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Quejicas

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14/09/2017 A A
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Quejicas
Hay dos comunidades autónomas que celebran su día de fiesta coincidiendo con dos derrotas: los castellanos, el día 23 de abril, día de la derrota de los comuneros contra las huestes de Carlos I de España, y los catalanes, el pasado 11 de los corrientes, cuando fueron vencidos por las tropas del Borbón cuando ellos apoyaban a los Austrias. No hablo de los leoneses, porque, a parte de no tener fiesta propia, (San Froilán sólo es fiesta en la ciudad de León), somos tan raros que escogeríamos la victoria en las Navas de Tolosa, mayormente porque fuimos los únicos de todos los reinos de España que no participamos en ella y ahí comenzó nuestra decadencia.

Lo que quiero decir es que alguien que elige una derrota como su día de fiesta, es dado a tener muchos complejos, por ejemplo, el de estar permanentemente quejándose y protestando por todo. ¿No es, acaso, lo que hacen los catalanes mejor que nadie? ¿No están los castellanos rasgándose la vestiduras y tirándose cenizas en los cabellos añorando su pasada grandeza? Unos, hablan y no paran de lo que han sufrido por no poder hablar su idioma, o poder hacerlo sólo en la intimidad. Otros, sentados en un poyo de la plaza de cualquier pueblo perdido en la inmensidad de la estepa castellana, se quejan y no paran de donde fueron a parar la mesta y sus eternos rebaños de ovejas, la armada invencible o el dinero y los bosques que talaron para hacer los barcos del descubrimiento de América o de la batalla de Lepanto. Pero mientras Castilla languidece desde ni me acuerdo el tiempo, Cataluña, por el contrario, creció y creció y, gracias a los hábiles que son sus habitantes, logró poseer la mayoría de la industria y casi monopolizar el comercio en este bendito país. Hasta Franco los llenó de fábricas, por ejemplo la Seat, la primera empresa que construyó, con licencia italiana, eso si, coches en España.

Castilla se muere, o está muerta, que es peor, librándose sólo Valladolid que no ha dejado de medrar. Palencia, Ávila, Soria o Burgos no han dejado de perder población, un año sí y otro también; y los que se quedan son los viejos. Cataluña no. Cataluña se llenó desde principios del siglo pasado, de «charnegos», que no son otros que los emigrantes andaluces, murcianos, extremeños o castellanos, que acudían a trabajar a sus fábricas para librarse de una vida de hambre. Recuerdo cuando me contaba Juventino el de Villafruela los portes que hizo con el camión pequeño cargado de muebles y de ropa a Barcelona para mucha gente de la Sobarriba. Pues lo mismo desde cualquier otro punto cardinal de este país.

Ahora resulta que quieren, como sabéis, la independencia. No es nada nuevo. En el año 1934, en plena II República, ocurrió lo mismo. Pero, en aquella, no hubo referéndum. Simplemente el presidente de la Generalitat proclamó la República Catalana dentro, eso sí, de la española. La cosa se solucionó con cinco o seis disparos de cañón y unos cuantos tiros y la subsiguiente rendición de los sediciosos. Apenas hubo muertos. La cosa fracasó porque, además de la proclamación, se convocó una huelga general de apoyo que no fue tal, ya que la CNT, con una mayoría abrumadora en Cataluña, no la siguió y fue un desastre.

Pues resulta que el próximo 1 de octubre los catalanes están llamados a votar en un referéndum para volver a la carga y proclamar la República. Por mí, no hacía ni falta. No hay nada peor que convivir con gente que te odia, o te desprecia, o te ignora. Ya he escrito aquí que lo sentiría por el Barça, que dudo mucho que jugase la liga española. Por lo demás, hasta luego, encantado de haberos conocido. A uno le puede odiar la familia, los amigos, el banco al que debo unos posibles, la iglesia por la ignorancia mutua que nos tenemos, una chica a la que no hice caso. Pero alguien al que no conozco, ¡vamos!, ¡ni de coña! Existe, eso sí, el problema del dinero, lo que nos deben al resto de los españoles, que deben de ser muchos cuartos. Siguiendo con el viejo dicho acuñado por ellos, «la pela es la pela, tú». Ya lo decía uno de mi pueblo, que en paz descanse: «llámame cabrón, llámame hijo de la gran puta, pero no me metas la mano en el bolso». Pues eso. Se reúne una comisión que crea una subcomisión y hacen los números. Me debes tanto. Paga y marcha. Pero esto no sucederá. Las comisiones, en nuestro país, son como la justicia: atemporales. Un montón de tiempo para que se constituya, otro montón de tiempo para nombrar a la subcomisión de expertos y miles y miles de horas para llegar a un principio de acuerdo. Luego tienen que aprobar esas cuentas los distintos parlamentos... Antes de que se firme, muertos todos y a empezar otra vez.

Salud y anarquía.
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