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Reyero, donde el dueño era el chófer

Reyero, donde el dueño era el chófer

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En la izquierda, uno de los autobuses más recordados de la empresa. En la derecha Carlos Reyero con Lucía, una de sus sobrinas mejicanas. | L.N.C. Ampliar imagen En la izquierda, uno de los autobuses más recordados de la empresa. En la derecha Carlos Reyero con Lucía, una de sus sobrinas mejicanas. | L.N.C.
Fulgencio Fernández | 15/05/2022 A A
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Reyero, donde el dueño era el chófer
Obituario El bar y los autobuses de Reyero. Sin ellos no se podría contar ni entender la historia reciente de los pueblos de la cabecera del Torío, hasta Matallana, donde ya llegaba el tren Hullero. Hace unos días ha fallecido el hermano que estuvo al frente de la empresa en los últimos años, Carlos Reyero
Cuando en una importante empresa (y Reyero con una flota de decenas de autobuses y una agencia de viajes lo es) la mayoría de la gente recuerda a su dueño subido al volante de un autobús o manchado de grasa en los garajes de Nava, algo de especial y diferente tiene ese personaje, Carlos Reyero.

Cuando en la memoria de infancia de varias generaciones de vecinos se repite la imagen del citado Carlos, todavía joven, detrás del mostrador del bar familiar y hasta tratando de controlar a golpe de chorro de sifón a la chavalería que se empeñaba en agolparse en el bar para poder ver aquella primera televisión en blanco y negro que llegó al pueblo. Hasta que decidió darles su espacio, acudir los sábados y poder ver ‘Viaje al fondo del mar’. Jamás se le olvidó cómo en medio del bullicio de los chavales el pastor de la majada miraba entusiasmado aquel invento, y no dejaba de mirar la parte posterior, como si quisiera ver por dónde entraba tanto marinero.

- ¿Te gusta la tele?
- Mucho, pero no veo por dónde le metes el agua para el mar.

La carcajada, aquella carcajada tan suya, fue una seña de identidad de este empresario nacido de la barra del bar de la familia que acaba de fallecer a los 86 años, víctima de una grave enfermedad que le cortó de raíz su último sueño, el de cerrar el círculo de su vida pues planeaba arreglar la casa familiar, cuyas ventanas abría cada domingo cuando subía a reencontrarse con los recuerdos que siempre le arrancaban una sonrisa y también con las conversaciones de quien pasaba por la calle y rememoraba alguna de las mil historias allí nacidas. Entonces aparecía la carcajada como banda sonora de aquellos viajes a las fiestas de los pueblos en los que los mozos se tenían que subir por la escalera posterior a aquel techo pensado para los equipajes.

La enfermedad le llevó con excesiva prisa, la que nunca tenía él, y se llevó el sueño de arreglar la casa familiar, la de Eusebio y la señora Lola, padres de seis hijos que, repetían sus vecinos de su Cármenes natal, "trabajaban todos, allí no valían cuentos. Lo mismo fregaban que despachaban o conducían los autobuses".

Mariano, Antonio, Fernando, Juan Manuel, Carlos y Paco se fueron abriendo camino. Mariano se fue a Méjico y falleció joven; detrás se fue Paco, que aún vive al otro lado del Atlántico y en León ya solo permanece Antonio, al que este adiós encerrará aún más en el silencio que ya le rodea.



El Morico y la guerra


La historia de los pueblos del Alto Torío, hasta Matallana que se cogía el tren, no se podría entender sin la empresa Reyero, sin los hermanos Reyero. A Carlos le encantaba pasear conversando hasta las viejas cocheras donde aún permanece uno de los primeros autobuses de la empresa, un viejo Studebaker de enorme morro, duros asientos de plástico sobre madera y antigua matrícula de Segovia (SG-2634). Pero sólo era uno más, la historia de la comarca se podría escribir sobre el recuerdo de aquellos coches, que Carlos recordaba uno a uno: "No se me olvida la fecha que nos decía mi padre porque fue el 18 de julio de 1936 cuando llegó a casa nuestro primer coche de viajeros, al que llamaban El Morico porque era negro, un Opel Olimpia. Al estallar la guerra lo tuvieron que esconder debajo de un leñero de un cura de Genicera. Lo encontraron, nos lo confiscaron y al final de la guerra lo recuperó el mismo que nos lo había vendido, Iban, de León. Sería porque no lo había cobrado todavía...". Y llegaba otra de sus carcajadas.

Recordaba a los autobuses como miembros de la familia: "En 1946 compramos El Gallardo, matrícula de MU-6338, que en origen era un Ford pero le cambiamos tantas piezas que nadie sabe lo que era".

Lo inauguraron con un viaje gratis para los chavales hasta Pontedo. Tan importante era la presencia de estos autobuses que no les faltó una copla que los recordara: "Arréglate, rapazona, / que vamos para San Roque. / No prepares los caballos / vien' Reyero con los coches".

Aquella empresa fue creciendo, pero no cambiaron Carlos, Fernando o Antonio, los que se quedaron aquí, que saltaban del mostrador al asiento del conductor, que contaban historias interminables de nieve, de tener que poner tablones en las Hoces de Vegacervera para atravesar los puentes. Fernando se fue hace unos años, Carlos esta semana, Antonio viaja por un silencio que le impone su delicada salud pero sigue siendo una gozada escucharle cuando decide levantar la cabeza y recordar.

Recordar tantas historias de aquella empresa en la que los dueños eran los chóferes, de aquel bar en el que los dueños eran los camareros, de aquellos tiempos en los que la vida viajaba en autobús. El de Reyero. Y con Carlos conduciendo.
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