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Todo sigue casi igual

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EL BIERZO IR

Todo sigue igual. | CASIMIRO MARTINFERRE Ampliar imagen Todo sigue igual. | CASIMIRO MARTINFERRE
Casimiro Martinferre | 06/09/2015 A A
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Todo sigue casi igual
Territorio. Capítulo 49 Para el autóctono, si han cambiado pocas cosas, en lo importante lo hicieron a peor. Cierto que vio algo de dinero en la polvorienta mina para sacar adelante a sus hijos, pero a costa de lágrimas y silicosis
Hay días en los que mejor no despertar. Hoy la moral de la expedición está por los suelos. De cualquier forma preparé un bocadillo, cargué un carrete. Debí poner rumbo cercano al de Odiseo. Saliendo de un punto concreto en dirección a otro previsto, llegué al opuesto. Encallé en lo que podría ser la isla de los lotófagos, donde me dieron a probar el loto y ya no quise marchar. Hubieron de regresarme tres días después, encadenado a papel hipoteca.

Estas tierras siguen casi igual que hace una eternidad. Más de uno dirá que evolucionaron mucho desde entonces. En realidad no tanto. Para el autóctono, si han cambiado pocas cosas, en lo importante lo hicieron a peor. Cierto que vio algo de dinero en la polvorienta mina para sacar adelante a sus hijos, pero a costa de lágrimas y silicosis. Los hijos, en respuesta a los sacrificios de sus mayores, han respondido yéndose. Es una pequeña traición, pero qué podían hacer, ellos también buscaban algo mejor para los suyos. Y han cambiado para peor porque les ha tocado actuar en el último capítulo de la función. Despoblación, soledad, anuncian un triste final.
En los mínimos caseríos ya sólo resisten robinsones, quizás impelidos por la inercia de la vida más que por amor a las raíces. Aquí todo es saludable, transcurre más lento, más calmado que en la ciudad, las respuestas son más agudas. “A los enfermos de estrés o depresión urbanita, los curaba yo en cuatro días, bajándoles de picadores al Pozo Malabá.”

Desata bravura una tormenta de verano. El chaparrón cae violento sobre una vegetación pajiza, resucita los olores de la cuneta. La lluvia ha servido mayormente, en lo personal, para descubrir que tengo agujereada una bota. El boquete cala la desgastada suela, ya lisa de tanto arrastrarse por los vericuetos del fracaso. Empiezo a no encontrarle sentido a esto de buscar idiosincrasias. La idiosincrasia, en la práctica, sólo sirve como mamandurria de antropólogos de pandereta y subvención. La idiosincrasia consiste en establecer diferencias entre botillo y butelo, entre mantra y avemaría, entre tirar a una cabra desde un campanario y cortar orejas en el ruedo.
Incorregibles, piensan algunos que han nacido mejores que los demás. Cada hombre se cree único, cuando la humanidad entera es el mismo hombre. El hombre es el mismo esté donde esté. Esgrime idénticos odios, padece los mismos miedos, le esclavizan iguales pasiones, le condenan clavados vicios. El hombre, ya esté aquí o en las antípodas, lleva consigo bien a la vista la misma bestia carnicera, esconde en el corazón el mismo desamparo, la misma bondad, la misma inocencia.
Sobran banderas.

Bouzas, agosto de 1990

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