Publicidad
Rocío Carrasco: talento leonés para aportar luz al caso

Rocío Carrasco: talento leonés para aportar luz al caso

ACTUALIDAD IR

Ampliar imagen
Luis Artigue | 15/06/2021 A A
Imprimir
Rocío Carrasco: talento leonés para aportar luz al caso
Tribuna Hablamos con una juez de instrucción, una psicóloga sanitaria y una víctima de violencia de género sobre el mediático caso Rocío Carrasco
Una psicóloga con la inteligencia narrativa de los jueces. Un juez con la inteligencia narrativa de los narradores. Y un narrador...

En medio de este verano con luz de increíble belleza, con tardes que le ponen al cielo una tonalidad como de trigo ardiendo, existe una forma inopinada de hacer reporterismo.

Nos referimos a esto de irse de vinos con una joven gafapasta, a la postre juez de juzgado de instrucción, con veinte años de experiencia en guardias y sentencias de casos penales, y con una voz de reyerta como la de Paco Rabal pero en versión mujer liberada, y agresiva y suficientemente preparada. Posee en el rostro la claridad de los clásicos, y, por eso, no se confunde a sí misma con una chica Vogue. Sin embargo llama la atención que cuente con la capacidad de escandalizarse moralmente de una señora del siglo pasado.

-¿Derecho con perspectiva de género? Yo no tengo ni idea de lo que es el derecho con perspectiva de género. O, si lo sé, no creo que aporte mucho (nos ofertan cursos de formación continua sobre perspectiva de género por jurisdicciones, y yo tengo el de la civil y la penal, pero no me han aportado nada nuevo para mi trabajo –para el desarrollo de los procesos penales, me refiero-).

Se trata de una chica de armas tomar y de familia bien, erudición no exhibicionista, sesgo conservador disimulado y el rigor y la bravura conversacional de un toro de lidia. Mira y bebe con el desparpajo semi-clasista, femenino, educado y decidido de un personaje de Luis Buñuel en El discreto encanto de la burguesía. Y sabe ser rotunda sin mover ni una ceja:

-El caso de Rocío Carrasco es una exageración televisiva que dudo que ahora, después de tantos años, pueda tener recorrido judicial, ya que una parte ha prescrito, otra ya ha sido juzgada y, además, no se ha acudido regladamente a un juzgado sino oportunistamente a un plató de televisión…

Asimismo hay en su voz entre rústica y wagnerianamente ibérica algo de mujer que ha asumido en su verbalidad, en su verdad, todas las mentiras desmentidas del feminismo burgués:

-Creo en la ley y en el sistema judicial, y sé que funciona… Como todos los jueces yo tengo mis ideas, pero no las saco a relucir en la sala…. La ley es la ley, y yo no creo que haya, al aplicarla, diferencias en el hecho de que quien juzgue sea un juez y una juez… Yo no he percibido nunca, en lo que se refiere a mí, ningún tipo de discriminación ni laboral, ni de trato, ni de sueldo, por el hecho de ser mujer, la verdad.

A media charla, a media copa de sangre de toro por decirlo con un verso zamorano de Claudio Rodríguez, se nos une a la plática una psicóloga sanitaria que trabaja mucho y a vocacional destajo con lo del maltrato de género, doméstico y demás familia psicosocial. Hemos quedado para conversar desde el conocimiento sobre este tema del que a menudo se habla desde la opinión como si ésta fuera conocimiento: el tema de Rociíto, de Antonio David, de si la presunción de inocencia primero o primero la protección del débil, en fin, todo eso.

Y mi copa de vino no hace otra cosa que acabarse.

-El maltrato de género es un abuso de poder ejercido con violencia física o psicológica en el contexto de una pareja que mantiene una relación tóxica de control ,dominación y dependencia –define la psicóloga sanitaria; una mujer pasiva-agresiva estándar con atractivo aspecto de ángel uniformado con traje tres piezas de falda, chaleco y chaqueta gris ejecutivo, porte de vedette tecnicolor y maneras de quien no perdería la compostura aunque la dieran con un palo, por las mañanas, pero ahora a media tarde toda ella, como una sirena tardoadolescente de cabellos de alga, embutida en ropa deportiva o descuidada o informal, la cual la hace estar ahí, ante mí y junto a la juez que se diría que nos supera en status, sin deponer aun así ni un instante su elegancia vital disimulada mediante una mirada neutra y una media sonrisa imparcial que imposibilitan deducir lo que siente-. Y, visto así, sobre todo el maltrato de género es una bomba convivencial que estalla, y produce dolor, sufrimiento, desesperación, humillación, anulación, ansiedad, depresión, heridas, cicatrices y taras de todo tipo…

