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Sin título

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OPINIóN IR

05/08/2020 A A
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Sin título
Nadie se extrañe del (sin) título de hoy. Pero lamentable, tristemente –el mal humor o cabreo supino no se lo regalo a cualquiera– esta colaboración bien podría tener varios títulos: ‘La carta’, ‘Ay amor, tú no me quieras tanto’, ‘Amores que matan’, ‘Bye, bye love’, ‘No te vayas, vida mía’, aunque este último no sea al caso o, mejor, a mi caso; ‘Pero sigo siendo rey’ y, a mayores, aunque superaría lo acotado para titular: ‘Me robaste el ‘monar’ de mi ‘monarquicano’’, encabezamiento éste que, sin duda, creo, recogería la suma decepción de la generosidad y buena voluntad de muchos demócratas (republicanos o no) anteriores o más antiguos que los «de toda la vida», neonatos al cacareado advenimiento de la democracia, cual que hubiese sido ésta prerrogativa real y no real asunción de clamor ciudadano. ¿O no era tan demócrata el milagrero para los neonatos? Asumir lo reivindicado desde el interior y exterior de España no fue traer, fue, como mucho, sumarse a los demócratas frente a los más recalcitrantes reaccionarios franquistas. ¿A ver si ahora resulta que yo no estaba allí, aquí, en el ‘fregao’, ciudadano, político y callejero, que no majestuoso?

No se me acuse de atentar –verbalmente– contra la institución monárquica. De sí misma es la mano dañina. Dañina hasta el extremo de fechar una carta a un hijo en fecha posterior (3/8/20) a la en que, realmente, ya la intención comunicada había dejado de ser tal, pues ya cumplida ha sido (2/8/20). A no ser, claro, que «te comunico mi meditada decisión de trasladarme en estos momentos fuera de España», sea pasado y no presente como este torpe escribidor entiende. ¿No nos merecemos los españoles alguna palabra más allá de esas referencias a España que tanto suena a esa triste especulación de «unidad de destino…». Prefiero no pensar en albergado vasallaje, porque, entonces, sí se me desbordarían humor y verbo. Aunque a saber, si todo era posible en domingo, más en el Caribe.

Pero qué les voy a contar yo que acabo de constatar cuán difícil es escribir un texto colaborativo en el teclado del teléfono por haber pecado de soberbia al no comprobar previamente que realmente –no se vea segunda intención alguna en este adverbio– se sabe lo que se cree saber (compartir la red del teléfono con el ordenador portátil) cuando, ahora, en verdad les escribo desde un paraíso –mi Bocamar del alma– convertido, si no en infierno, sí en purgatorio merced a la proximidad del punto final.

¡Salud!, y buena semana hagamos, buena semana tengamos. Cuiden, cuídense.
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