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Tengo que decir cojones

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02/12/2018 A A
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Tengo que decir cojones
Ya sé que están torciendo el morro todos mis vecinos y mucho más mis parientes y no te cuento si viviera mi madre la señora maestra, menudo mosquilón, pero resulta que no me queda más remedio que decir cojones, Salvador Gutiérrez y demás académicos me perdonen.

Y no es una licencia poética para hablar de todos esos cabrones (tengo que decirlo) que como cogen de la caja a manos llenas se les podría llamar cojones; pues no es eso, que cojan hasta que se farten y después de fartarse entelen y después de entelar que les de un torzón que entre más corran más les duela pero si paran... revientan.

Si revientan que revienten. Peor sería que les diera por tocar en la tuna o pecados así.

Tengo que decirlo, no insisto en qué, porque no se otra manera de que lo entendáis. La cosa se explica, como todas las cosas que tienen explicación, yendo a un bar, el de Sidoro en esta caso, con el filósofo chino An Gelillo jugando al tute y haciendo una imperdonable excepción, jugando con el cura.

An creía en gafes. No le gustaba nada que se le sentaran detrás el Can Cán, Culobobo, Don Dificultades, Mesiapraos u otros mirones de mal ojo —que nacieron después de la guerra «para no ver ganar a nadie»— y tampoco el párroco, fuera quien fuera, y aquel día hasta transigió en jugar con él. El cura estaba nervioso porque sabía de la maturranga y en el primer juego cogió cinco triunfos, grandes, y se quiso congraciar con una jugada de alta escuela, de academia diría yo. Arrastró, arrastró, hasta que se acabaron los triunfos y después de hacerlo se quedó parado, miraba para las cartas como si no supiera qué venía a continuación, y se atrevió a mirar a An Gelillo para ver si intuía la continuación y éste viendo como se le ponía el ojo a la yegua le espetó: «Pues ahora, inciense con los cojones».

Se hizo el silencio.

Yo ahora escucho el parte, miro el periódico, veo los pueblos sin nadie, las minas sin carbón, las vacas sin leche, los perros ladran en chino —que es más barato— y miro para Matías Prats y le digo: «Ahora, que inciensen con los cojones».

Lo tenía que decir.
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