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Sellos

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OPINIóN IR

09/01/2022 A A
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Sellos
Entre la letanía de subidas de precio anunciadas para este nuevo año cuentan que figuran los sellos de correos, esa reliquia, ese artículo de culto para coleccionistas. Hubo un tiempo en que se iba al estanco a por tabaco y a por sellos, y era normal tener en casa una reserva de ellos, junto a sobres y papel específico para cartas, otras dos antiguallas. Hubo un tiempo en que se escribían cartas, no solo de amor, se enviaban postales desde nuestros destinos de vacaciones e incluso se felicitaban las navidades con algo mucho más personal que una memez telefónica. Al menos se añadía, como poco, una rúbrica de puño y letra en esas felicitaciones. Hubo un tiempo en que firmábamos, un anacronismo.

El caso es que los sellos no harán tambalearse nuestro poder adquisitivo o como se llame eso que nos acredita y nos mide como consumidores, lo que queda de nosotros como personas. Pero el epistolar fue un género más que provechoso a lo largo de la historia, hasta el punto de que buena parte de ella, la general y la más íntima, solo puede conocerse e interpretarse a partir de la correspondencia mantenida ente individuos. Aunque no pensáramos ni por un momento en que fuésemos a figurar en las crónicas de nuestro tiempo, lo cierto es que siempre hemos guardado con celo y con cariño las cartas que hemos recibido, hasta las más triviales; muy probablemente no las hayamos vuelto a releer nunca ni lo vayamos a hacer, pero viajan con nosotros de mudanza en mudanza como parte sustancial de nuestras vidas, como un álbum de fotografías o un regalo de compromiso. Son o eran esencia del ser.

Dicen que por falta de tiempo ya no nos dedicamos a esas artes, ni siquiera en formato electrónico. Pero no es verdad. Hemos renunciado a comunicarnos de una manera sosegada y reflexiva, como nos permitían hacerlo las cartas, y hemos optado por una mensajería sincopada y sin alma. Enredamos nuestro tiempo en las pantallas; un tiempo, si bien se mide, más que suficiente para la vieja y delicada escritura.
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