de carbón y los materiales adyacentes. Hay que remontarse al siglo XVIII como el del descubrimiento de carbón en el Bierzo. En 1764 lo saca a la luz Carlos Lemaur durante el trazado del Camino Real a Galicia en las proximidades de Cerezal de Tremor. Este ingeniero intentó –sin éxito- su uso como combustible en las ferrerías que construyó en Torre del Bierzo y San Andrés de Las Puentes para sustituir al tradicional carbón vegetal.

El uso industrial del carbón mineral llegó a España más tarde que en el resto de Europa, en 1660 Inglaterra ya extraía, con destino a sus fábricas, dos millones de toneladas de carbón. En todos los continentes (incluido el Polo Norte y La Antártida) hay depósitos de carbón, lo que hace suponer la extensión de los grandes bosques del Estefaniense y el nivel de dispersión que propició la deriva continental. No obstante, cada cuenca tiene un pasado geológico diferente en función del tipo de carbón (y su antigüedad) presente en la misma.

Durante el recorrido podremos recoger numerosas muestras de antracita, el carbón más antiguo y de mayor calidad por su alto contenido en carbono. Presenta color negro intenso muy brillante, en ocasiones con irisaciones azuladas y no mancha los dedos al tacto. Es más dura que otros carbones, muy ligera y compacta, emitiendo un sonido por percusión similar al de la madera seca. A la fractura presenta rotura concoidea negra brillante y vítrea. También es posible recoger algunas muestras de vegetales fósiles en las escombreras o en las salbandas que limitan las capas de carbón, básicamente restos de troncos, cortezas y raíces con sus características marcas foliares o radiculares.

Algunos de estos taludes fosilíferos (los mejor conservados) deberían de protegerse y convertirse en aulas de conocimiento al aire libre para ser visitadas por los colegios e investigadores. Nuestro patrimonio carbonífero está muy abandonado y no se le ha prestado la importancia científica que tiene, muchos de los fósiles de nuestro pasado geológico están repartidos por multitud de museos por todo el mundo y, en nuestro territorio, ni siquiera tenemos un museo propio dedicado al carbonífero.

La reciente restauración de las escombreras, muy necesaria también por otra parte, está ocultando yacimientos singulares que deberían quedar al aire libre para su estudio. Si la apuesta por el carbón ya no tiene futuro en Europa, hay que tomar medidas para proteger nuestros mejores yacimientos e instalaciones industriales, al objeto de ponerlos en valor y sacarles algún provecho como se está haciendo en otros lugares de Europa, donde existe una mayor sensibilidad en relación a la conservación de su pasado industrial y a sus valores geológicos y paleontológicos.
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