Pero la juez, planta de mujer rotunda, operística y pianísima como María Callas que fuma con estilo de gran dama de la Rive Gauche del París de los 20, que fuma y conversa como la mismísima Djuna Barnes en el Café Les Amateurs de Montmarte, hoy parece una máquina de apostillar:

-El maltrato de género yo añadiría que es un delito cuando hay eso que dices, pero no de manera puntual sino reiterada –matiza nuestra jueza hipnóticamente seria en apariencia, pero en el fondo ácida, sofisticada y profunda como la voz de Billie Holliday. Y lo hace así, sin deponer la gracia enharinada de su rostro blanquecino, y como recelando castizamente del afrancesamiento sutil de la profesional de la psicología, al cual opone esta juez el deje de rabia ibérica que desde 1808 viene combatiendo intelectualmente todo eso de que un español es un francés venido a menos-. Tú, como psicóloga piensas primero en el dolor y el sufrimiento porque en ese asunto eres como el médico de cabecera que escucha, apoya y previene, pero yo, en cuanto que juez, soy el oncólogo: no estoy para apoyar ni prevenir sino directamente para juzgar y aplicar la ley en casos de maltrato ya en fase avanzada. No actúo por temor a que pueda haber maltrato en una pareja, sino porque ya lo hay. Por ejemplo para dictar una orden de alejamiento en un caso así tiene que haber indicios de delito, y riesgo de reiteración. Piensa, pues, que en un caso puntual de maltrato, cuando se os pide ayuda, el equipo psicológico vais a actuar ya, pero nosotros los jueces, si no existe riesgo de reiteración, pues a lo mejor aún no (entiéndeme, lo de a lo mejor no si no hay riesgo de reiteración es en relación a adoptar o no en ese momento medidas cautelares de protección, pero, en cualquier caso, el proceso sí sigue adelante, si hay indicios, hasta la sentencia si es que no se archiva antes).

-Pues ése es el problema –se queja sutilmente nuestra psicóloga agitanada como una diablura andaluza en la España de faralaes-. Nosotros, cuando realizamos una intervención en un caso de violencia de género (trabajo en un programa específico diseñado y financiado a nivel autonómico e implementado municipalmente), una vez que la mujer –digo la mujer porque es lo más frecuente- acude a solicitar cita con las trabajadoras sociales, se realiza un screening de valoración del riesgo, y se le ofrece la ayuda disponible de utilidad en ese momento para esa persona. Entre esa ayuda técnica y práctica, tenemos el apoyo psicológico, que no muchas mujeres están suficientemente preparadas para aceptar. La consigna es dar prioridad en la intervención a estas mujeres, y realizar una buena acogida terapéutica, y ofrecer terapia psicológica inicial. Lo hacemos para tratar de evitar el dolor y el sufrimiento (a diferencia de la ley y los jueces no pensamos en el castigo; nuestro objetivo es reparar el daño). El sistema se pensó para establecer coordinación entre servicios sociales, servicios jurídicos, sanidad, policía y educación, pero, en mi opinión y por mi experiencia, aún hay mucho que hacer al respecto… Luego, cuando hemos intervenido, valorado y diagnosticado, los afectados y la ciudadanía pide a jueces y fiscales que hagan eso, que juzguen el dolor y el sufrimiento. ¡Pero resulta que tan sólo pueden juzgar el cumplimiento o incumplimiento de la ley!

-Lógico –subraya nuestra jueza con la impavidez del mármol, así, cortando por lo sano los intimismos, delicias y primores de la utopía psicológica, mientras nosotros no podemos dejar de fijamos en sus manos de mujer que, en realidad, son manos de niña por esbeltas y en breve, manos blancas, pálidas, sutilísimas que se crispan al contacto de la violencia social.

La psicóloga guarda silencio y deja hablar como Jacques Lacan en su consultorio.

Y nosotros, aquí, en medio, no olvidamos, pero casi, que estamos haciendo periodismo de actualidad como quien le pone al tiempo su estribillo mediante este escuchar a mujeres doctas y experimentadas con su fuego amigo, con sus dentelladas sucesivas de miel y vinagre, que verdaderamente iluminan.

