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Silencio, por favor

Silencio, por favor

OPINIóN IR

07/05/2021 A A
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Silencio, por favor
El abuelo hablaba poco y la abuela casi nada. Él lo hacía bajito, ella apenas susurraba y se santiguaba sin parar, repitiendo la coletilla «que en paz descanse». Lo hacía tantas veces que parecía que fuesen suyos todos los muertos del mundo. Y si miraban fugazmente a un lado y otro, como buscando un oyente invisible, mejor no preguntar sobre el asunto porque nunca había respuesta. Mateo y Ana llegaron con la infancia herida por el filo de una guerra, aprendieron a vivir con el estómago encogido y la boca llena de silencio porque sabían que el camino hacia la supervivencia era estar callados. Necesitaron décadas para recuperar voz y calma, aunque últimamente parece que levantó la niebla, dejando al descubierto unos recuerdos que pesan como piedras, al oír en las noticias un montón de palabras terminadas en ‘ismo’ que ellos tanto escondieron en la garganta que casi olvidaron que existían. «No sé yo… esto no pinta nada bien», murmura Mateo mientras Ana retoma su vieja costumbre y se santigua. «Tranquila, ésta no nos pilla, somos demasiado viejos». Y aunque de repente han vuelto al silencio espeso, al código secreto y a la voz pequeñita, todos sabemos de lo que hablan. Esta escena es real, ocurrida hace días en un pequeño pueblo leonés. Los abuelos tienen miedo porque el ruido de ese Madrid ya asfixiante y los desvaríos de sus líderes políticos, sobrevuelan montes y rompe la paz de los que tanto lucharon por ella y consiguieron mantenerla a base de silencios.

No es de extrañar que a Mateo y Ana, que tanto saben de prudencia, les asuste el griterío y la violencia verbal con que nos castigan las televisiones, mañana, tarde y noche. Ya es casi insoportable esa galería de personajes sin prejuicios, cada vez más alejados de lo respetable, que empezaron convirtiendo el Parlamento en una charlotada y han acabado siendo sembradores de odio en una campaña electoral histriónica, vergonzosa y preocupante para cualquier ciudadano de bien, especialmente para los viejos, que no han olvidado la fragilidad de la paz con la que esta gente está jugando.

Estamos siendo víctimas de una contaminación acústico-política y cuesta entender el interés de los medios por ahogarnos en esa riada de fanatismo que nos está engullendo. No es lo mismo dos mascarillas gritando fascismo y comunismo en una calle que la responsabilidad de dar audiencia permanente a personas con voz, púlpito y poder para mover masas y alimentar monstruos con consignas de otro tiempo, promoviendo la intolerancia, la deshumanización, la diferencia de clases y el ataque al más débil. Sorprende la impunidad de la que gozan estos políticos y su grado de irracionalidad, no permisible para cualquier ciudadano, para quien supondría el despido inmediato. Y tambien sorprende que en esa refriega a la que han llamado campaña, no se hablase de nepotismo, malversación, desfalco o prevaricación y que en medio de una pandemia histórica que ha delatado el lamentable estado de la sanidad, nadie se haya roto la garganta pidiendo explicaciones de la fuga de dinero público a lo privado para acabar con lo que, más acá del Manzanares, llamamos capitalismo de amiguetes.

Mejor dejar a esos Quijotos, Quijotas y Quijotes viviendo en sus propios espejismos, que confundan vivienda pública con chollo inmobiliario, escuderos recién comprados, en espera de gobernar las ínsulas prometidas, por hidalgos, Zendal por hospital y venteros agradecidos, por votos. Pero, por favor, que guarden silencio. En especial Marcela, «esa endiablada moza» quijotesca que defiende su libertad soltando un alegato sobre una peña, antes de perderse en el monte. Ni Cervantes tuvo imaginación suficiente para inventar la sarta de desatinos que la Marcela del siglo XXI ha usado en pro de la libertad, con una debilidad mental y cultural que si no fuera que no estamos para chistes, sería cómico. No. No hace gracia y es demasiado hiriente que la chulapa más castiza llame «mantenidos subvencionados» a los que pasan hambre, mientras se ha normalizado un Parlamento repleto de parásitos reposando barrigas llenas en escaños de sueldo fácil.

Lamento dar una mala noticia a los madrileños: habéis hecho mal día de feria. Por estas tierras miramos los dientes al caballo antes de comprarlo. Ir a los toros, de cañitas y tapitas, lo hacemos todos y se llama consumismo. La libertad que os vendieron, ya era vuestra y el ambulatorio donde no os atienden, también lo era. Lo consiguieron Mateo y Ana, los asustados, y toda la generación del silencio impuesto que, trabajando como animales, reconstruyeron un país sobre un campo de batalla y conquistaron los derechos y libertades que os han vendido como nuevos.

Como por suerte, España no es Madrid ni Madrid es España, aunque lo parezca por el monopolio que la capital del reino está teniendo de los medios, convirtiendo en periferia a un país entero, tomo las palabras de Teresa Panza en la misiva a su esposo Sancho: La fuente de la plaza se secó, un rayo cayó en la picota, y allí me las den todas.
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