Publicidad
Si hablaran los muebles

Si hablaran los muebles

CULTURAS IR

Ampliar imagen
Toño Morala | 15/01/2018 A A
Imprimir
Si hablaran los muebles
Alacenas, mesas y escaños han sido testigos mudos de la vida diaria de tantas y tantas familias; convidados de piedra de conversaciones y celebraciones, guardianes de los recuerdos, las vajillas y los descansos. Si los muebles hablaran... vaya lección de historia nos regalarían
Y después de limpiar las vajillas de las pasadas fiestas, a guardarlas en las alacenas… “Entró en la casa, se acercó al escaño de la cocina, se dejó caer suavemente sobre él; mientras, ella, se acercó a la alacena, abrió la puerta y, de la estantería sacó un pocillo y una botella de licor casero. Recuperado el hálito, sonrió levemente y se quitó el tabardo… fuera, hacía invierno descarnado… con aquellas manos casi muertas y frías, intentó acariciar al niño que estaba mamando de aquella mujer de ojos color castaño… el llar daba un calor lento y amortiguado, mientras, sobre la mesa, yacía un pan negro y tocino para comer…” Así podría comenzar una historia cualquier atrevido escritor, pero es más fácil volver a la memoria; les pongo en antecedentes. En la cocina… -¡Trae del cajón de la alacena el abrelatas…! Ni corto ni perezoso, se acercó a la alacena y abrió el cajón, pero con tanta fuerza, que todo se cayó al suelo; la bronca fue terrible… los cubiertos por el suelo, el sacacorchos, algunas agujas raras, imagino que para mechar carne o algo parecido… -¡Siéntate en el escaño y no te muevas de ahí!, sentenció la madre. Menudo disgusto, todavía recuerda las lágrimas salidas de aquellos pequeños ojos, y la rabia por haber cometido aquel desaguisado; si hubiera tenido un tope el cajón de la alacena por dentro, eso no hubiera pasado, pero no lo tenía; ser pobre era una cosa, pero ser pobre y poco manitas para las cosas de la casa , era otra. Cosas sencillas para que no llegara la bronca de turno y el desenlace final de ver todo por el suelo, y además la madre no te dejaba coger nada por si te pinchabas o te cortabas; pero lo peor es que, además, el pomo era de hojalata redondo y desgastado, se partió… ya no les sigo contando, no vaya a ser que además les de pena. En otra ocasión, alguien dejó la puerta de la alacena de arriba abierta, justo la que daba para la entrada de la cocina… ¡zas!, coscorrón del padre que venía con prisas para comer, menos mal que no tenía cristales, pues era una alacena con las puertas de rejilla. Ya verían a las mujeres de la casa cuando se acercaban fiestas, tanto las patronales, como las navidades, o algún aniversario, pues cumpleaños y otras historias, se celebraban pocos… Pues como iba relatando, las madres y hermanas mayores, se ponían manos a la alacena, lo sacaban todo para limpiar… y quedaba todo como la patena. Pero siempre, o casi siempre aparecía alguna sorpresa dentro de aquellos muebles tan apañados. Imagínense… durante un largo periodo de tiempo, se buscaba por la casa una aguja de aquellas de hacer ganchillo, pues, como no podía ser de otra manera, aparecía detrás de algunos platos dentro de la alacena. En otras ocasiones, y también en la estantería de arriba, la famosa lata de galletas o de dulce de membrillo llena de recuerdos de la familia, algunas cartas, fotografías, postales, alguna medalla y cadena… algún escapulario, algún reloj de cadena de los abuelos; en fin, cosinas que se guardaban con amor y nostalgia en aquel armario denominado alacena que estaba bien en las cocinas, o bien en los comedores y en algunas salitas.