-Ya, pero, desde el lado de quienes trabajamos al pie del cañón con las víctimas, a veces creemos que la ley se esfuerza en poner un límite para que podamos convivir. Ése es el cometido de la ley. Sin embargo, en lo referente a este tema, ese límite se puso hace tanto tiempo, o se redactó con una mirada sobre el tema de hace tanto tiempo, que no atiende a la nueva mirada que hoy tenemos sobre el maltrato de género ya ni tolerado ni aceptado ni escondido ni justificado. Por eso la jurisprudencia, y la interpretación judicial de la misma, creo que ha de estar en primer lugar cerca del sufrimiento y del dolor y la desesperación, en estos casos… Mira por ejemplo el caso de Rociíto. Todo el mundo es el tema favorito de sí mismo salvo una mujer maltratada: por eso es tan admirable lo de Rociíto, lo de que haya elaborado su relato de maltrato, y lo haga público. Y es que el maltrato de género históricamente siempre ha pertenecido a la esfera privada (y te hablo ya de usos y costumbres), y tenemos muchos prejuicios contra quien lo hace público. Es un prejuicio atávico. Pero desde el ámbito psicológico avanzado estamos trabajando mucho por hacer pedagogía social en el sentido de que no es cierto que el dolor del maltrato de género sea algo que debemos ocultar ni dejar de puertas para adentro. Debemos implicarnos los de fuera, y colaborar para que salga a la luz, y para que sea señalado y recriminado y juzgado, pues en caso contrario, si no somos capaces de poner en primer lugar la eliminación del dolor. Necesitamos ser garantistas con la parte más débil para humanizar la sociedad.
La juez realista (de realidad, pero también de regio); la juez como una intimidante combinatoria de lo técnico, lo amistoso y lo exquisito; la que no muestra su deje conservador sino sólo cada vez que hace saber sin decirlo que es una persona y no un personaje en esta crónica periodística, es un cerebrito años 90 tan brillante y calculadamente hablador como acostumbrado a reprimir el delirio. La psicóloga, por el contrario, desde su alegría de recién venida de los años 80 con el pelo alborotado por culpa de una canción, aunque también es un cerebrito (hizo la carrera de psicología en catalán en la Universidad Autónoma de Barcelona a pesar de ser leonesa, también es economista, Master MBA Internacional en el Instituto de Empresa y habla séis idiomas) se muestra más allá de lo profesional muy cerca del dolor igual que una bailarina gitana, Carmen Amaya la taconeadora que no da puntada sin hilo enhebrándolo todo sobre el suelo con sus zapatos de tacón psicológico, asistencial y sanitario.

-Hay que poner muy en valor el hecho de que Rociíto se haya atrevido a hacer público su relato –puntualiza la profesional de la psicóloga como quien borda en un almohadón esa frase de Albert Camus que dice “entre la justicia y mi madre prefiero a mi madre”-, pues eso la va a estigmatizar socialmente. Pero lo bueno es que también hay en la sociedad quien por ello la va a reconocer, y quien va a seguir su ejemplo. Y aún así sacar a la luz el relato como lo ha hecho ella no es fácil, porque estamos hablando de intimidad, de dolor, de sentimientos personales que duele poner en palabras, y porque darse cuenta de que tus cosas familiares no han ido bien ni van bien es muy doloroso, más aún si tu autoestima está resquebrajada.

