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Relatos: Que la traigan los Reyes

Relatos: Que la traigan los Reyes

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Miguel Ángel Soria. Ampliar imagen Miguel Ángel Soria.
Emilio Gancedo | 28/12/2020 A A
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Relatos: Que la traigan los Reyes
Contamos la Navidad Relato incluido en el libro ‘Y nos dieron las doce. Antología de relatos navideños’ del proyecto cultural ‘Contamos La Navidad’
–Papá. La voz sonó leve, sin peso, como pronunciada en un sueño. O como esas palabras que a veces escuchamos susurradas junto al oído, detrás de nosotros, aunque quién sabe si en realidad no vienen de más lejos.

–Mañana vienen los Reyes, papá.

La voz no tenía peso y apenas forma, timbre alguno. El soplo de aire que se enreda entre árboles lejanos, y atardece.

–Te acuerdas, ¿verdad, papá?

Las palabras del niño caían al suelo, una a una, como endrinas negras. Pequeñas, suaves, amargas. Cada una de ellas se le iba quedando atascada al hombre en la garganta, o quizá un poco más abajo.

—No te vayas a olvidar. Papá.

El hombre miró por la ventana. Los chopos extendían sus ramas de alambre hacia un cielo amoratado. Lenguas de nieve parecidas a babosas lívidas reptaban por el praderío. Al día siguiente habrían cambiado de forma y de posición. Las montañas solo eran grandes telas oscuras y amenazadoras que subían y bajaban, y que pertenecían a otra banda del mundo.

El paisaje parecía doliente y magullado, como si lo hubieran golpeado o le hubieran anunciado una muy mala noticia.

–No te vayas a olvidar de que mañana vienen aquí los Reyes…

Si la enfermedad hablase, esa sería su voz.

***

El hombre se quedó dormido, o al menos eso pensó cuando lo despertó un sobresalto helado. Miró hacia todos lados y después permaneció un buen rato contemplando la única estrella que brillaba justo en medio del negror de la noche. Una estrella grande, luminosa, congelada.

–Papá, ¿cuándo va a volver mamá?

El hombre iba a responderle lo de siempre, que su madre se había ido a un lugar muy lejano, un pueblo levantado en la línea donde se junta el cielo con la tierra según se mira hacia el llano. Pero las palabras no encontraron por dónde salir y se le quedaron dentro, amontonadas.

Eso le iba a decir. Y también que en aquel pueblo hacían una feria muy grande y que la madre había ido a comprar una buena oveja con todos sus corderitos, y por eso se había llevado también a sus hermanos, los tíos del niño, para que le ayudasen a traerlos. Y que si estaban tardando tanto tendría que ser porque eran muchos los corderos y muy largo el camino.

–Papá, ¿me traerán la naranja los Reyes?

La naranja. La naranja redonda y suave, y brillante como un mundo, como una esperanza colorida. La naranja que traían los Reyes y que había sido siempre en casa el único y esperado regalo, promesa y prueba evidente de que allá, al otro lado de los montes negros, se criaban cosas dulces y maravillosas, cosas quizá impensables por las cuales valía la pena emprender penosos viajes y arrostrar toda clase de peligros.

–Sí, hijo. Ahora duerme.

El padre consiguió sacar la voz de un lugar muy profundo de sí mismo, como arrastrándola. Echó las palabras afuera y la garganta le dolió del esfuerzo.

–La naranja me quitará la sed. ¿A que sí, papá?

–Seguro.

–¿Y por qué nunca son dos, papá? ¿Por qué nunca?

–Ya te lo he dicho muchas veces. No hay dinero, somos pobres.

–Pero son los Reyes quienes la traen. Y ellos tienen coronas de oro y camellos, y mucho de comer.

–…

–Aunque si pudieran traer dos cosas, yo preferiría que trajesen a mamá. ¿Eso puede ser? ¿Podrían traer a mamá los Reyes?

–No creo que puedan. Aunque sean magos.

–Pues si no pueden, al menos que me lleven a mí con ella.

Una punta de luz afilada comenzó a rasgar la noche, que era espesa y mojada como una bala de lana negra.

***

–Y mira por dónde vemos a Juan. Ay, Juan, Juan. Si te lo advertimos, hombre. Si te dijimos que te dejaríamos en paz solo si te quedabas encerrado en casa y no bajabas más al pueblo, que no queríamos verte por aquí nunca en la vida. ¿O no se lo advertimos, muchachos? Fuimos generosos contigo y así nos lo pagas, Juanito, es lástima. Y demuestra esto que los de tu calaña no tienen palabra, que a la primera de cambio podrías volver al surco, a andar por ahí esparciendo esa miserable doctrina tuya que tanto daño nos ha hecho a todos. No, no nos podemos fiar de ti, Juanito. Y no nos vengas con la milonga esa de que bajaste a la tienda a comprar fruta, valiente bobada, si tú solo comes patatas podridas, que lo sabe todo el mundo. Y ven, vamos donde Abilio que empezaremos por beber a tu costa, a ver cuánto aguantas. Ven, no tengas miedo. O tenlo, que de todos modos te va a dar igual.

La noche había caído como todas las anteriores. No había luna y las montañas solo eran grandes y desafiantes lienzos oscuros. A medianoche, algunos vecinos fueron despertados de golpe por un chillido aterrador que brotó solitario para dejar paso a un pozo de silencio, pero después pensaron que habría de ser la lechuza, y se volvieron a dormir.

Abilio, el cantinero, con el corazón convertido en una nuez de angustia, subió de madrugada a la casa para dejar junto a la puerta, envuelta en unas blancas puntillas, la naranja.

Unos perros aullaron como cuando huelen la muerte y tratan de ahuyentarla.
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