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Sentir y saber

Sentir y saber

OPINIóN IR

15/06/2020 A A
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Sentir y saber
Parece ser que hay enigmas que necesitan ochenta años para manifestarse. Y coronas que hay que esperar ochenta años para ceñírselas uno mismo. Cumplir 79 años es una de ellas. Es asomarse a la boca del pozo de los ochenta y ver, allá abajo, el sueño coagulado de un agua que ha alimentado la existencia hasta llegar aquí, librándole a uno de tantos y tantos peligros, el último este Covid 19 que los dioses han enviado a un mundo regentado por muchos necios (Trump, Maduro, Bolsonaro, etc.) acaso con el fin de recordarles que para los humanos la vida es otra cosa diferente a lo que ellos piensan.

Un libro muy especial reclama atención desde la biblioteca. Se trata de una antología poética titulada ‘La vida del campo’ de la que es autor el anciano sabio jesuita leonés Eutimio Martino y publicado en 1967 en Salamanca. Este ejemplar es un regalo del mismo autor el año pasado en Cistierna, cuando Martino dictó una conferencia de hora y media, de pié, con 94 años cumplidos, y sin un solo balbuceo en todo el tiempo. La dedicatoria dice: «Para José Antonio Llamas, también poeta». Y es ese inquietante ‘también’ lo que el cronista considera la mayor honra que ha recibido en su vida, pues, teniéndole al autor por sabio, justo, y sincero, no pude sospechar del veredicto.

El libro reproduce y glosa 24 poemas de 24 autores, desde Homero hasta Aleixandre, pasando por Garcilaso y Góngora, que hablan de la vida del campo. Homero y Hesiodo son los primeros. Y cuando llega al segundo, afirma: «Homero siente, Hesiódo sabe». Y el sabio sajambrino, (de Oseja de Sajambre) cuyos libros sobre la conquista de Cántabros y Astures por los romanos, o sobre Don Pelayo son objeto de culto entre la gente, o grupo, al que pertenece el cronista, establece ya su posición firme al respecto.

Ese es el dilema: Saber o sentir. No hay otro. «Hesiódo sabe. Sabe lo que es la vida del campo, lo que es y lo que debe ser. Y es poesía, casi siempre». Por eso aconseja en ‘Los trabajos y los días’, ya terminada la faena: «Bebe entonces vino, a la sombra, la cara vuelta hacia el viento leve, junto a fuente manante, perenne». En cambio, Homero siente. «Muchachos y muchachas, pensando en cosas tiernas, llevaban en canastas de mimbre el dulce fruto. Entre ellos un muchacho tocaba clara cítara». Son escenas grabadas en un escudo.

Ahora, asomado al brocal, se trata de comprobar si se ha escogido bien, de acuerdo con aquellos que fueran sus propósitos. Cantar o beber. Cosechar o tocar cítara.
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