-Ya, pero la ley es la ley, y yo juzgo según la ley y no según la opinión pública o los sentimientos –matiza esta juez con veinte años de experiencia profesional en diferentes juzgados de instrucción-, y es muy peligroso dar pábulo legal al relato de una mujer sólo por el hecho de serlo, pues todos hemos de ser inocentes hasta que se demuestre lo contrario, eso lo primero, y además han pasado ya años, y pueden haber prescrito los supuestos delitos… El caso de Rociíto, hasta donde yo sé, se investigó y se archivó, sin llegar a juzgarse (el proceso se divide en dos fases: la de instrucción y la de enjuiciamiento; cada fase corresponde a un juez distinto, para evitar la contaminación, y solo se llega a la fase de enjuiciamiento si hay indicios suficientes para sostener la acusación; esta es la fase del juicio y la sentencia, que valora sobre el fondo y condena, si hay pruebas, o absuelve, si no hay pruebas o hay dudas. Este no fue el caso de la denuncia de Rociíto, que se archivó en la fase de instrucción… Y es que la ley y la psicología, como la ley y la opinión pública, son cosas distintas. El Código Penal dice lo que es delito en este tema, y yo, como todo juez, solo analizo si los hechos denunciados encajan en el tipo penal, y si hay pruebas o no de su ocurrencia. Y si te lees los artículos del Código Penal sobre violencia de género y doméstica (Art. 153, Art. 171, Art 172 y art. 173), verás que los delitos no coinciden exactamente con el concepto psicológico, ya que de hecho la ley no contempla la dominación o el control, y castiga tanto actos aislados como habituales… Además las sentencias del Tribunal Supremo que han sentado jurisprudencia en esto, en este asunto del relato de la víctima de la violencia y su valor probatorio, en sus fundamentos de derecho señalan como ha de producirse ese relato y qué características ha de tener: la declaración de la víctima se considera que cumple con los requisitos para ser tomada como prueba de cargo única cuando cumple con los requisitos de credibilidad subjetiva y objetiva, persistencia en la incriminación y existencia de corroboraciones periféricas respecto a los hechos que son constitutivos del delito de maltrato habitual. Y ha de percibirse asimismo en la declaración de la perjudicada una coherencia interna en su declaración, y no detectarse ánimo espurio de venganza o resentimiento que pueda influir en la valoración de dicha declaración. A tal efecto contamos con un equipo psicosocial de apoyo y valoración que nos informa pericialmente si la víctima detalla claramente los hechos, si distingue las situaciones, los presentes, los motivos, y una falta de propósito de perjudicar al acusado, si discrimina los hechos que tenían lugar habitualmente de los que no, y si, en definitiva, se aprecia que concurre verosimilitud conforme a ley, y si, además, la declaración es persistente en las sucesivas fases del procedimiento, y no se aprecian ni contradicciones ni lagunas o cambios de versión (contamos con esa ayuda del equipo psicosocial, pero somos finalmente los jueces los que valoramos si la declaración de la víctima cumple los requisitos; el equipo psicosocial hace informes sobre la situación personal, familiar, etc, de las víctimas, pero solo pueden valorar la veracidad del relato si se trata de menores de edad)… Así está la ley en lo tocante al relato de la víctima como prueba. Mira tú misma si el relato de Rociíto cumple con estos criterios, aparte de que ella el relato no lo ha efectuado en un juzgado, sino en un plató de televisión, lo cual es para pasmarse. Así está la ley en cuanto al relato de Rociíto. ¡Y, desde luego, existe la presunción de inocencia!

-Desde luego que existe la presunción de inocencia, y nadie aquí en principio dice que Rociíto sea una mujer maltratada. ¡Decimos que se siente una mujer maltratada!
-¿Y cuál es la diferencia? –pregunto yo, embelesado, apabullado y atento.

Desde el ejercicio del periodismo en su noble vertiente de servicio público, el periodismo que forma a la vez que informa porque no renuncia nunca a ser una forma de conocimiento de la miseria humana y de la maravilla humana, escribimos esta crónica de rabiosa actualidad que, en realidad, es una forma de dejar hablar, de observar, de mirar, de escuchar y de familiarizarse con dos mujeres muy distintas, psicóloga afrancesada con algo de sirena adolescente con cabellos de alga que nos hace admirar Francia y luchar contra un afrancesamiento que nos viene de vuelta cada Dos de Mayo, una, y otra el hispanismo noventaiochista y castizo tan intelectual como torero, y tan riguroso como expresado con la celeridad y la bizarría que caracteriza a los españoles, que parece que estamos siempre sacando una espada.

-Pues la diferencia entre “yo me siento una mujer maltratada” y “yo soy una mujer maltratada y lo puedo demostrar” es lo que hay que dirimir en estos casos al escuchar el relato, y analizarlo profesionalmente, y comprenderlo como un relato fiable –contrapone nuestra psicóloga esgrimiendo modo y maneras de boxeador que encajara los golpes con dulzura-. Y es lo que tenemos que entender en este caso. En esencia es grosso modo la diferencia entre el maltrato psicológico y el maltrato físico real y crudo (de hecho así me lo decía hace poco una paciente). Yo no tengo secuelas físicas –te dicen-; yo no llevo un moratón en un ojo. Pero yo me siento una mujer maltratada… Las víctimas te dicen eso a duras penas (piensa que entre las mujeres víctimas de violencia de género que yo he tratado, un síntoma común es su dificultad para comprender y poner en palabras lo que les lleva mucho tiempo ocurriendo y comenzar a despojarse de la culpa por sentirse responsables sobre todo el daño causado a ellas, a sus hijos e hijas…). Ellas se sienten maltratadas, las que logran saber que se sienten así, pero tal vez su pareja ni sea consciente de que está maltratando (cuando es un tema de educación machista, de costumbres, de contextos, de repetición de patrones familiares o de patologías previas). Siento que hay una pauta y una estrategia de humillación, de manipulación, de vejaciones de todo tipo que tienen el objetivo de llevarte a donde te quieren llevar, esto es, a esa anulación lenta y paulatina necesaria para la sumisión. Un decirte “no te hablo”, para rebajarte en tu propia casa, ante tus propios hijos, y que tú te sientas cada vez más pequeñita y anulada… Pero todo empieza con la voluntad de dominación y de control.

