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Todo está al fondo o a lo lejos

CULTURASIR

Como colofón ceremonial, vuelve a sonar el saxo sobre un espacio calmo y émulo del Olimpo Ampliar imagen Como colofón ceremonial, vuelve a sonar el saxo sobre un espacio calmo y émulo del Olimpo
José Antonio Martínez Reñones | 07/11/2018 A A
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Todo está al fondo o a lo lejos
Sociedad Por José Antonio Martínez Reñones
Son las 7 de la mañana. La primera noche septembrina se resiste a retirarse. Ya se nota declinar el corto verano del noroeste. Atravesando La Bañeza, a pesar de ser sábado, su día de antiquísimo mercado, poco tránsito. Apenas un ligero revuelo a la puerta de Ulises, la churrería. Allí llegan, entran, se saludan y toman su café o su chocolate, con las doradas corras que emergen del aceite hirviendo, gentes equipadas para un largo día de camino y montaña.

La procedencia de los reunidos es variada: Santibáñez de la Isla, Toral de Fondo, Hospital de Órbigo, Santa María del Páramo, Villalís, Jiménez, La Bañeza, Benavente, Villablino, León, Valladolid, Vitoria, Madrid, Sevilla, Canarias… Algunos se conocen, otros se presentan. La huella del sueño está en los más pequeños y también en los adultos que han trasnochado en celebraciones. Pero en todos se detecta la excitación por lo que el día pueda deparar. Para muchos va a ser su primera ascensión a la venerada montaña del Teleno, otros llevan varias, algunos, incluso, decenas, pero, en todos, la inquietud ante las propias fuerzas, la incertidumbre climatológica, la dificultad de la ruta y los imprevistos… está presente y, aunque no lo confiesen, se han despertado varias veces en medio de la noche desasosegados, dubitativos, excitados. Nada raro, por otra parte: desafiar a lo desconocido genera estas sensaciones de zozobra que se disipan a medida que se afrontan y se entra en harina. Y aún más rápidamente cuando se acometen en grupo.

El alba asoma por el este entreverando sus arreboles, violetas y naranjas con la oscuridad cobalto del fin de las tinieblas, cuando la comitiva de una decena de vehículos parte semejando un cortejo de luciérnagas en curvas y chanas de Herreros de Jamuz. A las puertas de otra chocolatería, en Castrocontrigo, se suman los que partieron desde Astorga. Abandonando el séquito la Valdería, el sol envía sus primeros haces contra los crestones pizarrosos más altos de Morla y Torneros.

Pronto se adentran en la Cabrera alta siguiendo el sinuoso trazado del Eria y dejando a los lados de la brea pueblos de nombranza misteriosa: Pozos, Villar del Monte, Cunas…, lugares que, en su toponimia, nos trasladan con presura dos milenios hacia atrás. El valle se ciñe a su uve mayúscula y virtuosa que respira por las laderas tupidas de urz y piorno buscando los sortilegios de la luz. Cuando se abre y esponja mínimamente la vega, la bendice el enriscado Cristo de Valdavido.

Desvío en Truchas. Paso siempre apresurado bajo la amenazadora espadaña de Baíllo. Travesía de un Corporales adormecido y llegada al campamento base, donde, rebrincando, las aguas del arroyo de Las Rubias se ayuntan con las del Eria.

Hora de recuento y preparativos. Toda precaución es poca ante la senda oscura e imponente que, en la ladera que sube pindia hasta la majada del Mascariel, se abre como una turbadora cicatriz. El grupo se reúne antes de adentrarse en el piornal. Sobre sus cabezas apenas corre el aire fresco y virginal del amanecer. Los montañeros escuchan la plegaria que se proclama desde un ribazo. Son los versos precavidos y protectores de quien se echa a los caminos verticales: Vete sereno, caminante./ No estorbes el pasar de la serpiente/ ni espantes el acecho de los zorros./ (…) Vete sereno, caminante (…). No olvides que nada importa que tú pases.

Treinta y tres peregrinos en pos del cuarzo, el arándano y la satisfacción íntima avanzan en hilera poblando la senda que años atrás bautizaron como Vía Matilda. Ellos saben el porqué. Tras unos centenares de enhiestos metros, se hace necesaria la parada. El pulmón ha de adaptarse a un calentamiento brusco y el corazón ha de acompasarse al esfuerzo constante y exigente. Quien no está acostumbrado, pronto nota quemazón en las articulaciones. Esta ruta no deja opción a iniciarla con precalentamiento. Por eso ha de acometerse con lentitud bovina para no caer en aquello de «arranque de caballo, parada de burro».

La sierra está cubierta de un verdor rutilante debido a las cuantiosas lluvias primaverales. Este año sí que responde a aquel título del leonés (León, Nicaragua) Omar Cabezas: La montaña es algo más que una inmensa estepa verde. A medida que se cobra altura, a la derecha, aparecen los desfondes de la escalonada ruina montium de Las Rubias y sus lavadas murias; a la izquierda, los soberbios canales romanos practicados a tiralíneas sobre la ladera.

Ya en la majada del Mascariel las fuerzas se reponen y se intercambian pareceres. Impresiona la línea del horizonte que se contempla al oeste, con un cresterío de primor que une la cumbre del Vizcodillo con la de Peña Trevinca, adivinándose desde aquí sus respectivos lagos glaciares próximos: Truchillas y La Baña.

