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Un día para olvidar

Un día para olvidar

OPINIóN IR

14/10/2017 A A
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Un día para olvidar
Mi amiga Julia, además de atractiva, es deportista, lectora empedernida y, más que nada, una persona enamorada de los animales: tiene una perra de la que no se separa ni a sol ni a sombra, una perrita chiquitaja de raza ambigua («¡Pitu, ven para acá!», le advierte sin aspavientos, y ella regresa compungida al lado de su ama) con la que había acudido a pasar un buen rato por la zona de Las Lomas, en lo alto de la ciudad. Eran los primeros días de septiembre, lucía tibio un sol mañanero y no se veía un alma por las calles, así que libró a Pitu de su correa y dejó que campara a sus anchas por los alrededores de la urbanización, con tan mala fortuna, que en el interior de la zona ajardinada de un chalet, Pitu divisó la figura pulchra, esponjosa de un conejo y escurrió su figura, sin mayores impedimentos, entre los estrechos barrotes de entrada para juguetear con él. De aquí para allá, lo perseguía en un zigzagueante juego que, pese a las voces desesperadas con que Julia reclamaba su retorno, la perrina hacía caso omiso.

Aferrada a los barrotes, mi amiga ejercitaba en vano las habituales advertencias para que la Pitu dejase de juguetear con el animalillo, a quien, estaba claro, no pretendía hacer el menor daño: llegaba a rozar, a veces, con el morro su trasero, aunque, según me comentó ella, resultaba evidente su intención retozona. El desastre quedó plasmado en la última finta del conejo blanquito, sus estertores definitivos, su figura desparramada en la hierba y el gesto preocupante y altivo de la perrina, receptora, ahora sí, y sumisa ante la llamada de su dueña, cuando se achicó de vuelta entre los barrotes de la entrada y aceptó su reprimenda. La casa mostraba sus puertas y ventanas clausuradas, y nada más podía hacer Julia desde fuera, por más que lo intentó, empujando los barrotes una y otra vez. Ni siquiera se atrevió a pedir ayuda al vecino de enfrente (¿pero qué tipo de ayuda podía pedir?) que espiaba desde su balcón. Echó una última mirada al exhausto conejillo, e imaginó que se encontraría cansado, o durmiendo apaciblemente. Le dio por pensar, no supo por qué, en el ‘Plan conejo’ que Nicolás Maduro había bautizado, dentro de su programa de ‘Agricultura Urbana’, y que consistía en que los venezolanos criasen en su casa este animal para aliviar la escasez de alimentos básicos que sufre Venezuela. Llamó a la Pitu, subieron ambos en el coche y partieron, portillo abajo, camino de León.

A la salida de Puente Castro, justo a la llegada de su Área Deportiva –continúa Julia relatando–, se detuvo a tomar, para relajarse, un té verde en el bar Amay, donde María José, detrás de la barra y en ausencia de Mayra, debió de observar su desesperado aspecto para tranquilizarla y permitirle entrar con la perrina hasta dentro. No había pasado nada, al menos nada grave, eso dice que pensaba mientras apuraba a sorbos lentos la consumición: un conejo blanco muerto (pero, ¿qué hacía en un chalet de lujo un conejo blanco. ¿Habría llegado desde los pinos?)

Se despidió sin más, y a la salida, antes de la rotonda que conectaba con La Lastra, observó una tapia de mampostería que mostraba en su pared la frase descarnada de cualquier paisano –furioso, claro estaba– hacia el poseedor de la zona que había sido cercada por la pared de hormigón: ‘RISITAS, AZ EL FAVOR DE ABRIR EL VIAL, VAGO’. Julia, más que acostumbrada, como es ella, a meterse en camisa de once varas, y estimulada por el lastimoso brote gramatical de la inexistente H, aparcó en las inmediaciones y buscó entre las cenizas de un rescoldo –apaciguado, dice ella, por quienes debieron celebrar allí la merendola–, el tizón renegrido con que acomodar en el AZ del enigmático pinturero la H que engrandeciese e hiciese justicia, no supo decirme si a sus afanes reivindicativos o a los del escribiente. Se hallaba calibrando frente a la pared el valor negruzco del palitroque y la conveniente altura de la imperativa H, cuando oyó vociferar al protagonista de un coche que transitaba por la citada circunvalación, se detenía en aquel momento y la instaba a pintarrajear, si acaso «… en la puta puerta de tu casa».

Me comenta mi amiga Julia cómo trataba de señalar en vano al conductor el lastimoso suspenso gramatical del imperativo en la pared, y cómo él insistía en su más que notoria desvergüenza, –asiente Julia sin pudor– para negar, ufano, con la cabeza y arrancar el coche de modo salvaje dejándola culpable, entre Pinto y Valdemoro, sin terminar de retocar, como merecía, la H primigenia del AZ, acaso dejé un hilo colgando en la letra, dijo, todo para que tuviesen en cuenta las decenas de vecinos que pasan por allí que, lejos de cualquier protagonismo por el ocurrente, ese detalle autoritario, la nueva mayúscula (la H) del HAZ EL FAVOR, RISINAS, DE … acaso pudiese llegar a dar un sentido más impulsivo y determinante a la frase.

A la espera estoy, me dice una Julia desvalida, de recibir del juzgado la notificación de algún delito leve por lo del conejo, y puede que otro por daños, injurias o calumnias por la escritura mayúscula de la pared. Así que, amigo Manolo, búscame un abogado.
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