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San Martín de Alión, rincón de paz y silencio

San Martín de Alión, rincón de paz y silencio

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\ Ampliar imagen \"Hay momentos, en que uno necesita estar solo, en silencio, en contacto íntimo con la naturaleza\". Para ellos existe, San Martín de Alión. | MANUEL R. PASCIUAL
Fulgencio Fernández | 07/06/2021 A A
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San Martín de Alión, rincón de paz y silencio
Tesoro de los lunes La iglesia de San Martín de Alión, en Las Salas, es el rincón que nos propone Manuel Rodríguez Pascual. Solo quedan en pie los restos, pero allí sigue la historia y la magia de un lugar para disfrutar del arte y la naturaleza
El flechazo de Manuel Rodríguez Pascual y el mundo de la ganadería de ovejas, la trashumancia y todos los derivados es de los más sinceros y fructíferos que se conocen. Manuel se acercó a los rebaños, siguió su camino por curiosidad e investigación, por cercanía a su profesión de veterinario y fue quedando enredado en un mundo que le atrajo con tanta fuerza que se ha convertido en el mayor experto, autor de libros de referencia, verdaderas enciclopedias —La trashumancia; Cultura, cañadas y viajes, y un largo etcétera— hasta ser un personaje de referencia, defensor de las escuelas de pastores, del futuro de la lana merina y un sin fin de datos; además de una impresionante parte humana pues no hay pastor trashumante, ni habitante del último chozo que no conozca y admire a Manolo. Lógico pues es complicado a encontrar a alguien más generoso a la hora de compartir lo que sabe, que es mucho más de lo imaginable

Con Manuel Rodríguez Pascual nos vamos a su rincón favorito. Volvemos a apostar y nos volvemos a equivocar, nadie quiere caer en la obviedad.

- Manolo, ¿nos llevas a un chozo o una majada?
- Pues no. Aunque te reconozco que donde vamos sí hay algo que se busca en chozos y majadas, tranquilidad, paz.
- ¿Dónde vamos?
- A un lugar, Las Salas, que aunque no es mi pueblo sí lo es de alguna manera. Y una vez allí, a muy pocos metros del pueblo, a los restos de la iglesia de San Martín de Alión.

Y desgrana Rodríguez Pascual los motivos de su elección: «Hay días, hay momentos, en que uno necesita estar solo, en silencio, en contacto íntimo con la naturaleza, no para pensar o tratar de resolver un problema urgente, sino simplemente para dejarse llevar por la quietud y la paz del lugar; y disfrutar de un cielo limpio, o de las nubes que a veces toman formas caprichosas, del sonido de los pájaros, de la luz del atardecer o de los paisajes que desde allí se divisan. Para ello, se precisa un lugar especial, y lo encuentro en los restos de la iglesia de San Martín de Alión, una de las más antiguas de la Montaña Oriental leonesa».

Ya estamos en este monasterio que fue donada en el año 874 por el rey astur-leonés Alfonso III, al monje lebaniego Sisnando, para establecer un pequeño cenobio con el fin de repoblar esta zona y aprovechar sus recursos naturales. «Y en sus proximidades, nacería el primitivo caserío de Las Salas. Aún hoy, subsiste el topónimo de “tierra del monasterio”. Esta pequeña joya, se localiza al lado del pueblo de Las Salas, en la montaña de Riaño, enfrente del molino, justo en la bifurcación que desde la N-621 se dirige hacia Lois».

Ya ha explicado Manuel Rodríguez Pascual que del monasterio sólo quedan algunos restos, y las fotos lo explican con más claridad. Pero son retsos conservados y en los que se observa la magia del rincón elegido. «El verano pasado, con la financiación de la Junta Vecinal y la Asociación Cultural “El Escubiello”, en trabajo comunal por los más jóvenes, se cubrió el suelo con arena y césped artificial para evitar la proliferación de malas hierbas y zarzas, quedando un espacio libre y diáfano, apto para actividades culturales. También  se colocó un banco de madera, adosado a la pared en una de las esquinas, construido por Alfredo –un hijo del pueblo, siempre dispuesto a ayudar- que también realizó la verja de entrada, en la que un código QR aporta la historia del lugar».

Una vez ubicados en este lugar, en los restos del monasterio, es fácil dar otro paso para saber aquel lugar donde Manuel encontra esa paz que a veces busca: «ese lugar y ese sencillo banco de madera, se han convertido en uno de mis lugares preferidos, para sentarme al caer la tarde y, sin pensar, vagar con la vista hacia la izquierda para contemplar la Peña Castillo, allí dónde Fernando II tuvo su castillo, que concede –con otros- como arras a su segunda esposa, Urraca López de Haro, hija del Señor de Vizcaya; al centro, para observar la inmensa montaña caliza de Las Pintas; y a la derecha, la mirada se detiene en El Castro, una antiguo asentamiento prerromano, coronado por El Jaido con su espléndido hayedo. Todos estos lugares, se llenan al atardecer de una luz suave, cálida y acogedora que me envuelve  y me trasmite sosiego y  tranquilidad. Es para mí un sitio mágico, donde fluyen buenas vibraciones, quizá el recogimiento del lugar y las piedras milenarias contribuyen a ello».

Apetece el viaje, seguro, pero sin olvidar la última recomendación de nuestro acompañante de este lunes: «Amigo viajero, si amas la historia y la naturaleza, te invito a visitar este lugar, pero por favor, no lo profanes con gritos o conversaciones inútiles, simplemente siéntate en el banco, sin prisas, apaga el móvil, apoya tu espalda en las piedras de la pared, siente su caricia e historia, y déjate llevar, en silencio, por el paisaje, la luz y el rumor del atardecer. Me lo agradecerás».
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