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¿Qué es la vida?

¿Qué es la vida?

OPINIóN IR

15/05/2020 A A
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¿Qué es la vida?
¿Qué es la vida? ¿Qué fin tiene la vida? ¿Qué hacemos aquí abajo? ¿Para qué vivimos?» Tales preguntas se formulaba Azorín mientras fluía un 15 de noviembre abrazado por 1898. A tanta pregunta no supo responder, conforme claramente y rápido escribió entonces. Hoy, mediado mayo de 2020 con San Isidro tractorizado, entre traficantes de sueños y esperanzas como entonces, altibajos de sol y lluvia somos muchos quienes entramos también en ese asunto y caemos en la «eterna y anonadante tristeza de vivir». Pues justo en lo que va de este Estado de Alarma exigido por el Covid-19 España y el mundo entero conocen la infelicidad por arrobas, el miedo por litros sobre todo en las noches y no digamos la extensa, profunda huella dactilar de la pobreza más el pánico o cabreo. Y es que miles de españoles venidos abajo mortalmente por esta pandemia inacabable más los que vendrán o vendremos somos muchos, como demuestra Madrid con su morgue improvisada en el Palacio de Hielo o el hospital creado en un día por la valiosa UME en el Ifema. Tan dantesca situación sembradora de pánico por todas los esquinas, por todos los centros, a todas las horas lo único bueno que nos ha proporcionado es que nos ha hecho ver lo vulnerables que somos todos a la vez que iguales pese a ser distintos (aquí los herederos de la escasez y la miseria son idénticos a los adscritos al yate, el avión, las grandes mansiones, la fama mundial…) al tiempo que nos ha sumergido en un baño enorme de solidaridad. Hay tantos, tantos epitafios que resulta difícil, imposible deletrearlos a la vez que abrir con total amplitud los brazos a la vida cada mañana empujados por el miedo.

Y en esta compleja, terrorífica situación no me perdonaría omitir a los niños y los ancianos. Pienso en ellos, los siento, los veo, los siento, sí, buscando cobijo bajo las alas de un ángel, los niños, los ancianos, sí. Tal vez se deba a que siempre me ha dolido la fragilidad de los niños y la de los viejos. Varios artículos míos circulan en esa dirección. Así ocurre con ‘Palabras para una despedida’, ‘Nuestro niños y los otros’ y ‘Nuestros ancianos’. Hoy también me ocupo de ellos, quiero ocuparme de ellos. Por lo tanto, puedo y debo escribir que me duele e indigna que en el transcurso de este estado de alarma la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, toda ufana haya anulado los contratos con los concesionarios de comedores escolares madrileños y en consecuencia ha dado a ingerir a los pequeños desfavorecidos comida basura o rápida de Telepizza, Rodilla o varios marcas más. ¡Pobres pequeños! Imperdonable, menos mal que voces altas y con peso como los hermanos Gasol han lanzado su queja y parece que a Díaz Ayuso le llegó el toque. Pues acaba de anunciar que se volverá al sistema anterior.

Pero hablar de nuestros niños no me impide recordar aquellas palabras de Juan Gelman en el año 2008, cuando recibió el Cervantes. También pensó en ellos, en los desasistidos de su estrella. Así nos recordó entonces que cada 3 segundos y medio moría un niño menor de 5 años de enfermedad curable, de hambre y de pobreza.

Y en este ejercicio de pandémica reflexión debo traer aquí a mis luminosos viejos, ancianos, mayores o abuelos (todas estas palabras son hermosas, basta que les pongamos corazón). Otra vez la comunidad madrileña, representada en la ya citada presidenta Díaz Ayuso no actuó debidamente al impedir en un principio que el ejército no entrase en las residencias para mayores tras encontrarse cadáveres mezclados con usuarios vivos y otros casos espeluznantes. La verdad, no casa que una presidenta así finalmente ponga su atención central en los niños y los ancianos tal cual acaba de anunciar tal vez para mejorar su imagen política. Veremos, sí, cómo es en adelante el trato a estos colectivos tan frágiles, desfavorecidos en numerosas ocasiones.

La vida es así, más o menos. Temblotea un silencio amedrentado. No cabe caer en la resignación, como mucho tropezar tan sólo. Ah, se me olvidaba esta posdata gris: señora Isabel Natividad Díaz Ayuso, estaría bien que aprendiese el significado del acrónimo Covid-19. Su cohorte de asesores debe saberlo y si no pregunte a la Organización Mundial de la Salud.
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