Para escribir esta crónica de periodismo narrativo sobre un tema de actualidad con toda una ramificación de temas satélite (Rocío Carrasco, Antonio David Flores, el maltrato de género y si es primero la presunción de inocencia o la protección de la posible víctima, o si son dos temas que están cerca pero no se tocan nunca como las vías del tren) entrevistamos como complemento y también así, anónimamente, a una mujer inteligente, muy formada, y valiente, superadora de muchas cosas y luchadora de muchas batallas que, llena de autoconciencia, fuera víctima de maltrato, y la cual ahora sabe agarrarse como nadie a ese verso de Anna Ajmatova que dice “nada sabemos olvidar; nada queremos que borre el tiempo en nuestros corazones” sin dejar de vivir mirando hacia adelante.

-El maltrato psicológico no es el de quien llega a casa y te agrede y te rompe un brazo –asegura con la autoridad y el peso de quien, si dejara caer su discurso al suelo, haría un agujero-. Es más bien el de quien llega a casa ya gritándote, y te espeta que la cena está mal hecha, y que eres una foca gorda asquerosa, y que no sabes nada ni hacer nada. Es un maltrato igualmente doloroso y contundente, pero menos evidente. Lo que te están golpeando y amoratando aquí es tu autoestima, la cual ya sabemos que cicatriza y cura mal. Te sientes maltratada, sí, pero es muy difícil que puedas demostrarlo ante la autoridad ni ante nadie.

-Yo, sin embargo, como psicóloga no estoy de acuerdo en que, por causa del maltrato psicológico, te sientas maltratada. Me dicen que te sientes una mierda. Te sientes que no vales nada. Que no mereces nada. Que eres un bicho tan desastroso y tan asqueroso que es normal que tu pareja se ponga violento contigo, y que bastante hace con seguir contigo en vez de dejarte… De hecho me dicen que te sientes hasta culpable por hacerlo todo mal, por hacer la cena mal, y sientes que mereces las vejaciones y agresiones… Ésa sería la diferencia, si es que hay una diferencia (para los psicólogos no la hay) entre el maltrato físico que puedes denunciar, y el psicológico, que también es tremendo, pero indemostrable o mucho menos evidente. Sin embargo en lo referente a ese maltrato psicológico del que la ley a penas se puede ocupar, los profesionales que trabajamos en estos temas en los servicios públicos, podemos decir una cosa: que si es un maltrato no judicializable, las instituciones no te abandonan completamente, pues existen profesionales en red, psicólogos, asistentes, trabajadores y educadores sociales, que intentan atajar inmediatamente el dolor y la violencia vicaria y la indefensión aprehendida, y que no te revictimizan, y que te pueden orientar y ayudar. Para eso estamos. Vale que tendríamos que tener muchos más instrumentos y fondos y personal, más casas de acogida y posibilidades de ayuda, pero somos profesionales con mucha vocación, mucha dedicación e implicación, y con gran experiencia.

