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Un molino de palabras

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La muralla desde el Molino Sidrón. Ampliar imagen La muralla desde el Molino Sidrón.
Alfonso Ordóñez | 12/03/2021 A A
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Un molino de palabras
Patrimonio Alfonso Ordóñez reflexiona sobre la recuperación del Molino Sidrón y su nuevo destino como Aula de escritores
Hay acciones que animan el espíritu y generan dosis de tranquilidad y confianza, algo parecido al bienestar que sentimos de pequeños cuando a la hora de acostarnos nos leen un cuento y casi sin darnos cuenta quedamos dormidos. Quizá estemos hoy más necesitados que nunca de motores de ánimo y certidumbre. De recuperar la sonrisa, de aprender a disfrutar de las cosas sencillas, de volver a apreciar la compañía, sentir que nos necesitamos, y no conformarnos sólo estando online. En fin, de que León pueda materializar sueños.

Junto a la muralla y los cubos romanos, como si Éolo, el dios que habita la Puerta del Castillo, desvelase un lugar escondido en la ciudad, reaparece el Molino Sidrón, último vestigio de una fábrica harinera de comienzos del IX. Todo un descubrimiento para un espacio que reverdecerá de nuevo en ese enclave urbano.

Días atrás, se leía en un titular, el rejuvenecido convento del siglo XVI que invita a visitar León en el XXI, en relación a la reapertura del parador de San Marcos. Resuenan de nuevo palabras de T.S. Elliot: «… el pasado y el futuro miran a un solo fin, siempre presente».

En este tiempo, trágico y convulso, es de aplaudir y celebrar sin aspavientos, noticias y propuestas relacionadas con esa inveterada pasión por la cultura en entornos que revivan y rehabiliten emocionalmente la ciudad.

Así, en pugna con el tiempo, tras décadas oculto por una maraña de tendejones y otros asuntos urbanísticos, sale a la luz en la Era del Moro este patrimonio industrial, a los pies de un castillo, antes cárcel hoy archivo. Una era que renace ahora como lugar estimulante para la cultura. Casi como un cuento de hadas de los hermanos Grimm. Lo que despierta a partir de ahora quizá sea un faro, hecho con el fulgor y la luz de escritores, mujeres y hombres alumbrados por esta ciudad con piel de León.

A este recinto, antes panera hoy molino de palabras, le iría como anillo al dedo una inscripción que se leyera sobre los muros que lo abrazan, aquél versículo bíblico que tanto caló en Lorca al inaugurar la biblioteca de su pueblo: «no solo de pan vive el hombre…». Un clamor para nutrir el alma, entre otras necesidades.

Desde que el 11 de marzo de 2020 la OMS declaraba la pandemia, ciencia y cultura han formado un binomio omnipresente en nuestras vidas hasta el punto, cada una por su lado, de mantenernos con esperanzas y ser menos vulnerables a nuestros miedos. Sus recetas, llaman a un mismo fin, mejorar la calidad de vida de la gente. Dicho así suena realizable, pero basta abrir bien nuestros sentidos para constatar la enredadera trágica que nos envuelve, la preocupante reducción de movilidad, el desconcierto, la fragilidad para superar el día a día.

Las ciudades, como las personas, cambian su fisonomía con el ánimo de resultar atractivas, sorprendentes tanto para quienes las habitan como para quienes las visitan. Y también, como los individuos, tienen oportunidades. Esta ciudad sigue reconociendo con generosidad un tiempo pasado glorioso, pero en difícil sintonía con el presente. Seguimos sin fijar población y el talento se nos va. No son suficientes nuestros faros patrimoniales, de luz fija, para situarnos donde deberíamos estar. Desvelamos a los monarcas del viejo reino por el transitado y vistoso Ordoño II, en donde un viento virtual nos conduce hasta sus gestas. No olvidamos el Panteón de San Isidoro, lugar de reposo también de reyes, reinas, infantes y nobles. Sin duda contribuyen al sustento colectivo, como el Hostal ya mencionado. Pero seguimos necesitando acciones para acceder a nuevos servicios, dotarnos de herramientas útiles para crecer, tomar impulso con energía renovada, sentirnos acogidos y no salir de ella por inanición. En fin, aspiraciones compartidas para concentrarse y vivir con tranquilidad, que sirvan y animen a mantener la fe en ella, para reiniciar, con la cultura como motor, el relato de la ciudad.

En este ciclo de turbulencias, más propio de la ficción que de lo real, algunos movimientos vecinales empiezan a tomar impulso, instituciones civiles y culturales asoman en barrios y en la vida comunitaria, y comienza a articularse de forma positiva la participación política de la gente.

Está abierta la ventana para pensar de nuevo la ciudad, porque en ella vivimos y nos acoge. ¿Y el futuro? Entre todos, seguro, pero no sé dónde está el lugar, palabra de aquél poeta británico-estadounidense. A la espera de nuevas revelaciones, llegarán vientos de otro planeta gracias a Perseverance.
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