Para los neófitos y más jóvenes, el tiempo cunde y, sobre todo, acumula la impaciencia. Cada mirada hacia lo alto parece descubrir la cumbre final pero, una vez alcanzada ésta, resulta que no es más que un balcón para seguir penando hacia otra superior. Y así por tres veces. El montañero de estas vastedades tiene la certeza de que alguien se divierte colocando en su esperanzado horizonte crueles trampantojos. Sin estar siquiera entre las diez principales altitudes de la provincia, el Teleno exige sus horas de sudor.

Pero con paciencia, tesón y constancia casi todo se alcanza. También esa pirámide extraña y quebradamente cuarcítiza que se eleva al costado de una chana –no menos extraña– en la máxima cota. Cuando la tienen al alcance de las suelas, la fatiga se disipa. Algunos trepan hacia ella sobre los líquenes que cubren el misterioso «nicho», otros asciende a la cima por «la escalera al cielo» que los hombres de no se sabe cuándo tendieron como una calzada sacrificial, ofrendística.

El vértice telenal llena y repleta los 360 grados de la pupila más ávida. Todo está al fondo o a lo lejos. Las comarcas borran desde aquí sus fronteras y sólo llegan al observador menos fino brochazos de pinares, manchas rastrojeras, encinares derramados, fintas de choperas… Y en las deslumbrantes lontananzas leonesas siempre la vista se alboroza en otras cumbres (Pico Tuerto, Catoute, Valdeiglesias, Tambarón, Peña Ubiña, Polvoredo, Yordas, a veces algún cíclope de Picos de Europa, Peña Prieta, Espigüete…), salvando cuando se desparrama hacia la planicie meseteña, que, aún así, da contra los chatos montes Torozos. Mas si el observador atina y va sin prisa, el plano también se puebla y pespunta de lugares conocidos y de obras humanas que, a veces, son prácticas, bellas incluso, y otras, pavorosas.

Muchas son las cimas que, sin salir de la provincia, tienen un prestigio mayor que el Teleno para ejercitarse en el montañismo. La superficie lunar de su inmensidad, perfectamente atacable desde todos los flancos, no requieren de grandes epopeyas deportivas. Pero, diferenciándose de todas, se cuentan por miles los años en que fue divinizado y saqueado, ejerciendo su corona como centro de operaciones de la mayor ingeniería minera de la Antigüedad. Toda la sierra telenal, prolongada en los Aquilanos, conserva la huella metalúrgica de la codicia humana, desde la base a hasta la cúpula.

Alcanzado el máximo techo, la mesnada montañera, se aplica al yantar y también a la bébora comunal con un mencía Tilenus en el cenit del Teleno (¡ya es placer!), para, luego, disponerse a cumplir con los ritos tradicionales de cada verano, más si cabe en esta vigésima ascensión (tomando como año cero aquella del 99, cuando otra que, con el mismo hálito y un empuje formidable, épico, izó hasta su cúspide, el pendón concejil de Toral de Fondo, alcanzando así el Teleno, por vez primera en su historia geológica, los exactos 2.200 metros de altitud).

Entre las ruinas de uno de los varios cubículos que urbanizan (¿desde cuándo?) la chana cimera, el grupo se dispone en derredor. El oxígeno se cristaliza e hiperventila tórax y corazones. De pronto, cuando las águilas sobrevuelan el silencio, suena un saxo. ¡Inaudito! ¡Pero… audito! Una Sara interpreta la melodía homérica de otra Sara. A lomos de sus notas ascienden las sílabas del poema La estirpe de un pueblo oculto (Somos los hijos de un pueblo antiguo:/ bravos y astures hasta los tuétanos./ Que no gritemos, no es que seamos mudos./ Cuando convenga, prenderemos fuego). Después, el rapsoda, ayudado por manos infantiles, hisopa con orujo de viñedo propio las páginas que han de ascender con cimbreo de humo hacia donde reposan las miradas de todos sus antepasados. Sobre ese espíritu de papel inflamado recita el acostumbrado Cántico ancestrático y telenal, salmos que se vienen repitiendo desde hace dos décadas en estas alturas áureas. Salve, Teleno./ Dios de los dioses de nuestros padres/ y de los padres de nuestros padres/ y de cuantos nos preceden/ hasta el alfa de los tiempos…

Como colofón ceremonial, vuelve a sonar el saxo sobre un espacio calmo y émulo del Olimpo. Las notas universales del ‘Hey, Jude’ quedan flotando como fotones solares que se esparcen en todas las direcciones. Se ha elegido esta melodía beatle por su belleza, por considerarlo himno de quienes no se dejan rendir y por contener un coro fraterno que incesantemente abraza toda la Tierra.

Se inicia el descenso. Miedos y prevenciones se han transformado en sueños y metas alcanzadas. Pero bajar montañas no es tarea menos fatigosa que ascenderlas y han de atemperarse las ínfulas. Reunido el grupo en el punto de partida, se suceden las enhorabuenas y las abluciones a fondo en las inmaculadas aguas del joven Eria, cuyas fuentes se divisan en las proximidades.

La jornada aun ha de cumplirse con una adecuada hidratación cervecera en el bar de la gasolinera de Truchas y, al caer la noche, en casa Lucinio de Santiago Millas, donde montañeros que fueron y otros que soñaron ser se sumarán a concelebrar vinos y raciones con los que han ascendido a la montaña sagrada del Teleno y han regresado trayendo en los ojos un reflejo azul de transfusión divina. No pasó pueblo sin venerarte ni gentes sin implorarte./ Más que sus religiones y sus leyes/ dura la presencia de tu inquietante frente.
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