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Que me opere Alfonso Alonso

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12/12/2014 A A
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Que me opere Alfonso Alonso
Este martes me puse muy mala, malísima. Me empezó a doler en un costado como si Aníbal Lecter me estuviera eviscerando por ahí y no tuve más remedio que ir al hospital, convencida de que era un ataque de apendicitis. Hawking dice que la mayor prueba de la inexistencia de dios es el Big Bang, pero yo creo que es el apéndice. Nadie sabe para qué sirve, aparte de para dar por saco y dejarte una bonita cicatriz, lo cual sin duda demuestra la ausencia de un diseño divino o bien que, de haber un creador, éste tenía la cabeza a pájaros ese día (lo cual no sería extraño, más de 10.000 especies llevan un rato).

En fin, que me enrollo. Pues eso, que ahí estaba yo, muriéndome de dolor en una de esas sillas feas e incómodas que ponen en Urgencias para desanimar a los pacientes y que vayan a curarse a casa solos, cuando me dicen que mi doctora habitual, la señora Ana Mato, ya no está.

-¿Cómo que no está?-pregunto.
-No, ahora está un chico de Vitoria, Alfonso Alonso, al que acaban de nombrar ministro de Sanidad.
-Bueno, ¡pues que me opere él!- gemí.

La enfermera Teresa se alejó, meneando la cabeza, mientras yo me puse a googlear en el móvil para descubrir que el chico sabía lo de rosa/rosae y el Código Civil, pero nada de mi apéndice. Luego me dije: eres una quisquillosa, si los médicos-ministro que tuviste antes no sabían distinguir un fonendoscopio de un colonoscopio.

Ya, pero soy una cobarde.

Busqué un ibuprofeno en la cartera, me lo tragué y corrí hacia la salida.
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