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Pueblos pequeños que sueñan en grande

Pueblos pequeños que sueñan en grande

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Fáfilas desde una ‘mirador’ improvisado con un banco que para los vecinos del pueblo es el que mejores vistas tiene en toda la provincia de León. | T.G. Ampliar imagen Fáfilas desde una ‘mirador’ improvisado con un banco que para los vecinos del pueblo es el que mejores vistas tiene en toda la provincia de León. | T.G.
T. Giganto | 24/04/2017 A A
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Pueblos pequeños que sueñan en grande
Despoblación Villabraz, Fáfilas y Alcuetas, un solo municipio formado por estos tres pueblos en los que el invierno es especialmente solitario con no más de 15 personas durmiendo en cada uno
Dicen las cifras que la geografía española se desangra, que miles de pueblos tienen menos de 50 habitantes y están abocados a desaparecer. Dicen también que no quedan habitantes y pintan un panorama gris y desolador de pocos servicios y escasas infraestructuras para acceder a las pequeñas localidades. Dicen todo esto mientras quienes todavía resisten al paso de los inviernos en los pueblos leen y escuchan con recelo las cifras. Saben que no es nada nuevo, que llevan viendo desfilar a sus vecinos con billete de ida y sin vuelta medio siglo y son conscientes de que nadie ha hecho nada para evitarlo. Los pueblos grandes se hicieron cada vez más grandes en su papel de cabecera de comarca y los pequeños han ido cada vez a menos. Pero resisten.

Resiste Tomás en Alcuetas. Aunque lo hace a medias puesto que medio año duerme en la cercana localidad de Valencia de Don Juan y otro medio en su pueblo. «Aquí el bar no lo echamos de menos porque nunca lo hemos tenido», explica mientras su tractor espera a la salida del pueblo para emprender rumbo a un campo en el que en estas fechas del año está dominado por un intenso verdor del trigo. «¿Cuántos duermen a diario en el pueblo?». Y comienza entonces Tomás a recorrer mentalmente las calles del pueblo para dar con las puertas que se abren y las persianas que se suben cada mañana. Porque una cosa son las cifras que dicen que el medio rural se acaba y otras son las cifras que dan quienes viven en el pueblo, aún peores. «Siete y cuatro de ellos viven en la misma casa, vamos que abiertas solo están todo el año tres casas», resuelve con avidez, la misma con la que explica al que llega preguntando que aquello en verano «está muy bien y hay mucho más ambiente».

«Viene mucha gente que conserva aquí la casas que tenían sus antepasados», relata mientras señala algunas casas con fachadas que conservan la esencia de la arquitectura propia de la zona pero cuyas cerraduras relucen por nuevas. Y entre la gente que vuelve los fines de semana al pueblo o que aprovecha sus vacaciones para reencontrarse con sus raíces hay personas apasionadas que ponen en marcha cada noche de verano el cine al aire libre. «Proyectan sobre una pared y cada vecino trae su silla», cuentan en Alcuetas donde las cuentas de las casas que se habitan en verano tardan aún más en hacerse y por lo bajo llegan a unas 40 personas que vuelven cada año. «La de Alcuetas es gente que se compromete, que han hecho la Asociación El Cerro y que ayudan siempre que pueden», comenta Ricardo Pellitero, alcalde del municipio de Villabraz en el que se incluyen Alcuetas y también Fáfilas.

Es precisamente este último el pueblo en el que nació Ricardo, Pelli para todos los que le conocen en la zona.
- «¿Por qué se presentó para alcalde?»
- «Quería hacer algo por mi pueblo. Hace 20 años cuando me presenté no había siquiera aceras ni calles asfaltadas. Esto se nos muere, el municipio agoniza y nos hace falta atraer gente así que es muy difícil. Aún tengo ideas e ilusión por continuar tirando de esto y por eso sigo aquí. El día que me fallen las fuerzas este que te habla se retira. Estoy aquí para trabajar para que esto siga con vida porque yo el día que venga por la carretera con la moto y no vea la espadaña de la iglesia de Fáfilas... me muero. Y eso estuvo a punto de pasar. Por eso soy alcalde.»

En Villabraz las cosas cambian. Duermen unas 14 personas a diario, el doble que en Alcuetas. Alguna más lo hace los fines de semana y otras muchas en verano, la época del año en la que todos los pueblos de este municipio recobran la vida que hubo en ellos hace décadas. Pero en invierno por la calle hay pocas almas. Una de ellas la de Jesús, que camina con parsimonia porque ninguna prisa se puede tener en Villabraz. Ni prisa, ni compañía. Eso sí, hay parque y un vecino de 3 años. Los otros niños que acuden los fines de semana pidieron al alcalde tener más árboles en el pueblo y una fuente cerca de las canchas de futbito y baloncesto. Y allí están los árboles recién plantados y el agua canalizada hacia donde colocarán una fuente.

«Cada año intentamos plantar unos 50 árboles en el municipio. Estos de Villabraz son fresnos. Queremos hacer zonas de sombra porque en esta tierra, que casi es de Campos, no quedan arboledas», comenta el alcalde mientras pone rumbo a Fáfilas, su pueblo, el que prefiere dejar para el final del todo para relatar por sus calles mientras soba a su mastín Bobi, que él allí jugaba solo y contra una pared al fútbol cuando era pequeño porque no había más niños.

«Aquí tenemos el banco con las mejores vistas de León, en Fáfilas», dice desafiando la incredulidad de quien le escucha. Entonces coge el Renault 4 que su padre, Lorenzo ‘El Pastor’ ( uno de los 12 que resiste a diario en Fáfilas), conserva impecable y sube la loma dejando abajo las bodegas. «Muchas se están cayendo y por eso por cada una de ellas que se caiga habrá en su lugar una placa y un árbol que recuerde a quienes picaron esa bodega y a quienes supieron sacar lo mejor de esta tierra», afirma mirando a un horizonte que se plantea infinito entre lomas de trigo pero que no lo es tanto para el primer plano donde Fáfilas resiste a las malas cifras de la despoblación con un arma: la esperanza de que nunca se caiga la espadaña de su torre. Y la ilusión por llevar a cabo proyectos e iniciativas que aunque sean «cosas de poco dinero tienen mucho significado para los pueblos del municipio».

Cuando parece que Pelli se aleja de allí y deja el pueblo atrás, da la vuelta en la carretera y vuelve a dirigirse por ella hacia el pueblo. «¿La ves? ¿Ves la espadaña de la torre de Fáfilas? El día que deje de verla yo me muero». Y vuelve a dar la vuelta, alejándose, esta vez sí, del pueblo y de ‘sus’ pueblos. Dejándolo a sus espaldas con un brillo en los ojos y media sonrisa: los de la esperanza, la de la ilusión.
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