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Sentido común

Sentido común

OPINIóN IR

03/03/2017 A A
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Sentido común
Finaliza el gobierno de Don Carnal y da paso al recogimiento de la cuaresma. León huele a incienso y suena a bandas cofrades, que sacan fruto a la preparación de todo un año para una semana en la que la hostelería se frota las manos. De siempre, en este país de raíces cristianas, Don Carnal ha gozado de sus excesos hasta el entierro de la sardina, para, una vez pasado ceniza, guardar respetuoso silencio durante la abstinencia de preparación hacia la Pascua.

Pero parece que este año Don Carnal nos guardaba su última payasada, que vociferada por los medios ni pizca de gracia ha desatado. No me refiero con esto a la acertada recuperación de los antruejos en la ciudad de León, si no a la Gala Drag Queen del Carnaval de las Palmas de Gran Canarias, donde una virgen se desnuda hasta la aparición de un figurante crucificado soltando provocaciones, todo ello con una puesta en escena en la que aparece rodeado de nazarenos simulando una procesión. Seguramente mi perspectiva parcial y provinciana, que dirían algunos, no me abre el campo visual lo suficiente como para poder distinguir algún tipo de expresión artística en esta sátira, si es que se puede meter debajo del paraguas de este género. Por ello me cuesta creer que alguien quiera plantear una actuación de este tipo sin la idea de molestar a cierto sector, provocando así las previsibles reacciones que le abran el trampolín a la fama de los medios de comunicación, incapaz de llegar a ellos por otros méritos. Sumado a esto, la polémica se revuelve con las palabras del obispo de Canarias donde mezcla, de una manera desafortunada e innecesaria, la actuación con el fatal accidente de Spanair. Cierto es que la comparación hecha por el prelado no goza ni de oportunidad ni de fundamento, pero no por ello normaliza la falta de respeto previa.

Otras veces en este espacio he defendido la falta de tirón del cristianismo, ese no estar de moda en nuestro país, seguramente fruto de años de comunión obligatoria, parece abrir la puerta y justificar sátiras de este tipo, en una carrera hacia la transgresión y la provocación en la que sería deseable que los límites los pusiera el sentido común y el respeto, no por parte del artista, que ha dejado clara su falta de intención o altura de miras para hacerlo, pero sí de la propia organización del acto que ha de ejercer su filtro, y que, seguro, cerraría el tamiz para representaciones similares donde la temática atacara a otras confesiones, en las que el miedo a las consecuencias cotiza al alza.
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