Un escritor de crónica periodística es un escuchador de voces y de tonos. Y hoy el resultado es este texto de periodismo narrativo que testimonia desde distintos puntos de vista muy autorizados un tema que se acaba de poner de moda debido a eso, sí, al testimonio televisivo en prime time de una estrella del papel cuché, pero que siempre ha sido un tema candente, espinoso y complejo. Un escritor de crónica es el que pone en literatura así, sin que se note casi, algo tan crudo que se diría que no es susceptible de ser literaturizado.
-Antonio David Flores entonces contrató al abogado Rodríguez Menéndez. Y, de su mano, le montó a la madre de sus hijos Rocío Carrasco un juicio mediático a golpe de titulares de “eres una mala madre” en portadas de revista del corazón. A su vez Rociíto, la hija de la célebre folklórica Rocío Jurado, que se casó muy pronto para huir de la casa de la fama y ser ella misma por ella misma, supo pronto que, como cantaba Franco Battiato, no necesitaba terapias ni ideologías sino una vida distinta. Su matrimonio según el relato que ella ha conseguido elaborar se fue oscureciendo con el tiempo y con la convivencia. Y sintió que el amor que implica igualdad y cesión de uno mismo en favor del otro y del nosotros se había tornado en egoísmo cuartelero. Pero creyó que eso era a beneficio de inventario. Llegaron los hijos y las obligaciones pero no los privilegios. Llegaron por su parte las cesiones y concesiones. Sintió que empezaba a haber a todas luces en su matrimonio dominador y dominada. Sintió que empezaba a haber violencia implícita y explícita. Y, un día, ella se dio cuenta de que había cedido tanto y había tolerado tanto que había dejado de ser ella misma. Las faltas de respeto devinieron en humillaciones. Y no supo saber si aquello era normal o no, y menos aún si era maltrato o no, o no se atrevió a saberlo, pero supo que era algo que la estaba haciendo polvo. ¡Lo que no supo es como frenar aquello! Y se vio arrastrada por la oceánica corriente del maltrato y la humillación. Y ya no pudo dejar de estar en ese torbellino, ni defenderse, ni combatirlo, ni contarlo, ni mucho menos denunciarlo –resume nuestra psicóloga…

-Eso es lo que ha contado, no lo único que cuenta para el caso–matiza la juez.

Hemos entrevistado con oído atento y mirada admirativa a una profesional de la psicología en casos de maltrato de género, primero. Y a esa misma psicóloga y a una mujer víctima de maltrato de género que tuvo la admirable fuerza para reconocer que había sido dañada, y el arrojo de empezar a respirar y de levantarse después, la cual accede a aportar su perspectiva sobre el asunto siempre y cuando se respete el anonimato. Y posteriormente a una juez. Y así lo hemos hecho, así escuchamos y observamos, con el objetivo de convertir esta crónica de periodismo narrativo en eso que el gran representante del periodismo narrativo latinoamericano Martín Caparrós dice que ha de ser una crónica: “ver ahí donde todos miran algo que no todos ven”.

Sí, que hablen los que saben y no los opinadores de todo y sobre todo.

-Resumiendo: quienes trabajamos día a día atendiendo casos de violencia de género, quienes conocemos el tema en toda su cruda virulenta y letal extensión, recelamos de que aún se coloquen encima de la mesa lugares comunes como “lo primero es la presunción de inocencia” o “entre marido padre y hermano nadie mete la mano” o “la maté porque era mía”… Una cosa es que una mujer diga que se siente una mujer maltratada, y otra cosa es que sea mujer maltratada según ley, ya lo sabemos… Pero como ya no estamos en tiempos de barbarie, en el momento en el que una mujer o un hombre o un niño alzan la voz policial o judicial diciendo que se sienten maltratados la ley ha de actuar para proteger al débil.

-Yo, como jueza, te digo que creo en el sistema judicial porque lo conozco y sé que funciona. Pero no funciona en abstracto sino en concreto. Valoras cada caso en concreto, las circunstancias concretas. Y vale que puede haber cierta variación entre la sentencia de un juez y la de otro porque cada uno somos distintos, porque somos personas y no máquinas. Pero hay la variación que hay en un diagnóstico cuando lo hace un médico o cuando lo hace otro. Sin embargo contamos con agentes de la ley que hacen atestados, médicos forenses que nos advierten de la violencia física en la victima, y un equipo psicosocial que hace lo mismo en la violencia psicológica (la cual deja su rastro en la persona, como sabéis). Y en base a eso actuamos.

