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Soledad

Soledad

OPINIóN IR

18/03/2021 A A
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Soledad
Mientras que mi familia de Vegas coge en un microbús (y sobran la mitad de los asientos), la de Gradefes es lo más parecido a una saga bíblica. Tan es así que no conozco ni a la mitad de primos e hijos de primos de mi madre. La semana pasada murió la hija de una prima, y a ella y a su madre sí que las conocía. No, no murió de coronavirus. La pobre estaba muy enferma desde hace mucho tiempo. Lo grave del asunto es que se pasó tres meses aislada en una habitación del hospital sin ver a nadie; ni a su marido, ni a sus hermanas, ni a su madre. No puedo pensar en una muerte más terrible que la que sufrió. No hay nada peor que diñarla solo, sin nadie a tú lado; y no sólo para el que fallece, sino también para sus familiares que asisten a sus últimos momentos con una comezón insufrible pensando que la han dejado de lado, abandonada, sufriendo una soledad inenarrable. No, no murió de coronavirus, pero es casi peor. Si hubiera muerto de coronavirus, por lo menos pasaría a ser una estadística, un número, una víctima. Así, por desgracia, es sólo una más de las personas que han palmado en un tiempo que, a lo mejor, no le correspondía. La sanidad española está sobrepasada y los sanitarios, merced a los protocolos existentes, tienen que pasar consulta por teléfono. Si alguien tiene la desgracia de padecer del corazón o de tener un cáncer, recibe una llamada de un número larguísimo en la que le preguntan «¿cómo te encuentras?, ¿te duele algo?, o ¿qué color tienes?», como si el médico fuese un gurú o un chamán indio y tuviera la virtud de ver con las orejas. Hace sólo un año presumíamos de tener la mejor sanidad de mundo, yo el primero. Hoy, nos damos cuenta de qué no era verdad. La sanidad pública empezó a resquebrajarse hace diez años, más o menos, cuando, para que nuestro país no fuese rescatado por la Unión Europea, nos obligaron a recortar todos los gastos superfluos que ellos consideraban que teníamos. Y empezaron por la sanidad y por la educación, que manda huevos con los visionarios. Además de todo esto, que es de por sí lamentable, ahora resulta que algunos de nuestros médicos y de nuestros enfermeros, (as), son unos acojonados que se equivocaron al escoger la profesión y que temen más al virus que a su conciencia, encerrándose en sus despachos sin querer ver a los pacientes. Si a todo este desbarajuste añadimos que nuestros políticos son un desahogados que les han obligado a luchar contra la pandemia sin medidas de protección adecuadas, (ni siquiera UN POCO adecuadas), nos damos de bruces contra una realidad que contabiliza, según las distintas fuentes gubernamentales, de setenta a cien mil muertos, sin contar todos aquellos, como la prima de la que os hablé al principio del artículo, que han muerto abandonados a su suerte porque no eran pacientes prioritarios. Es, sin duda, una paradoja que debería hacerles caer la cara de vergüenza. La señora Casado, el señor Illa, la señora Darias y, sobre todos, el doctor ese que sale todos los días en las ruedas de prensa, el hippie trasnochado que no ha dado ni una en el clavo, pero que tiene todo el tiempo del mundo para conceder entrevistas a los principales apologetas del gobierno, deberían de padecer insomnio permanente, pesadillas horrendas y la valentía de no volver a salir a calle hasta el día de su muerte...

Mientras tanta gente sigue muriendo, vemos, atónitos, cómo unos mediocres juegan a ser tahúres con cartas marcadas. Lo de la lluvia de mociones de censura, los cambios de cromos para que nada cambie y la convocatoria de elecciones anticipadas en Madrid es digno de una película de Buñuel, surrealista a más no poder, o del mejor Berlanga, ácida y costumbrista. Que hagan todas estas mamarrachadas en un año normal sería estúpido. Hacerlas hoy, con el virus campando a sus anchas por las calles, es homicida. Pero no se cortan...; en plena ola de muerte y destrucción del tejido productivo, se han convocado elecciones en Galicia, en el País Vasco, en Cataluña y, ahora, en Madrid. Que se haya hecho por la misma gente que riñe a los ciudadanos por salir a tomar un café a un bar no tiene nombre. Si nos han obligado a estar meses encerrados en casa, saliendo sólo a comprar al súper o a pasear al perro, si nos culpan del cristo que se montó en el verano y después de Navidad, si nos vuelven a encerrar para que no nos desmadremos en Semana Santa, ¿cómo es posible que obliguen a la población a ir a votar? ¿Es o no es una contradicción?

Espero que el ínclito doctor Simón salga uno de estos días a darnos la matraca resaltando que los colegios electorales son seguros, que no corremos riesgo al votar y todas esas sandeces que nadie se cree, ni él mismo, porque, de hacerlo, significa que, además de mentiroso, es un pobre imbécil...

Salud y anarquía.
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