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Pudrirse la paciencia

Pudrirse la paciencia

OPINIóN IR

14/12/2020 A A
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Pudrirse la paciencia
A los viejos dirigentes del socialismo español (Zapatero todavía no es viejo) les pudre la paciencia Pedro Sánchez, el actual timonel del transatlántico PSOE, cuando le ven pactando con las moles de hielo flotantes. Porque ellos creen en la unidad de España y, estando en esta creencia pie con pared, han conseguido situarse en un terreno cómodo de ‘gobernanza’, alternando con la derecha menos contumaz, y teniendo por bandera la Constitución aprobada por la gran mayoría de los españoles a la muerte del Caudillo.

Esto de pudrir la paciencia lo sacaba a relucir el Sr. Domingo, el padre del cronista, que era de Cavite, y veraneaba en Vidanes, cada vez que a su hija pequeña le ‘mandaban’ algo y, llamándose andana, con una sonrisa, eso sí, pícara, protestaba: eso que lo haga mi hermano que sabe mejor. Ahora sucede que el Presidente Sánchez dispone de un hermano de gobierno, Pablo, que sabe hacer mejor los recados y que siempre está dispuesto a pactar con quien haga falta para resolver los problemas, sean estos de la índole que sean. Como le dice Svidrigailoff a Raskolnikoff en ‘Crimen y castigo’: «He venido a casa de usted por dos razones. Primera por conocerle personalmente… y después, porque espero que no me negará su concurso en una empresa que tiene relación directa con los intereses de su hermana».

¡Intereses! Es la clave. Sea el asunto que sea, no se comprenderá su verdadera enjundia en tanto no se lleguen a conocer los intereses que lo mueven. ¿Cuánto hay que pagar a estos porque nos voten? ¿Cuánto hay que ceder? ¿Cuánto hay que bajarse los pantalones? ¿A cuántos principios hay que renunciar? (Si no le gustan estos, tenemos otros) ¿De cuánto de lo dicho y prometido hay que desdecirse? Pues que lo haga mi hermano Pablo que sabe mejor.

Lo que nunca consiguió el padre del cronista, fue enseñarle al marido de su hija pequeña a segar a guadaña. Es catalán y no se le da nada. Y por mucho que se lo explicaba, el otro seguía poniendo la punta para abajo y clavaba en la tierra la hoja de guadaña. Pero el muchacho no tenía un hermano que supiera hacerlo mejor y acabó por abandonar el aprendizaje. Aunque, sentado a la mesa, con el jamón y el chorizo delante, no se las apañaba tan mal como con el trabajo.

Si la oposición nos pudre la paciencia, lo mejor es tener un hermano que, como escribe Benítez Reyes en ‘Por regiones fingidas’: «Tan valiente… que no le teme a la nieve, ni a la noche, ni a las serpientes ni los abismos».
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