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Un abrazo en sus pantallas

Un abrazo en sus pantallas

OPINIóN IR

18/11/2019 A A
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Un abrazo en sus pantallas
Casi una semana después, se ha escrito ya mucho del abrazo entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Seguramente, el abrazo ha logrado su objetivo: constituirse en símbolo, aparecer mediáticamente como el resumen de un acuerdo, largamente postergado. En esta edad en la que lo cuenta es el impacto de la imagen, en la que las palabras tantas veces no son tenidas en cuenta, en la que los gabinetes de comunicación se mueven sobre todo en pos de la propaganda visual, el abrazo entre las izquierdas ha servido para enviar un mensaje urgente, seguramente necesario, tras la repetición de unas elecciones que no reflejaron precisamente un crecimiento para ninguno de los dos partidos que ahora firman la inminente coalición de gobierno.

Como escribimos en otra parte, ese abrazo veloz y acelerado, apenas cuarenta y ocho horas después de los comicios, venía a representar en realidad un apuntalamiento de la estructura, una búsqueda de apoyos mutuos tras el escaso éxito de la estrategia electoral, y, sobre todo, un alivio rápido ante el vertiginoso ascenso de Vox. Como si asistiéramos a la puesta en escena de ‘Pedro y el lobo’, cada personaje se afanó en perfeccionar la orquestación de una sinfonía que hasta entonces no había funcionado. Y, por supuesto, estaba el miedo, el miedo ante los síntomas que las urnas desprendían. Sin que nosotros lo supiéramos, lo que estaba encallado se desencalló, lo que había sido varias veces negado, fue súbitamente aceptado. Y el abrazo llegó como toda explicación.

La fuerza de ese gesto, analizado ya semióticamente, envuelto, además, en la sorpresa (temían, al parecer, que las filtraciones lo hicieran imposible), borró incluso el luto naranja por el adiós de Rivera, que se había ido apenas unas horas antes, tras la fuerte derrota electoral. En un país poco acostumbrado a las renuncias de los líderes, Rivera no se resistió y se fue con un discurso en el que alababa el regreso a lo doméstico, a la felicidad fuera de los focos. Nada de eso, desde luego, ocultaba el desastre. Pero, más allá de las lágrimas del momento, que fueron numerosas entre los allegados de Ciudadanos, el abrazo simbólico entre el PSOE y Podemos, o, mejor, entre Pedro y Pablo, anuló todo el paisaje, dejó fuera de foco a ganadores y perdedores, e, incluso (eso dicen los analistas), borró las propias huellas del resultado, más bien a la baja, de los partidos que se fundían en ese abrazo fundacional y mediático. El encuentro de los dos líderes ante las cámaras simbolizaba, como luego dijo Sánchez en carta a los militantes, la única posibilidad de salir del atolladero, al menos desde la izquierda, aunque implicara incorporar a otras formaciones (varias, no una ni dos), aunque dejara en entredicho lo conocido hasta la fecha. Las desconfianzas, los recelos, el encontronazo inevitable entre los líderes (alguien dijo que la política actual se estaba convirtiendo en una pelea de machos alfa), se habían convertido súbitamente en un abrazo apretado y sin duda simbólico ante las cámaras, un abrazo ritual en lo más profundo del otoño, un abrazo mediático que para muchos escondía más bien una rendición mutua, necesaria para no dañarse más en un bosque cada vez más erizado de peligros.

Luego ha venido la nieve. Como si la transición política necesitase suavizar las aristas, después de tanta negación y tantos egos revueltos, la nieve convirtió el paisaje en un ‘continuum’ metafórico de colinas orondas, donde apenas se podían distinguir los obstáculos ni la vieja memoria de las legislaturas fracasadas. Adictos a la meteorología, los informativos televisivos se dedicaron a mostrarnos el destino de las isobaras. El pacto que fermentaba en Moncloa, lo que venía tras el abrazo súbito, pasó a segundo plano, como si un poco de intimidad fuera necesaria para los contrayentes. El acercamiento se produciría lejos de nosotros. Las tripas del pacto sólo serían expuestas una vez logrado el acuerdo con todas las partes contratantes, que estaban a la espera del matrimonio mayor. Y a la espera también de los que se resisten al amor en tanto no sean cumplidas sus aspiraciones. Lo más difícil estaba hecho, de una forma veloz y acelerada, en contraste con la lentitud de los meses precedentes. Pero nada, o muy poco, se ha explicado.

La nieve llegó antes de lo previsto y vistió noviembre de luz y blancura, alegrando de algún modo este mes tan funerario. En la intimidad de las cocinas, donde se parapeta el personal en espera del estallido lumínico de la Navidad, se cruzaron también apuestas sobre el pacto que tan visualmente se había mostrado en las pantallas. Después de meses, e incluso años, con las ideas y los afectos congelados, después de tanta parálisis, de tantas capas de incomprensión, diciembre iba a mostrar, paradójicamente, el deshielo político. Nadie sabe, sin embargo, hasta qué punto aflorará el acuerdo tras los hielos.

El abrazo ritual se mostró, en fin, como el cartel de una gran superproducción. Antes, eso sí, de escribir el verdadero guión de la película y de escuchar las líneas de los secundarios. En un tiempo en el que es imprescindible cebar las pantallas y generar empatías a través de golpes de efecto visuales, la trascendencia de la performance política se ampara de nuevo en lo que se llama la política emocional. Lo que muchos se preguntan es en qué medida el acuerdo urgente resistirá el peso de la letra pequeña. Tampoco hay que infravalorar la opinión de muchos miembros de los dos partidos, y de sus votantes, donde existen, como es natural, sensibilidades muy diferentes. La razón del abrazo perentorio parece estar, justamente, en limitar los efectos contrarios, en no dar pábulo a los negacionistas. El exceso de exposición mediática produce monstruos, parecen decirnos. Pero sin ella, no hay paraíso. Por eso se atiende más a mostrar el rito del cortejo que el contenido del contrato nupcial.

Desplegado el gran cartel de esta superproducción navideña protagonizada por Pedro y Pablo, inesperada para algunos, inevitable, dado el estado del paisaje político, para otros, queda por conocer el guión y el elenco que acompañará a los protagonistas. Pero aún están fraguando los cimientos. Si algo caracteriza la política actual es la incertidumbre, su estado líquido. Los giros del argumento han venido para quedarse. El deshielo traerá caudalosos ríos de opiniones dispares, cataratas vertiginosas que podrían enriquecernos. Nada funcionará sin un relato que suavice los contornos y las decisiones, como esta nevada que llena de silencio la España vaciada, donde más nieve y más silencio suele acumularse en los últimos tiempos.
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