En las ciudades de la Europa occidental de la Edad Media, las artes, la industria y el comercio adquirieron un esplendor no conocido hasta entonces, y al lado de los artistas que seguían las tradiciones de los monasterios surgieron otros en correspondencia con los arquitectos laicos. De entonces, datan las magníficas obras de carpintería y de escultura en madera: cofres, armarios, arcas, bancos decorados con pinturas, todo ello muy portátil a propósito para ser transportable en carros o sobre mulas cuando el dueño cambiaba de residencia (como ya sabemos ésta fue una época caracterizada por las peregrinaciones). Los monarcas y terratenientes medievales llevaban una vida nómada. Por esta razón, el mobiliario era, o enormemente sólido y pesado para poderlo dejar en su sitio cuando se abandonaba temporalmente una vivienda, o bien fácil de transportar. El bargueño es un mueble de carácter noble y oscila entre lo culto y lo campesino, ya por su tosca y sencilla elaboración y por la decoración que lo enriquece. Es un mueble con una puerta abatible en el frente y numerosos cajoncillos y gavetas. La decoración del mueble puede ser tallada o dorada, tiene policromías o incrustaciones de hueso y madera (taracea) de origen puramente mudéjar. Se colocaba siempre sobre otro mueble a modo de mesa con fijadores de hierro y llamado pie de puente. Otros fueron los plateros y alacenas, que servían para guardar cosas; son los que están conformados por estantes o baldas de forma escalonada. Pueden ser abiertos, como los plateros o vasares, o cerrados, con puertas y cajones, como las alacenas.

También en las casas pudientes se guardaban en estos muebles diversas cerámicas en grandes cantidades. La construcción de estos muebles era extremadamente sencilla y se componía de dos tablas verticales unidas a un número diverso de baldas horizontales y unidas por pasadores de madera. También podía cerrarse la parte trasera con tablones. Las alacenas eran armarios que se usaban para guardar ropas y objetos litúrgicos y se comenzaron usando siempre en las iglesias, nunca en las casas seglares. Se usaba también para albergar la vajilla y la comida, de ahí que muchos de estos muebles tengan una rejilla de ventilación. No eran infrecuentes las alacenas empotradas en la pared. Algunas se decoraban con una rejilla propiamente dicha, bien de origen mudéjar, como también podía estar hecha de barrotes torneados o abalaustrados, o incluso podía ser un calado de formas recortadas y simétricas. Las puertas opacas, sin rejilla, podían ser lisas o tener decoración de forma rectilínea y geométrica. La tradición indica que la alacena se debe ubicar en la cocina o el comedor, cerca de la mesa donde se realizan las comidas y cenas en el hogar. De hecho, el principal objetivo de este mueble era guardar los enseres. El afán de las familias acomodadas de mostrar la vajilla y los cubiertos (a menudo, piezas caras y lujosas) derivó en el uso de baldas descubiertas, para que tales utensilios quedaran a la vista en cualquier momento, no solo durante las comidas.

En Egipto, durante el Imperio Antiguo, existían algunas mesas simples en forma de pedestal, cuya función era la de separar la comida del suelo. Estas mesas derivaron probablemente de los soportes sobre los cuales se colocaban platos o tazones para servir la comida. Además de las mesas, en las casas también había taburetes de tres patas. Sin embargo, no había mesas de comedor para servir a varias personas a la vez. Las mesas ya eran utilizadas en la antigüedad greco-romana, en la que tenían una función litúrgica, además de ser utilizadas para el comercio y la industria, y en el ámbito doméstico. Este tipo de mesa, conocida como mesa délfica, era redonda y tenía tres patas. Horacio la llamaba “mensa tripes” y Cicerón, “tripodanea”. Los antiguos griegos utilizaban las mesas más frecuentemente que los egipcios, pero tampoco tenían grandes mesas para comer. Otro de los muebles importantes de las cocinas, era el escaño, siempre cerca del fuego. En él, se comía sobre una tabla abatible que servía de mesa, -también llamado babero- otros escaños no tenían la tabla y sí tenían una mesa cercana… en el escaño y los taburetes de tres patas se hablaba y contaban historias; en los escaños, también se dormía… las diferentes formas de escaños conforman una amplia oferta, ya que se intentaban acoplar al sitio y dimensiones de la cocina. Qué tiempos aquellos donde nuestras cocinas se vestían con alacenas, escaños, mesas… y mucha dignidad.
Volver arriba
Newsletter