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Santos: "Una vida como la mía creo que merece un siglo"

Santos: "Una vida como la mía creo que merece un siglo"

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Fulgencio Fernández | 24/05/2020 A A
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Santos: "Una vida como la mía creo que merece un siglo"
LNC Domingo Santos el de Valverdín cumple 100 años y lo hace con un orgullo, el de poder decir que ha sido una buena persona, y con una esperanza, la de poder salir un día a pescar, "que fui buen pescador, con la cesta vacía no volvía"
Un hecho marca los recuerdos de Santos y a su vez le define como persona. Era en la guerra, él era casi un nadolescente y llegó a Valverdín Ángel, un maestro de la zona del Curueño que venía de Orzonaga. Santos le escondió en su casa, se la jugó entonces, y con el tiempo sería Ángel quien le ayudó a él.

En su relato Santos jamás habla de un bando u otro, sólo de personas.

- Pero, ¿Ángel qué era?
- Maestro, un señor maestro muy preparado. Luego parece que lo mataron, me dijo un pariente, ¡qué pena aquellas cosas!

Santos admira a la gente que él llama preparados. Por eso le gusta contar que cuidó las vacas con Basilio (Basilio Fernández, premio Nacional de Poesía en 1992), te habla de Manolo el veterinario y vecino, de los maestros... «Estudiar es lo más bonito que hay, saber».

Siempre mira este centenario con otro prisma, con otra mirada humana y cuando recuerda que él mismo pasó por la cárcel hace un análisis singular. «Tenía 16 años y no se puede detener a nadie con esa edad, eres casi un niño, eso es inhumano».

Y cierra ese repaso de aquellos años tristes con la única frase que su modestia no le impide pronunciar: «Puedo decir que nunca le he hecho daño a nadie y el que diga lo contrario miente». Para rematar, «y pude hacer daño, ya sabes, pero nunca quise, por nada del mundo».

Lo saben bien sus vecinos, que también recuerdan a Tuto, su hermano, otro gran tipo al que sólo sacaba de sus casillas su poco amor por el Real Madrid.

- Santos, que ya cumples cien.
- ¿Y no crees que lo merezco? ¿No te parece que una vida como la mía merece vivir un siglo?

Y te argumenta la justicia de que logre llegar a los cien años —«creo que voy a ser el primero del pueblo, no hay nadie en el cementerio con esa edad»— repasando su vida de buen trabajador. «Es malo ponderarse. No se debe ponderar uno, pero en casa siempre fuimos muy trabajadores, pero también de ahorrar, nos gustaba que hubiera algo de dinero en casa, para las necesidades».

- ¿Y también de pescar?
- Mucho, fui muy de río, me gustaba y se me daba bien, cuando volvía para casa la cesta pesaba.
- ¿Vendías las truchas?
- Sí, claro, sacabas unas perras, ayudaban. Yo le vendía muchas a la Venta de la Herrera.
- ¿A qué pescabas?
- A todo, a lombriz, a gusarapa, a pluma… me dieron la vida en aquella época. Alguna vez fui a pescar al pueblo de mi padre, que era de Guisatecha, ahí para la parte de Omaña, era bueno ese río para las truchas.

Y se le ha quedado el gusto por esa afición pues entre los planes de futuro de Santos está... «poder salir un día al río a pescar. Si pasa ahí mismo, es bajar con cuidado y yo creo que alguna todavía pica».

- Pero no tendrás licencia.
- Hombre, a mi edad, ¿tú crees que van a andar con esas menudencias?

A veces también le dice a Mayte, otra sobrina, que la desafía a subir a un monte... eso sabe que es broma, pero lo de ir a pescar lo tiene metido en la cabeza y no sé yo.

Santos lleva bien este confinamiento —«nunca imaginé una cosa así, pero...»— aunque echa de menos algunas costumbres, como la de jugar la partida o salir el domingo con los sobrinos a tomar el aperitivo. «Aunque los dos vinos de Canei el domingo no los perdono, los tomo aquí en casa, prestan más en el bar porque hablas con la gente».

- ¿Y el cigarro?, que lo apuras hasta el final, ya casi te quemas.
- Fumo tres o cuatro al día, ¿ya qué daño me van a hacer a esta edad? Y me prestan por el vivir.
- ¿Es verdad que dices que eres más fuerte que El Cid?
- No, más fuerte no, digo que soy más valiente que El Cid, porque nos tocó una época que hubo mucho de todo y aquí estamos.

Insiste a su sobrina Toña para que no le sujete para las fotos, que se vea que camina solo. Sale a despedirte, te enseña la cesta de pescar. «Cuando queráis volver... aquí está la casa».

- ¿Y vamos a pescar?

La cara de pícaro lo dice todo.
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