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Totúm revolútum

Totúm revolútum

OPINIóN IR

22/05/2020 A A
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Totúm revolútum
Aparte del «monotema» que ocupa nuestras horas de todo, ya sea en televisión, radio, periódicos, WhatsApp, supermercados, familia, vecinos y todo el mundo mundial, pues, mire usted por dónde, siguen pasando cosas. Lo peor es que de positivo, poco.

Así resulta que nos dicen que el control de circulación de FEVE se va a Guardo. ¿Le extraña a alguien? Pero vamos, la red de vía estrecha no ha sido cerrada porque nadie se ha atrevido, ni Tirios ni Troyanos, pero está más muerta que Julio César. Los trenes circulan vacíos, no se renuevan los vagones, la promesa del tren-tran sigue siendo una promesa y, a base de marear la perdiz, incluso, quizás, a lo mejor, por aquí seguimos dándole vueltas dentro de veinte años.

Será, supongo, que hay más tráfico por Cantabria y alrededores, aunque en cualquier caso sea poco, así que, por qué se va a controlar desde aquí (aunque hoy en día se podría hacer desde Lima o Quito o Sao Paulo). Decía el catecismo del padre Astete que doctores tendrá la Santa Madre Iglesia que te sabrán responder. Pues habrá que preguntarles a ellos, porque a los otros no sé yo…

El Hostal se vuelve a retrasar. Se abrirá, seguro que sí, y, además, va a ser la repera pirulera. ¿Y del resto? ¿De la segunda fase? Bueno, sí, será un edificio separado del actual (lo que viene de perlas para justificar que se haya cerrado completamente lo que antes era la conexión con el cuerpo principal de habitaciones y esa segunda fase del proyecto). Curioso. Ya hasta podemos empezar a funcionar. Y del resto… ya veremos.

Dicen que esa fase seguro que se hará, pero, después de varios años, no hay proyecto ni nada. Y lo será en un bloque diferenciado. Pues bueno. Qué raro: un hotel que puede ser un único edificio, que es más funcional, lo será separado, contra toda regla lógica. Se supone.

El soterramiento y la continuación de la línea se retrasa, bueno, pues una más. Después de diez años de retraso, un par de ellos más, no importa.

De la peatonalización de Ordoño nada voy a opinar de su parte técnica y artística porque no conozco más que los renders publicados y con eso no es suficiente. Del resto, de la oportunidad de la operación, de qué es lo que ahora la ciudad necesita, ya opiné hace dos semanas, así que no lo voy a repetir.

Con todo, no puedo resistir el hacer un comentario al «monotema» que nos ocupa mañana, tarde y noche.

En primera página de La Nueva Crónica del lunes he visto una fotografía de lo que podría ser la cabecera de la manifestación del domingo. No sé si es efecto óptico o que, realmente, eso de la distancia de separación se acerca bastante a cero.

En el supuesto de que haya sido así, que esa distancia no se hubiera respetado, cabe entonces una nueva doble consideración: o ha sido casual e impensada, o ha sido que, hartos de la situación, ya daba igual.

El caso es que viendo esa fotografía de Mauricio (que, mira, siempre está en el sitio), me vino a la memoria lo que mi padre me contó cuando tenía yo unos 17 años. Era médico y terminó su carrera en junio de 1936. Estalló la Guerra Civil y en otoño de ese año lo enviaron de soldado raso al frente de Guadarrama. Allí estuvo todo el invierno, en las trincheras, pasando hambre, frío, barro, nieve y todas las cuitas personales que se puedan imaginar, aparte, claro, de los disparos, bombardeos, ataques y contraataques.

Pero como todo pasa y todo llega, pasó el invierno, llegó la primavera, y un buen día, esplendoroso, soleado, verde y con los pájaros cantando (son palabras textuales de mi padre), todos los que allí estaban decidieron que estaban hartos de chapotear por el barro de las trincheras. Así que, sin pensárselo dos veces, se salieron de ellas, se subieron al borde y se pusieron a andar y a desplazarse de un lado a otro de la línea de fuego.

«Pero, bueno, le dije, ¡Que os podían disparar y matar». «Sí, me dijo, pero estábamos tan hartos, que ya nos era exactamente igual. Si nos mataban, que nos matasen».

Siempre lo recordaré, y ahora no pude evitar recordarlo. ¿Ha sido eso? O ha sido lo otro.

No lo mataron, eso es evidente, pues yo nací bastante después. Y como quiero acabar al menos con algo de humor, termino de contar su paso por Guadarrama. Cuando su capitán supo que era médico, lo sacó de las trincheras y lo llevó al puesto de mando. ¿De médico? No, porque, o ya lo había, o tenían otras necesidades. Lo mandaron a cocinas con la misión de despiezar todo tipo animal comestible que cayera por allí. Y no se le dió mal, porque Marcelino, su padre, mi abuelo, era carnicero en Salamanca y mi padre había aprendido el oficio.
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