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Puerta grande

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12/02/2017 A A
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Puerta grande
Como el miedo es libre y las lecturas también, nunca me han gustado los toros pero siempre me han fascinado las crónicas taurinas. Desde los difuntos Joaquín Vidal y José Luis Pérez Perelétegui a los actuales Javier Villán o Andrés Amorós, la literatura de esta tortura y sus autores me han apasionado desde que descubrí el género, aunque, como el periodismo de guerra, preferiría que no existiese. Su dominio del lenguaje, la riqueza de su vocabulario o el temple de sus metáforas me produjeron siempre fascinación («dejó que el astado le pespunteara el tabaco y oro de la taleguilla»), pero de entre todas las genialidades de los cronistas taurinos me sorprendió especialmente la costumbre de uno de ellos: dejaba la crónica escrita antes de salir hacia la plaza. A falta de detalles insignificantes como la bravura de los toros, la destreza de los matadores o los premios concedidos, y con un párrafo estratégicamente prescindible por si había una cornada, eran crónicas preciosas, pulcras de estilo, con solemnes afirmaciones y puristas adjetivos, tan bien escritas que yo tenía la sensación de que el torero, además de salvar la vida y acabar con la del animal luciéndose, se tenía que preocupar de hacer realidad las letras. Como, además, independientemente de lo que ocurriese sobre el albero (algo aprendí de tanto leer), el cronista siempre acertaba, o eso parecía al leer el periódico al día siguiente, yo no era capaz de entender por qué no nos hacía también el horóscopo, que así resultaría mucho más creíble y menos almibarado. Me he acordado de aquellas crónicas proféticas al ver la cantidad de periodistas acreditados para el Congreso Nacional del Partido Popular. Aparte de contar el anecdotario, la elegancia de los trajes o la efusividad de los saludos, a parte de lo que haya de menú, a parte básicamente de la información de los pasillos, también podrían haber dejado sus crónicas hechas antes de salir de la redacción. No se puede decir que hubiera suspense en la trama hasta saber quiénes iban a hacer el paseíllo, quién va a salir por la puerta grande y quién le va a llevar a hombros. Además, el partido va a salir muy reforzado y mucho más unido, gracias a ponencias hechas con mucha torería y pundonor, leídas mirando al tendido, con protagonistas de los que se arriman a los problemas de nuestra sociedad más que José Tomás. Mirando el entusiasmo de los aplauden desde las barreras y contrabarreras uno se puede hacer sus propios cálculos del futuro reparto de cargos, y dejando que la metáfora se me vaya por completo de las manos podría ver, incluso, a los juzgados convertidos en burladeros, desde donde ven el espectáculo esos empresarios que, fumándose un puro, primero pagaron en B para conseguir contratos y luego pactaron reconocerlo para reducir sus condenas. En cualquier caso, que dejen hueco en las crónicas para las previsibles cornadas, que alguna habrá seguro, aunque no sean tantas como en el coso de Vistalegre o en el de Ferraz, donde hay que tener mucho cuidado en el momento de darle la espada al matador porque lo más normal es que se la clave a toda su cuadrilla o termine por darse la puntilla a sí mismo.
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