-El problema –señala la psicóloga con la dulzura antigua y conmovedora de quien envía un telegrama urgente repleto de tecnicismos- es que el maltrato es difícil de detectar solo con una entrevista breve y un informe. Primero porque a veces la víctima no sabe lo que es el maltrato, ni sabe si es normal o delictivo lo que está viviendo. Yo he tratado casos de mujeres que me relatan situaciones terribles que les ocurren en su pareja, y concluyen diciendo: ¿tú crees que esto es maltrato?... A menudo la víctima está tan habituada a escuchar que todo lo hace mal, y que no sirve para nada y que es un fracaso como persona, que su autoestima está anulada y carece de criterio. Y, si logra sobreponerse mínimamente a eso e ir a una comisaría o a un juzgado, tiene que poner en palabras lo que lleva tiempo doliéndole. Pedimos un gran esfuerzo. Y se le pide coherencia discursiva… A menudo no la pueden ofrecer, y se vuelven a casa o desisten enseguida. Y eso teniendo en cuenta que lo más frecuente es que una víctima de violencia de género acuda a un juzgado o llame a la policía, en un momento de alta intensidad de la violencia. Las situaciones más habituales son de menos intensidad, y suelen conllevar a posteriori estrés contenido e incapacidad para actuar. Por eso ya te digo que muchas veces en vez de denunciar desisten y vuelven a casa. Y ese retorno multiplica la violencia y la impotencia. Y si se alza de nuevo y vuelve al juzgado o la comisaría, algo harto difícil sin ayuda, y se pone en primer lugar la presunción de inocencia que el relato de la víctima, tal vez no llegue a demostrarse Ese maltrato porque hay serio riesgo de que el maltratador acabe antes con la víctima… Por eso lo que los profesionales que trabajamos día a día con la violencia de género opinamos es que, si se pone por delante la presunción de inocencia, habrá mucho dolor y muchas muertes.

En esta crónica periodística escrita tanto con conciencia social como con conciencia narrativa hay tres conversaciones, tres miradas distintas, y una certidumbre: la de que hablar con mujeres interesantes es fundamentalmente escucharlas, observarlas, aprender a captar sus sutilezas, su sapiencia. Y, sobre todo, intentar aprender a respetar sus tiempos (esos momentos en los que parece que no pasa nada, pero está pasando el mundo). Y es aprender por un momento a ser ellas entendiendo que escribir periodismo narrativo supone familiarizarse.

-¿Y tú qué opinas de Antonio David Flores?

-Pues desde mi conocimiento experiencial del tema del maltrato de género (digámoslo así, a las claras, aprovechando que respetarás mi anonimato) opino que probablemente Antonio David Flores tendría credibilidad si hubiera estado bien asesorado, y hubiera reconocido públicamente su responsabilidad, esgrimiendo por ejemplo que su comportamiento tenía que ver con aquel tiempo y aquel contexto en el que fue educado así, en un modelo de masculinidad saturada y tóxica muy de la época: un tiempo en el que estaban social y hasta legalmente consentidas e incentivadas pasadas conductuales en las parejas que atendían a primitivas dinámicas entre dominador y dominado, y que no tenían nada que ver con las relaciones de igualdad en dignidad derechos y deberes. Probablemente entonces Antonio David, si lo hubiera hecho así, hubiera ganado puntos ante la sociedad y ante sí mismo.

-En toda historia de pareja hay cuatro versiones: la de él, la de ella, la de los hijos y la verdad. Pero en una historia de maltrato la versión más difícil de verbalizar es la de las víctimas. No resulta nada fácil alzar la voz cuando has sido maltratado o maltratada psicológica o físicamente. Se trata de un acto de extrema valentía, y se ha constituido en un revulsivo, y un ejemplo digno de ser emulado, que ha multiplicado las llamadas al número de teléfono del maltrato 016.

-Ya, pero en el código penal se habla de maltrato de género y de maltrato doméstico (de hecho en el caso de Rocío Carrasco de lo que está hablando es de maltrato doméstico, que es el que se refiere a violencia intrafamiliar, no sólo del hombre a la mujer sino que también tiene que ver con los hijos), pero no de víctimas ejemplares y víctimas no ejemplares por ir o no a la televisión.

-Yo, como psicóloga, trabajo en un equipo de apoyo a situaciones de violencia de género de mujeres que me llegan a través de los CEAS, y que solicitan desesperadamente terapia y apoyo psicológico para ellas y para los hijos. Por eso te digo por experiencia que necesitamos, como sociedad, que el sistema en sí, y la jurisprudencia, y la interpretación judicial de la misma en concreto, tengan como cometido sobre todo aliviar a las víctimas del dolor, el sufrimiento y la desesperación, y no solo defender los derechos de los victimarios o imponerles el castigo pertinente, pues, en caso contrario, si lo primero no es atajar el dolor de las víctimas, esta sociedad es una mierda...

En fin.
Volver arriba
Newsletter